Las fiestas del equipo de hockey siempre terminaban igual: música demasiado alta, alcohol barato y decisiones de las que alguien se arrepentiría al día siguiente.
Pero esta vez era diferente.
Porque en medio del ruido, las luces bajas y las risas de todo el campus… Megan Carter estaba frente a mí.
La porrista perfecta.
La chica que siempre evitaba.
La misma que ahora me miraba como si estuviera a punto de cometer el peor error de su vida.
—Necesito tu ayuda —dijo.
Solté una risa corta.
—No creo que quieras pedirle favores al capitán del equipo.
Sus ojos azules brillaron con algo que no supe identificar.
Determinación.
Locura.
Tal vez ambas.
—Solo tienes que fingir que somos novios —añadió.
La miré como si acabara de perder la cabeza.
—¿Por qué demonios haría eso?
Entonces Megan dio un paso hacia mí.
Y antes de que pudiera reaccionar…
me besó.
Un beso inesperado. Fuerte. Decidido.
Las conversaciones alrededor se detuvieron.
Alguien dejó caer un vaso.
Cuando finalmente se separó, todavía tenía su mano agarrando mi camiseta del equipo.
—Porque ahora —susurró— todos creen que ya lo somos.
Y en ese momento entendí dos cosas.
La primera: Megan Carter acababa de meterme en su juego.
La segunda:
no tenía ninguna intención de perderlo.