Llego a la escuela un poco más temprano de lo normal.
El campus ya está lleno de estudiantes caminando por los pasillos, hablando, riendo, comenzando otro día como cualquier otro.
Mientras camino hacia los casilleros, mis ojos se detienen en una escena familiar.
Megan está hablando con Sophie.
Las dos están frente a los casilleros, riéndose de algo.
Por un momento solo las observo.
Megan mueve las manos mientras habla y su cabello rubio cae sobre su hombro.
No sé exactamente por qué…
pero verla así me hace sonreír un poco.
Me acerco.
—Hola, chicas.
Ambas giran la cabeza.
—Hola, Ander —dice Megan.
Pero Sophie levanta las manos inmediatamente.
—Hola, Ander… y adiós.
Megan la mira confundida.
—¿Qué?
Sophie ya está caminando hacia atrás con una sonrisa.
—Tengo que irme. Cosas de mejores amigas.
Y desaparece por el pasillo.
Megan suspira.
—Ella es imposible.
—Me cae bien —digo.
Ella rueda los ojos.
Nos quedamos solos frente a su casillero.
La observo un segundo.
Se ve bien hoy.
Muy bien.
Sin pensarlo demasiado, me inclino un poco hacia ella.
Voy a besarla.
Pero justo antes de hacerlo, Megan frunce el ceño y pone una mano sobre mi pecho para detenerme.
—¿Qué haces?
La miro confundido.
—Besarte.
Ella niega con la cabeza.
—Hudson y Amanda no están aquí.
Parpadeo.
—¿Y?
—Así que no es necesario el beso.
Me quedo mirándola unos segundos.
Luego no puedo evitar sonreír un poco.
—Eres muy estricta con tus propias reglas.
Ella cruza los brazos.
—Alguien tiene que serlo.
Me apoyo contra el casillero a su lado.
—Entonces solo podemos besarnos cuando haya público.
—Exacto.
—Qué aburrido.
Megan levanta una ceja.
—Fue tu idea aceptar las reglas.
La observo un momento más.
—Sí… pero no sabía que ibas a tomártelas tan en serio.
Ella cierra su casillero y me mira.
—El trato es el trato.
Suena la campana y caminamos hacia educación física.
Megan y yo tenemos esa clase juntos.
No es algo raro porque medio campus termina mezclado en estas clases, pero hoy hay algo extraño.
Ella está más callada de lo normal.
Mientras entramos al gimnasio, noto que se pasa una mano por la frente.
—¿Estás bien? —le pregunto.
—Sí —dice rápido—. Solo estoy un poco cansada.
—Hoy vamos a hacer resistencia —dice el profesor—. Diez vueltas alrededor de la pista.
Algunos estudiantes se quejan inmediatamente.
Yo solo estiro un poco los hombros y miro a Megan.
—¿Segura que estás bien?
—Sí —responde—. Solo corramos.
La carrera empieza.
Los primeros minutos todo parece normal. Los estudiantes se dispersan por la pista, algunos corriendo rápido, otros más despacio.
Megan corre a mi lado durante la primera vuelta.
Luego en la segunda empieza a quedarse un poco atrás.
Frunzo el ceño.
—Megan…
—Estoy bien —dice respirando más fuerte.
Pero en la tercera vuelta noto que algo no está bien.
Su paso se vuelve más lento.
Su respiración suena irregular.
—Deberías parar —le digo.
—No… puedo terminar.
Da unos pasos más.
Y de repente se tambalea.
—Megan.
Su cuerpo se inclina hacia un lado como si perdiera el equilibrio.
Corro hacia ella antes de que caiga completamente.
Al mismo tiempo escucho otra voz.
—¡Megan!
Hudson.
Los dos llegamos casi al mismo tiempo.
La sostengo antes de que toque el suelo, pasando un brazo alrededor de su espalda.
Hudson se agacha frente a ella.
—¿Qué pasó?
Megan parpadea varias veces, claramente mareada.
—Yo… estoy bien.
—No lo estás —digo.
Hudson mira al profesor.
—¡Señor! ¡Creo que se va a desmayar!
El profesor corre hacia nosotros.
Mientras tanto Megan se apoya contra mí, todavía un poco inestable.
—Solo me mareé… —murmura.
Aprieto ligeramente mi brazo alrededor de ella para sostenerla mejor.
—Deberías haber parado cuando te lo dije.
Hudson la observa preocupado.
—¿Comiste algo hoy?
Ella duda.
Eso es suficiente respuesta.
Me paso una mano por el cabello, frustrado.
—Genial.
Megan intenta ponerse de pie sola.
—Estoy bien, de verdad.
Pero cuando intenta dar un paso vuelve a perder un poco el equilibrio.
Instintivamente la sujeto otra vez.
Hudson también extiende una mano para ayudarla.
Por un segundo los dos nos miramos.
Y aunque el problema ahora mismo es Megan…
la tensión entre nosotros es imposible de ignorar.
—Llévala a la enfermería —dice el profesor—. Ahora.
No espero a que nadie más diga nada.
Paso un brazo alrededor de Megan y la ayudo a caminar.
—Vamos.
Hudson parece querer decir algo, pero al final solo asiente.
—Avísanos si necesitas algo.
No respondo. Solo guío a Megan fuera del gimnasio y por el pasillo hacia la enfermería.
Ella camina despacio, apoyándose un poco en mí.
—Lo siento —murmura.
—¿Por qué te disculpas?
—Arruiné la clase.
La miro de reojo.
—Megan, casi te desmayas.
—Solo fue un mareo.
—Sí, claro.
Llegamos a la enfermería y toco la puerta antes de entrar.
La enfermera levanta la vista.
—¿Qué pasó?
—Se mareó en educación física —explico.
—Siéntala aquí.
Ayudo a Megan a sentarse en una de las camillas.
La enfermera le toma el pulso y la observa un momento.
—¿Comiste algo hoy?
Megan duda un segundo.
—No mucho…
La enfermera suspira como si ya hubiera escuchado eso mil veces.
—Eso explica muchas cosas.
Abre un pequeño gabinete y saca un paquete de galletas y un jugo de naranja.