Jugada Prohibida

Capítulo 30

Sigo sin creer que vaya a casarme.

Miro mi mano por quinta vez en menos de diez minutos.

El anillo brilla bajo la luz del techo del apartamento de Ander y cada vez que lo veo siento una mezcla extraña de emoción, nervios y felicidad.

Estoy comprometida.

Con Ander Reed.

Me río sola.

Tomo mi celular y marco el número de mi papá.

Después de unos tonos, contesta.

—¿Princesa?

—Hola, papá.

—¿Cómo estuvo la graduación?

Muerdo mi labio inferior.

—Bien… increíble.

—Me alegra escucharlo.

Hay unos segundos de silencio.

—Papá… tengo que contarte algo.

—¿Qué pasó?

Miro el anillo otra vez.

—Ander me propuso matrimonio.

Del otro lado del teléfono no hay silencio.

Hay una pequeña risa.

Frunzo el ceño.

—¿Papá?

—Sí, hija.

—¿No vas a decir nada?

—Claro que sí.

Puedo imaginar su sonrisa.

—Felicidades.

—¿Felicidades? —digo confundida—. ¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que diga?

—¡No sé! ¡Que estoy loca! ¡Que soy demasiado joven! ¡Algo!

Él se ríe.

—No.

—¿No?

—Porque ya lo sabía.

Me quedo completamente quieta.

—¿Qué?

—Ander me llamó hace unos días.

Mis ojos se abren.

—¿Qué?

—Me pidió mi bendición.

Mi corazón literalmente se derrite.

—¿En serio?

—Sí.

Me recuesto en el sofá.

—¿Y qué le dijiste?

—Que si te hace feliz… tiene mi bendición.

Sonrío sin poder evitarlo.

—Papá…

—Además —continúa— ese chico te mira como si fueras todo su mundo.

Mis ojos se llenan un poco de lágrimas.

—Lo soy.

—Entonces no tengo ningún problema con eso.

En ese momento Ander aparece desde la cocina con un bowl enorme de palomitas.

—¿Hablas con tu papá?

Asiento.

—Sí.

Ander levanta una mano hacia el teléfono.

—Hola, señor.

Papá se ríe del otro lado.

—Cuídala, hijo.

Ander no duda ni un segundo.

—Siempre.

Mi corazón se acelera otra vez.

—Bueno —dice papá—. Cuando vuelva de Canadá quiero ver ese anillo.

—Claro.

—Los quiero mucho.

—Yo también, papá.

Cuelgo la llamada.

Ander se sienta a mi lado en el sofá.

—¿Qué dijo?

Levanto mi mano mostrando el anillo otra vez.

—Que ya sabía.

—¿Cómo que ya sabía?

—Porque alguien… —lo miro acusándolo— le pidió su bendición.

Ander se encoge de hombros con una sonrisa.

—Tenía que hacerlo bien.

—Ander…

—¿Qué?

—Eso fue muy romántico.

Se acerca un poco más.

—Todavía no has visto nada.

Me río.

—¿Ah sí?

—Claro.

Coloca un brazo alrededor de mis hombros y me acerca a él.

Apoyo mi cabeza en su pecho.

Por un momento nos quedamos así, tranquilos, mirando una película que ninguno está prestando atención.

Mi dedo juega con el anillo otra vez.

—Prométeme algo —le digo.

—¿Qué?

Levanto la mirada hacia él.

—Que no importa lo que pase… siempre estaremos así.

Ander besa mi frente.

—Te prometo algo mejor.

—¿Qué?

—Que cada año de nuestra vida será mejor que el anterior.

Cierro los ojos sonriendo.

Y por primera vez en mucho tiempo…

El futuro no me da miedo.

Porque sé exactamente con quién voy a vivirlo.

Ander baja la mirada hacia mí y acaricia suavemente mi brazo.

—¿En qué piensas? —pregunta.

Sonrío un poco.

—En que hace unos meses todo era diferente.

—¿Diferente cómo?

—No vivía contigo… no tenía este anillo… y definitivamente no estaba planeando casarme.

Ander suelta una pequeña risa.

—La vida cambia rápido.

—Demasiado.

Levanto mi mano otra vez, observando cómo el anillo brilla.

—Todavía se siente un poco irreal.

—¿El qué?

—Todo esto.

Ander toma mi mano y entrelaza sus dedos con los míos.

—Pues más te vale acostumbrarte.

—¿Por qué?

—Porque planeo pasar el resto de mi vida contigo.

Mi corazón se derrite otra vez.

—Eres muy seguro de eso.

—Mucho.

Me acomodo mejor contra su pecho.

—¿Sabes qué es lo más extraño?

—¿Qué?

—Que todo empezó con una mentira.

Ander sonríe.

—¿Te refieres a cuando me besaste en la fiesta y me pediste fingir que era tu novio?

—Exactamente eso.

—La mejor mentira de mi vida.

Levanto la cabeza para mirarlo.

—La mía también.

Nos quedamos en silencio unos segundos.

La película sigue corriendo en la televisión, pero ninguno de los dos está realmente prestando atención.

—Megan… —dice de pronto.

—¿Sí?

—Cuando vayamos a la universidad… todo va a cambiar un poco.

Asiento.

—Lo sé.

—Entrenamientos, clases, partidos…

—Yo también tendré clases.

—Lo sé.

—Pero vamos a estar bien.

Ander me mira unos segundos.

—Claro que sí.

Luego besa suavemente mi frente.

—Además…

—¿Además qué?

—Ahora oficialmente vas a vivir conmigo.

Me río.

—Eso todavía se siente extraño decirlo.

—A mí me gusta.

—¿Sí?

—Mucho.

Sonrío.

—Entonces tendrás que acostumbrarte a verme todo el tiempo.

—Ese es el plan.

Apoyo mi cabeza otra vez en su pecho.

Afuera ya es de noche y el apartamento está en silencio, salvo por el sonido bajo de la televisión.

Por primera vez en mucho tiempo…

Todo se siente tranquilo.

Seguro.

Y mientras cierro los ojos lentamente, hay una sola cosa que sé con certeza.

Mi historia con Ander Reed…

apenas está comenzando.

Ander juega con mis dedos mientras seguimos en el sofá.

De repente suelta una pequeña risa.

—Todavía hay algo que no entiendo.

Levanto la cabeza de su pecho.

—¿Qué cosa?

Me mira con una mezcla de curiosidad y diversión.

—¿Por qué te gustaba Hudson?




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