El camino hacia la casa del lago es largo, pero tranquilo.
Los árboles rodean la carretera y el sol de la tarde atraviesa las hojas creando sombras sobre el auto de Mark que va delante de nosotros.
Megan está a mi lado, mirando por la ventana con una pequeña sonrisa.
—Te va a encantar —dice de repente.
—¿La casa?
—Sí.
—Si es tu lugar favorito, seguro que sí.
Ella me mira.
—Lo es.
Unos minutos después el camino se abre y el lago aparece frente a nosotros.
El agua brilla con el reflejo del atardecer.
—Wow —murmuro.
Megan sonríe orgullosa.
—Te dije.
La casa del lago está justo frente al agua. Es de madera, con un pequeño muelle y un balcón enorme que da directo al paisaje.
Mark estaciona el auto y baja primero.
—Bienvenidos —dice levantando los brazos—. Nuestro pequeño paraíso.
Salimos del auto y Megan toma mi mano.
—Vamos.
Entramos a la casa.
Por dentro es cálida, con grandes ventanas que dejan ver el lago desde casi cualquier parte.
—Dejen sus cosas en la habitación del fondo —dice Mark—. Yo voy a empezar a preparar la cena.
—¿Qué vas a hacer? —pregunta Megan.
—Hamburguesas.
—Perfecto.
Tomamos nuestras maletas y caminamos por el pasillo hasta la habitación.
La dejo sobre la cama.
Megan abre la ventana y entra una brisa fresca del lago.
—Siempre huele así aquí —dice.
—¿Así cómo?
—Como libertad.
Sonrío.
—Me gusta.
Después de acomodar un poco las cosas, Megan toma mi mano otra vez.
—Ven.
La sigo hasta el balcón.
La vista es increíble.
El lago se extiende frente a nosotros, tranquilo, con el cielo pintado de naranja y rosa por el atardecer.
Nos apoyamos en la baranda.
—Este lugar siempre me hace pensar —dice ella.
—¿En qué?
—En el futuro.
La miro.
—¿Y qué ves?
Ella gira un poco hacia mí.
—No lo sé todavía.
Me acerco un poco más.
—Yo sí.
—¿Ah sí?
Asiento.
—Te veo a ti.
Megan sonríe suavemente.
—Eso suena peligroso.
—No lo es.
Tomo sus manos entre las mías.
—Megan…
Ella me mira con esos ojos que siempre logran detener el mundo por un segundo.
—¿Sí?
—No sé exactamente qué pasará después de la graduación.
—Yo tampoco.
—Pero hay algo que sí sé.
Acaricio suavemente el collar que le regalé.
—¿Qué cosa?
La miro directo a los ojos.
—Que quiero pasar mi vida contigo.
Ella se queda en silencio.
El viento mueve un poco su cabello.
—Ander…
—No estoy bromeando.
Acaricio su mejilla.
—No importa a dónde vayamos… universidad, ciudades distintas, viajes o lo que sea.
Acerco mi frente a la suya.
—Te prometo que siempre voy a elegirte.
Sus ojos brillan.
—¿Siempre?
—Siempre.
Megan sonríe y rodea mi cuello con sus brazos.
—Entonces yo también te prometo algo.
—¿Qué?
Ella susurra cerca de mis labios.
—Que siempre voy a amarte.
Y en ese momento, con el lago brillando detrás de nosotros y el sol desapareciendo en el horizonte…
la beso como si esa promesa fuera lo único que importa en el mundo.
El olor llega primero.
Carne a la parrilla.
Pan tostado.
Megan se separa un poco de mí y sonríe.
—Creo que mi papá ya empezó con las hamburguesas.
—Eso huele increíble.
Ella toma mi mano.
—Vamos antes de que se las coma todas.
Entramos de nuevo a la casa y bajamos las escaleras hacia la cocina.
Mark está frente a la parrilla en la terraza, con un delantal que dice “El jefe de la parrilla”.
Cuando nos ve salir, levanta la espátula.
—Justo a tiempo.
—Huele delicioso —dice Megan.
—Porque lo es.
Mark coloca una hamburguesa sobre un pan recién tostado y luego otra.
—Ander, espero que tengas hambre.
—Siempre tengo hambre.
Él sonríe.
—Eso me gusta.
Nos sentamos en la mesa de madera de la terraza que da directo al lago.
La vista sigue siendo increíble, aunque el sol ya casi se ha escondido.
Mark trae los platos.
—Aquí tienen.
La hamburguesa es enorme.
Lechuga, tomate, queso derretido.
—Wow —dice Megan—. Te superaste.
—Siempre lo hago.
Tomo la hamburguesa y le doy un mordisco.
Cierro los ojos un segundo.
—Ok… esto está increíble.
Mark levanta una ceja satisfecho.
—Lo sabía.
Megan se ríe mientras toma una papa frita.
—Mi papá cree que es el mejor chef del mundo.
—No lo creo —dice Mark—. Lo sé.
Seguimos comiendo mientras el cielo se vuelve más oscuro y las primeras estrellas empiezan a aparecer sobre el lago.
Megan apoya su cabeza un momento en mi hombro.
—Este lugar siempre me hace feliz.
La miro.
—A mí también.
Mark toma un sorbo de su bebida y nos observa con una pequeña sonrisa.
—Me alegra haberlos traído.
Después de terminar las hamburguesas, Megan se recuesta un poco en la silla con una sonrisa satisfecha.
—Estoy llena.
—Eso dijiste la última vez —dice Mark recogiendo algunos platos— y diez minutos después estabas comiendo postre.
—Porque siempre tienes postre.
Mark se ríe y camina hacia una pequeña caja cerca de la parrilla.
—Y esta vez no es la excepción.
Megan levanta la cabeza curiosa.
—¿Qué es?
Mark abre la caja y saca una bolsa.
—Malvaviscos.
Megan sonríe como si tuviera diez años otra vez.
—¡Sí!
Yo levanto una ceja.
—¿Siempre hacen esto?
—Siempre —dice ella levantándose de la silla—. Ven.
Mark enciende un pequeño fogón de piedra que está a unos metros de la terraza, cerca del lago.
Las llamas empiezan a bailar suavemente mientras la noche cae completamente.
El aire se vuelve más fresco.