Isidriano: Sangre y Honor

Capitulo 4: El Caicedo

—Así fue como nosotros ganamos esa batalla —dijo el anciano Telmo Blanco con voz calmada, mientras el humo acre de la chimenea se enredaba en el aire denso de la habitación, impregnado del olor a madera quemada y tierra húmeda—. La batalla del Castillo de Río Negro fue la última... y la más importante.

Miró a su hijo y a su nieto, sus ojos nublados por los años reflejando el resplandor vacilante de la luz de las velas que parpadeaban contra las paredes de piedra fría.

—El Imperio Ibérico perdió a su rey y a su mejor comandante. El ejército quedó sin cabeza. La inestabilidad los devoró desde dentro, guerras de sucesión, traiciones, luchas por el poder... y se les olvidó algo muy importante.

Hizo una pausa, el silencio roto solo por el crepitar distante de la leña y el viento que susurraba a través de las grietas de la ventana, trayendo consigo el aroma fresco del río cercano.

—El reino de Columbus no había caído.

Suspiró con franqueza, el aire escapando de sus labios resecos como un peso que se aliviaba, mientras el calor sofocante de la habitación se adhería a su piel arrugada.

—Pero... para qué mentir —continuó—. Si no hubiera sido por Ramón y sus mercenarios, la guerra se habría extendido muchos años más. Con las pérdidas que tuvimos, no fue fácil reponer a tantos hombres. Aun así, gracias a Dios, ganamos esa guerra sangrienta. Los ibéricos perdieron su estatus... y con él, su vasto imperio.

El anciano se incorporó con esfuerzo de la silla, el crujido de sus huesos resonando en el silencio como un eco de batallas pasadas, el tacto áspero de la madera bajo sus manos temblorosas recordándole el paso inexorable del tiempo. Caminó lentamente hacia la puerta y, con un gesto de la mano, invitó a su hijo a seguirlo, el suelo de piedra fría bajo sus pies enviando un escalofrío que subía por sus piernas fatigadas.

William se levantó, sintiendo el peso de su propio cuerpo como una carga invisible, el aire espeso oprimiendo su pecho.

—Quédate aquí jugando, Telmo —dijo con tranquilidad, acariciándole la cabeza, el cabello suave y revuelto de su hijo bajo sus dedos callosos evocando un fugaz recuerdo de su propia infancia bajo el sol abrasador de las tierras humildes.

Sus ojos se detuvieron un instante en la ceja vendada de su hijo, cubierta con hojas medicinales que desprendían un olor herbal amargo, mezclado con el leve hedor de la sangre seca.

Luego salió y cerró la puerta, el golpe sordo de la madera reverberando en el pasillo oscuro, donde las sombras danzaban como fantasmas olvidados.

Pero la curiosidad pudo más, un hormigueo inquieto en el estómago del niño que lo impulsaba adelante, el corazón latiéndole con fuerza en el pecho como un tambor distante.

Telmo los siguió en silencio, a distancia, sus pies descalzos rozando el suelo polvoriento que dejaba un rastro fresco en sus plantas, el aire cada vez más fresco a medida que se acercaba a la ventana.

Los pasos lentos del anciano y de William los llevaron hasta una ventana abierta. El aire fresco entraba con suavidad, trayendo el murmullo distante del río y el aroma a tierra fértil y flores silvestres que se mezclaba con el sudor salado de sus cuerpos. Desde allí se veía el reino, pobre, sí, pero vivo, con el sol poniente tiñendo el horizonte de tonos rojizos y anaranjados que se reflejaban en las aguas turbulentas. Gente caminando sin miedo, sus voces lejanas como un zumbido reconfortante. Niños jugando, nadando en el río, sus risas cristalinas cortando el aire como cuchillos de luz.

—Dime, papá... —preguntó William con seriedad, su voz grave resonando contra las paredes de piedra húmeda—. ¿Qué hizo esta vez mi esposa, Luz?

—Tu esposa —respondió el anciano sin rodeos, el viento agitando ligeramente su cabello blanco como plumas de ave— atacó al señor Markus Cartagena y a Johan Cartagena.

William hizo un sonido bajo, cargado de desagrado, un gruñido que emergía de lo profundo de su garganta, sintiendo un nudo apretado en el estómago que le revolvía las entrañas.

—Mmmm...

—Ella se enteró de que te iban a traicionar —continuó el anciano, su mirada fija en el paisaje, donde el humo de fogatas lejanas ascendía como serpientes grises hacia el cielo crepuscular—. Y tú sabes mejor que nadie que ella te ama. Haría cualquier cosa por ti... y por todos nosotros. Por la casa Duarte.

—Lo sé, papá —respondió William con calma, aunque la preocupación se filtraba en su voz como un veneno lento, su pulso acelerándose bajo la piel caliente—. Pero cuando se trata de traición... ella es un toro rabioso. Peor que yo.

Telmo escuchaba escondido, en completo silencio, el corazón martilleando en sus oídos como un eco de tormentas pasadas, el aliento contenido quemándole los pulmones.

Entonces sintió una respiración en la nuca, cálida y húmeda, enviando un escalofrío eléctrico por su espina dorsal.

Se giró de golpe, el movimiento rápido haciendo que el aire silbara ligeramente.

Dos ojos grandes lo miraban, brillando en la penumbra como joyas salvajes.

—¡Ah! —susurró, su voz un hilo tembloroso—. Fanta, me asustaste...

La gran loba de su madre lo llenó de lamidos, su lengua áspera y cálida raspando su piel, dejando un rastro salado y reconfortante. Telmo luchó por contenerla en silencio hasta que le hizo la señal de sentarse, sus manos hundidas en el pelaje espeso y suave que olía a tierra y libertad. Fanta obedeció, su cuerpo pesado acomodándose con un suspiro suave.

El niño volvió a agudizar el oído, el silencio roto solo por el aleteo distante de aves nocturnas.

La conversación continuaba.

Mientras ambos señores, líderes de la casa Duarte, observaban a lo largo de sus tierras, sabían que debían actuar de inmediato, antes de que todo desembocara en un desenlace irreversible, el viento fresco azotando sus rostros como un recordatorio de la inestabilidad del mundo. El cuerpo de William estaba cada vez más rígido, tensado por el estrés, los músculos de sus hombros ardiendo como brasas bajo la tela áspera de su camisa, su padre, en cambio, parecía elegir con cuidado cada palabra que estaba a punto de decir, su mente navegando por recuerdos amargos como ríos de sangre.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.