Jugada Prohibida

Capítulo 2

Megan

Acabo de besar al capitán del equipo de hockey frente a medio campus.

La frase rebota en mi cabeza mientras empujo la puerta de mi habitación del dormitorio y la cierro con la espalda.

Silencio.

Por primera vez en toda la noche no hay música ensordecedora, ni gritos, ni vasos chocando.

Solo mi respiración… y el desastre monumental que acabo de provocar.

Dejo caer el bolso sobre la cama y me quedo mirando la pared como si en algún momento fuera a aparecer una explicación lógica.

No aparece.

Me paso una mano por el cabello.

—¿Qué demonios acabo de hacer?

La pregunta sale en voz alta, aunque no hay nadie aquí para responderla.

Porque besar a Ander Reed no estaba en ningún plan.

Ni en un plan bueno.

Ni en un plan malo.

Ni siquiera en un plan estúpido.

Ander Reed es muchas cosas.

Capitán del equipo de hockey.
El chico más competitivo del campus.
El tipo que parece vivir para el hielo y respirar disciplina.

Y también…

el chico que claramente no me soporta.

Camino hasta el espejo del armario y me miro.

Mis mejillas siguen ligeramente rojas y mis labios todavía sienten el eco del beso.

Y lo peor es que…

no fue un beso torpe.

Ni rápido.

Ni accidental.

Fue un beso real.

Cierro los ojos un segundo.

Genial, Megan.

De todas las decisiones impulsivas que podrías haber tomado esta noche…

elegiste besar al capitán del equipo frente a todo el mundo.

Cuando vuelvo a abrirlos, mi teléfono vibra sobre la cama.

Una notificación.

Luego otra.

Y otra más.

Frunzo el ceño y lo tomo.

Grupo de porristas.

Sophie:
MEGAN CARTER.

Lena:
DIME QUE NO BESASTE A ANDER REED.

Sophie:
NO. OLVIDA ESO.

DIME QUE SÍ LO BESASTE PORQUE SI NO ACABO DE VER MAL.

Me dejo caer sentada en la cama.

Al parecer la mitad del campus también lo vio.

Perfecto.

Tecleo lentamente.

Yo:
Lo besé.

La respuesta llega en menos de dos segundos.

Lena:
ESTÁS LOCA.

No puedo evitar soltar una risa corta.

Tal vez tengan razón.

Tal vez lo que hice fue completamente irracional.

Tal vez besar a Ander Reed fue la peor idea que he tenido en toda mi vida.

Pero cuando cierro los ojos…

la imagen de la fiesta vuelve a mi cabeza.

Hudson.

La rubia sentada en sus piernas.

Su risa.

La forma en que ni siquiera me miró una sola vez en toda la noche.

Y entonces entiendo exactamente por qué lo hice.

Porque después de años esperando…

Hudson Blake sigue sin verme.

Hudson es fácil de querer.

Tenía esa sonrisa que hacía que todo pareciera sencillo. Como si el mundo fuera un lugar ligero, sin demasiadas complicaciones.

Creo que por eso empezó todo.

Ni siquiera fue algo grande.

Ni dramático.

Ni cinematográfico.

Fue… pequeño.

Muy pequeño.

Primer año de universidad.

Recuerdo perfectamente mi primer día en el campus.

Todo era demasiado grande.

Demasiada gente.
Demasiados edificios.
Demasiadas caras que parecían saber exactamente a dónde iban… mientras yo caminaba mirando un mapa en el celular como si estuviera descifrando un código secreto.

Fue entonces cuando choqué con alguien.

Literalmente.

Mis papeles volaron por todas partes.

Genial.

Primer día, cinco minutos en el campus y ya parecía la chica más torpe de la universidad.

Me agaché rápidamente a recoger todo, murmurando disculpas.

—Lo siento, lo siento, no estaba mirando—

Pero alguien más ya estaba ayudándome.

Un par de zapatillas deportivas se detuvieron frente a mí y una mano recogió uno de mis folletos.

Cuando levanté la vista…

ahí estaba él.

Hudson Blake.

En ese momento yo todavía no sabía su nombre.

Solo vi a un chico alto, con una camiseta del equipo de hockey, el cabello ligeramente despeinado y esa sonrisa fácil que parecía aparecer sin esfuerzo.

—Tranquila —dijo, extendiéndome los papeles—. El campus es básicamente un laberinto el primer día.

Tomé los papeles.

—Gracias.

Miró mi celular.

—¿Buscas algo en específico?

Le mostré la pantalla.

—El edificio de ciencias sociales.

Hudson soltó una pequeña risa.

—Estás caminando en dirección contraria.

Por supuesto que sí.

—Genial —murmuré.

Pero en lugar de seguir su camino, señaló detrás de él.

—Voy hacia allá. Puedo mostrarte.

Y simplemente empezó a caminar a mi lado como si fuera la cosa más normal del mundo.

No intentó impresionarme.

No fue arrogante.

No fue el típico chico popular que habla con superioridad.

Solo fue… amable.

Durante esos cinco minutos me contó que era parte del equipo de hockey, que los entrenamientos empezaban temprano y que el café del campus era terrible.

Yo apenas hablaba.

Principalmente porque estaba demasiado ocupada tratando de no tropezar con mis propios pies.

Cuando llegamos al edificio, se detuvo frente a la entrada.

—Aquí es.

Sonrió otra vez.

—Sobreviviste a tu primer desafío universitario.

No pude evitar reír.

—Gracias por rescatarme.

Hudson se encogió de hombros.

—Para eso estamos los héroes anónimos del campus.

Y luego se fue.

Así de simple.

Ni números de teléfono.

Ni promesas de volver a vernos.

Solo un chico amable ayudando a una chica perdida.

Pero esa tarde, cuando volví al dormitorio…

no pude dejar de pensar en él.

Y cuando lo vi una semana después en su primer partido de hockey…




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