Las fiestas del equipo siempre terminan igual: alcohol barato, malas decisiones y alguien vomitando en el jardín.
Por eso intento evitarlas.
Pero esta noche estoy aquí de todos modos, empujando la puerta de la casa mientras la música golpea las paredes como si quisiera romperlas. El bajo vibra en el suelo, las luces parpadean en rojo y azul, y el olor a cerveza mezclado con perfume barato me pega directo en la cara.
Caos.
Exactamente lo que esperaba.
—¡Capitán! —grita alguien desde la cocina.
Levanto una mano a modo de saludo mientras avanzo entre cuerpos sudorosos y vasos de plástico. Hay jugadores del equipo por todas partes. Algunos ya están demasiado borrachos para ser medianamente útiles mañana en el entrenamiento.
Genial.
El entrenador estaría orgulloso.
Una chica pasa junto a mí con una botella en la mano y me sonríe como si acabara de encontrar el premio mayor.
No me detengo.
No vine aquí por eso.
De hecho, no vine aquí por nada.
Solo necesitaba salir un rato del maldito hielo, despejar la cabeza antes del entrenamiento de mañana y recordar que existe algo llamado vida universitaria fuera del hockey.
Aunque, siendo honesto, el hockey es lo único que realmente me importa.
Siempre ha sido así.
Soy el capitán del equipo.
Eso significa presión, disciplina y ganar.
Nada más.
No hay espacio para distracciones.
No para fiestas.
No para dramas.
Y definitivamente no para chicas que esperan algo más que una noche divertida.
Alguien me empuja una cerveza en la mano.
—Relájate un poco, Reed —dice Tyler, uno de los defensas del equipo—. No estamos en el rink.
Miro la botella como si fuera un objeto sospechoso.
—Entrenamiento a las ocho.
Tyler rueda los ojos.
—Dios, eres el capitán más aburrido de la historia.
Tal vez.
Pero también soy el capitán que piensa ganar el campeonato este año.
Y no voy a dejar que un grupo de universitarios borrachos arruine eso.
Apoyo la espalda contra la pared del salón y observo el desastre frente a mí.
La sala está llena.
Jugadores.
Estudiantes.
Y, por supuesto…
porristas.
Sus uniformes blancos destacan entre la multitud como señales luminosas de problemas.
Ríen demasiado fuerte, bailan sobre los muebles y lanzan miradas que saben exactamente lo que están haciendo.
No tengo nada contra ellas.
Pero también sé que las porristas y el equipo de hockey juntos solo significan drama asegurado.
Por eso mantengo distancia.
Siempre.
Doy un trago corto a la cerveza mientras la música cambia a algo todavía más ruidoso.
Alguien empieza a gritar sobre un juego de beber.
Otra persona salta sobre la mesa del comedor.
Y en algún lugar del jardín alguien probablemente ya está vomitando.
Sí.
Definitivamente la típica fiesta del equipo.
Suspiro, listo para desaparecer antes de que esto se vuelva aún más ridículo.
Entonces levanto la mirada.
Y la veo.
Megan Carter.
La porrista perfecta.
Está al otro lado de la habitación, rodeada de sus amigas, con su uniforme blanco y el cabello cayendo sobre los hombros. Se ríe de algo que una de ellas dice, moviendo los pompones que alguien debió haber traído como broma.
La he visto mil veces.
En los partidos.
En los entrenamientos.
En los pasillos del campus.
Y cada vez pienso exactamente lo mismo.
Problemas.
Porque Megan Carter tiene esa sonrisa que hace que medio campus pierda la cabeza.
Y porque, aunque nunca lo admitiría en voz alta…
cuando me mira así, como si estuviera evaluándome desde el otro lado de la pista.
La veo lo suficiente como para reconocer cuándo algo no encaja.
Y ahora mismo… no está mirando a sus amigas.
Sus ojos están clavados en otra parte.
Sigo la dirección de su mirada.
Y ahí está el problema.
Hudson Blake.
Delantero del equipo.
Rápido en el hielo, aún más rápido metiéndose en problemas fuera de él.
Popular.
Carismático.
Y completamente incapaz de tomarse a una chica en serio.
Hudson está apoyado contra la barra improvisada de la cocina, riéndose de algo que dice una rubia que claramente ya bebió más de la cuenta. Tiene un brazo descansando en el respaldo de su silla y el otro sosteniendo una botella de cerveza.
La chica se inclina hacia él.
Hudson no se aparta.
Por supuesto que no.
Ese idiota vive para este tipo de atención.
Frunzo ligeramente el ceño mientras doy otro trago a mi cerveza.
No es asunto mío.
Lo que hagan los jugadores fuera del hielo no me interesa… siempre y cuando no afecte al equipo.
Pero entonces vuelvo a mirar a Megan.
Y ahí está otra vez.
Observándolo.
No es una mirada casual.
No es curiosidad.
Es algo más peligroso.
Es la mirada de alguien que lleva demasiado tiempo esperando algo que nunca llega.
Hudson dice algo que hace que la rubia se ría fuerte. Después se inclina y le susurra algo al oído.
La mano de ella se desliza por su pecho como si ya supiera exactamente lo que va a pasar después.
Clásico Hudson.
Levanto la mirada hacia Megan otra vez.
Sigue mirando.
Y lo peor es que Hudson ni siquiera se da cuenta de que existe.
Ni una sola vez gira la cabeza hacia ella.
Ni una sola mirada.
Nada.
Es como si Megan Carter no estuviera a diez metros de distancia observándolo.
Algo en mi pecho se tensa.
No sé por qué.
Tal vez porque soy capitán y me gusta que mi equipo tenga el control de las situaciones.
Tal vez porque odio ver a alguien esperando atención de un tipo que claramente no piensa dársela.