La puerta de mi casa se cierra detrás de mí con un clic suave.
Ni siquiera he dado tres pasos dentro cuando escucho la voz de mi mamá desde la cocina.
—Megan.
Ese simple llamado hace que mi espalda se tense.
Camino hacia la cocina lentamente. Ella está de pie junto a la isla, con su tablet en la mano y una expresión seria que conozco demasiado bien.
—Llegas tarde —dice sin saludar.
—Tuve práctica… y después tuve que ir a la enfermería.
Sus ojos se levantan de inmediato.
—¿Enfermería?
—Solo me mareé un poco —digo rápido—. No es nada.
Pero su mirada ya se ha endurecido.
—¿Qué comiste hoy?
La pregunta llega como siempre. Directa. Fría. Como un interrogatorio.
Trago saliva.
—Lo normal.
—Megan.
Ese tono significa no mientas.
Bajo la mirada al mármol blanco de la isla.
—Un yogurt en la mañana… y una ensalada en el almuerzo.
Ella asiente lentamente, evaluando cada palabra como si fuera una ecuación.
—¿Y?
Dudo.
—La enfermera me dio jugo… y unas galletas.
El silencio que sigue es pesado.
—¿Galletas?
Su voz es baja, pero la decepción es clara.
—Me mareé, mamá.
—Porque tu cuerpo no está acostumbrado a ese tipo de comida —responde de inmediato—. Azúcar procesada, harina refinada… Megan, sabes perfectamente que eso arruina la disciplina del cuerpo.
Aprieto las manos bajo la mesa.
—Solo fueron dos.
Ella deja la tablet sobre la mesa y cruza los brazos.
—Una porrista capitana no puede perder el control así. Tu imagen es importante. Tu cuerpo es importante.
Lo dice como si estuviera hablando de un proyecto… no de mí.
—Además —continúa—, tienes suerte de que ya ajusté tu plan alimenticio para esta semana.
Saca una hoja impresa del cajón y la desliza hacia mí.
La miro.
Desayuno: medio yogurt griego sin azúcar.
Almuerzo: ensalada verde con pollo a la plancha (100 g).
Cena: batido de proteína vegetal.
Y abajo, en letras pequeñas:
Máximo 900 calorías al día.
Siento que el estómago se me encoge.
—Mamá… eso es muy poco.
Ella levanta una ceja.
—Es lo que necesita tu cuerpo para mantenerse perfecto.
Perfecto.
Esa palabra siempre está en esta casa.
Perfecto el peso.
Perfecta la imagen.
Perfecta la capitana de porristas.
—Las otras chicas comen normal —murmuro.
Ella suelta una pequeña risa.
—Las otras chicas no tienen tus oportunidades.
Me mira directo a los ojos.
—Y tampoco tu disciplina.
No respondo.
Porque si digo lo que realmente pienso… esta conversación se convertirá en algo peor.
—Empiezas mañana —dice tomando su tablet otra vez—. Y nada de “galletitas de enfermería”.
Asiento en silencio.
Pero cuando subo a mi cuarto unos minutos después, me siento en la cama y miro mis manos.
Todavía puedo recordar el sabor dulce del jugo de naranja.
Y lo raro que se sintió… comer sin culpa por unos minutos.
Suspiro.
Tal vez por eso me mareé hoy.
No por las galletas.
Sino porque mi cuerpo ya ni siquiera recuerda lo que es comer de verdad.
—Ven a pesarte —dice mi mamá de repente.
Mi estómago se aprieta.
La báscula está en el mismo lugar de siempre, al lado del ventanal del gimnasio de la casa. Blanca. Digital. Imposible de ignorar.
Camino hasta ella sintiendo ese nudo familiar en el pecho.
—Quítate los zapatos —ordena.
Lo hago en silencio y subo.
La pantalla tarda unos segundos en marcar el número.
Los segundos más largos del mundo.
Mi mamá mira primero.
Su ceño se frunce de inmediato.
—Subiste un kilo.
Siento que la sangre se me va a la cara.
—Debe ser agua… o algo así —murmuro.
Ella cruza los brazos.
—No, Megan. Es falta de disciplina.
La palabra cae como una piedra.
—Pero yo…
—¿Comiste esas galletas, verdad?
No espera respuesta.
Suspira con evidente decepción.
—Sabía que pasaría.
Bajo de la báscula lentamente.
—Mamá, solo fueron dos…
—Dos son suficientes para empezar a perder el control.
Me mira de arriba abajo, evaluándome como si fuera un proyecto que no está saliendo como esperaba.
—Vamos al gimnasio.
No es una invitación.
Es una orden.
El gimnasio de la casa es grande, con espejos en todas las paredes. A veces siento que esos espejos me observan más que mi propia mamá.
—Caminadora —dice señalándola—. Una hora.
—¿Una hora?
—¿Prefieres dos?
Trago saliva.
Subo a la caminadora y empiezo a trotar.
Al principio es fácil.
Después de quince minutos, ya siento las piernas pesadas.
Después de treinta, el sudor me corre por la espalda.
Miro el reloj.
Apenas han pasado treinta y dos minutos.
Mi mamá está sentada en una silla cerca, mirando su tablet… pero sé que está pendiente de mí.
Siempre lo está.
—No bajes la velocidad —dice sin levantar la vista.
Mis pulmones arden.
—Mamá…
—El cuerpo se entrena con disciplina, Megan.
Sigo trotando.
Cuarenta minutos.
Cuarenta y cinco.
Cuando finalmente pasa la hora, paro la caminadora con las piernas temblando.
—Bien —dice ella—. Ahora pesas.
Mi corazón se hunde.
—Pero ya corrí una hora…
—Precisamente. Ahora el cuerpo está listo para trabajar.
Me entrega unas mancuernas.
—Tres series de quince.
Levanto las pesas con los brazos temblando.
Los músculos me arden.
Para cuando termino, siento que podría desplomarme en el suelo.
Pero mi mamá solo asiente con aprobación.
—Así se corrige un error.
Dejo las pesas en el suelo, intentando recuperar el aliento.
—Puedes ducharte —añade—. Y recuerda que mañana empezamos con tu nuevo plan alimenticio.