Me despierto lentamente cuando siento unos labios rozando mi frente.
—Buenos días, preciosa —susurra Ander.
Abro los ojos y lo veo inclinado sobre mí, con esa sonrisa tranquila que siempre aparece cuando me mira.
—Buenos días —murmuro todavía medio dormida.
Me estiro un poco y apoyo la cabeza en su pecho.
—Tu mamá es muy linda —digo.
Ander suelta una pequeña risa.
—Sí… cuando quiere.
Levanto la mirada hacia él.
—Jack también.
—No te encariñes mucho —dice en tono bromista—. Aún no confío en él.
Le doy un pequeño golpe en el pecho.
—Eres imposible.
—Soy protector.
—Celoso.
—También.
Me río y él aprovecha para abrazarme más fuerte.
Por un momento nos quedamos en silencio, simplemente disfrutando de la tranquilidad de la mañana.
El sol entra por la ventana del apartamento iluminando toda la habitación.
A veces todavía me cuesta creer que todo esto sea real.
Que Ander y yo estemos juntos.
Que esté viviendo prácticamente con él.
Que mi papá esté en Canadá.
Que mi vida haya cambiado tanto en tan poco tiempo.
—¿En qué piensas? —pregunta Ander.
—En que todo esto se siente muy rápido.
Él levanta una ceja.
—¿Rápido?
—Sí… —suspiro—. Hace unos meses apenas nos hablábamos.
—Yo siempre quise hablarte.
Lo miro.
—¿En serio?
Él sonríe un poco, como si estuviera recordando algo.
—Más de lo que crees.
Antes de que pueda preguntar más, su estómago ruge fuerte.
No puedo evitar reír.
—Eso responde muchas cosas.
Ander se deja caer de nuevo en la almohada.
—Tengo hambre.
—Qué sorpresa.
—Oye.
—¿Qué?
—Vives conmigo ahora, tu deber es alimentarme.
—¿Mi deber?
—Claro.
Me levanto de la cama todavía usando su camiseta enorme.
—Entonces el señor Reed tendrá que esperar cinco minutos.
—Diez y me muero.
—Drama.
Camino hacia la cocina mientras él me sigue.
Abro el refrigerador.
—Tenemos huevos… pan… queso…
—Perfecto.
—También hay frutas.
—No arruines un buen desayuno con frutas.
—Eres un niño.
—Pero soy tu niño.
Lo miro con una sonrisa.
Empiezo a preparar huevos mientras él se sienta en la barra observándome.
—Te ves bien usando mi ropa —dice de repente.
—¿Ah sí?
—Demasiado bien.
Levanto una ceja.
—¿Eso es un problema?
—Un poco.
—¿Por qué?
Ander se levanta de la silla y camina hacia mí.
Se coloca detrás y rodea mi cintura con sus brazos.
Su barbilla se apoya en mi hombro.
—Porque me hace pensar cosas.
—Ander…
—Cosas que no incluyen desayuno.
Suelto una risa.
—Pues vas a tener que controlarte.
—Difícil cuando te ves así.
Apago la estufa y giro un poco la cabeza para mirarlo.
—Desayuno primero.
—Luego vemos.
Nos sentamos a comer en la barra.
—Hoy tenemos que estudiar —le recuerdo.
—No.
—Sí.
—Hoy es domingo.
—Y tenemos exámenes finales.
Ander suspira dramáticamente.
—Arruinaste mi día.
—Tu día es estudiar conmigo.
—Mi día era besarte todo el día.
—Podemos hacer ambas cosas.
Él sonríe lentamente.
—Ahora sí suena como un buen plan.
Pasamos prácticamente toda la tarde en la mesa del apartamento rodeados de cuadernos, resaltadores y libros.
Nunca pensé que estudiar pudiera ser tan agotador.
—No entiendo nada de esto —murmura Ander mirando su cuaderno como si las palabras lo estuvieran insultando.
—Sí entiendes —le digo sin levantar la vista de mis apuntes—. Solo eres dramático.
—No soy dramático.
—Hace cinco minutos dijiste que preferías repetir el año antes que estudiar otro capítulo.
—Porque es verdad.
No puedo evitar reír.
Seguimos estudiando durante horas. A veces nos concentramos de verdad, otras veces terminamos hablando, riendo o distrayéndonos demasiado cerca el uno del otro.
Cuando el sol empieza a bajar, Ander deja el lápiz sobre la mesa y se recuesta en la silla.
—No puedo más.
—Una hora más —digo.
—Megan…
—Ander.
Me mira con cara de sufrimiento.
—Eres cruel.
—Soy responsable.
Él suspira y finalmente cierra el libro.
—Está bien… pausa.
Nos movemos al sofá del apartamento. Ander se deja caer y yo me acurruco a su lado. Él pasa un brazo por mis hombros y me acerca a su pecho.
El silencio dura unos segundos.
—Oye —dice de pronto.
—¿Qué?
—¿A qué universidad quieres entrar?
La pregunta me toma un poco por sorpresa.
—No lo sé… bueno… sí lo sé.
—¿Cuál?
—Westbridge.
Ander levanta una ceja.
—¿Westbridge University?
—Sí.
—¿Por qué?
Lo miro.
—Porque tiene uno de los mejores programas de literatura del país.
Sonrío un poco al decirlo.
—Siempre he querido estudiar literatura… escribir… tal vez algún día publicar un libro.
Ander me observa con una expresión suave.
—Eso te queda perfecto.
—¿Qué?
—Ser escritora.
Siento un pequeño calor en el pecho.
—¿Y tú? —pregunto—. ¿A qué universidad quieres ir?
Él se queda pensativo unos segundos.
—La verdad… quiero seguir jugando hockey.
—Lo sé.
—Westbridge tiene un programa deportivo muy bueno. Su equipo universitario compite a nivel nacional.
Lo miro sorprendida.
—¿En serio?
—Sí.
—¿Y aplicarías ahí?
Ander toma mi mano entre las suyas.
Sus dedos acarician lentamente los míos.
—Claro.
—Pero podrías elegir muchas universidades por el hockey.
Él niega suavemente.
—Aplicaré a Westbridge.
—Ander…
—Megan —me interrumpe.
Sus ojos se clavan en los míos.
—No veo un futuro sin ti.
Mi corazón late más fuerte.
—Si tú vas a estudiar literatura en Westbridge… entonces yo voy a jugar hockey en Westbridge.