Jugada Prohibida

Capítulo 34

El aire dentro del estadio de hockey es frío.

Frío de verdad.

Ese frío que te despierta los músculos y te recuerda exactamente por qué estás aquí.

Respiro profundo mientras entro al hielo con los patines recién ajustados.

Hay muchos jugadores.

Más de los que esperaba.

Algunos están estirando, otros practicando tiros contra la red, y unos cuantos simplemente observan alrededor con la misma mezcla de nervios y confianza falsa.

Todos quieren lo mismo.

Un lugar en el equipo.

Tyler aparece a mi lado mientras se pone los guantes.

—Hay más gente de la que pensé.

—Sí —respondo sin quitar la vista del hielo.

—¿Nervioso?

—Un poco.

Tyler sonríe.

—Eso es bueno.

—¿Por qué?

—Porque significa que te importa.

Antes de que pueda responder, un silbato fuerte corta el ruido del estadio.

Todos se detienen.

Un hombre alto, con brazos cruzados y expresión dura, se para en el centro del hielo.

El entrenador.

Incluso desde aquí se nota que no es alguien con quien quieras discutir.

—¡Escuchen! —grita con voz grave que rebota por todo el estadio.

Todos los jugadores se acercan.

El entrenador nos mira uno por uno, como si estuviera evaluando desde ya quién sirve y quién no.

—Si están aquí es porque creen que son buenos.

Hace una pausa.

—Les voy a ahorrar tiempo.

Se quita la gorra.

—La mitad de ustedes no sirve.

Algunos jugadores intercambian miradas incómodas.

Tyler murmura a mi lado.

—Directo al grano.

El entrenador sigue hablando.

—Este equipo no es para chicos que creen que el hockey es un pasatiempo.

Su mirada recorre el grupo.

—El otro mes vienen cazatalentos.

Un murmullo recorre el hielo.

—Y si alguno de ustedes cree que puede impresionarlos…

su expresión se vuelve aún más dura.

—Entonces más vale que me impresionen primero a mí.

Silencio total.

El entrenador levanta el silbato.

—Vamos a empezar con velocidad.

Señala la pista.

—Quiero ver quién realmente merece estar aquí.

El silbato suena otra vez.

Los jugadores empiezan a moverse.

Tyler me golpea ligeramente el hombro.

—Hora de lucirte, Reed.

Aprieto el palo de hockey entre mis manos.

Miro la pista.

Luego empujo con los patines y salgo al hielo.

Porque si quiero un lugar en este equipo…

tengo que demostrarlo ahora.

El hielo corta el aire cuando empujo con fuerza y acelero.

El sonido de los patines raspando la pista llena el estadio mientras todos empezamos a movernos.

—¡Más rápido! —grita el entrenador desde la banda.

No es un calentamiento suave.

Es una prueba.

Y apenas estamos empezando.

Doy la vuelta completa a la pista junto con los demás jugadores. Algunos se quedan atrás después de la segunda vuelta.

El entrenador ni siquiera los mira.

Solo observa.

Evaluando.

Calculando.

Cuando terminamos, el silbato vuelve a sonar.

—¡Pucks al centro!

Un asistente lanza varios discos al hielo.

—Quiero ver tiros.

Los jugadores empiezan a turnarse.

Tiros rápidos.

Tiros fuertes.

Algunos golpean el poste.

Otros ni siquiera llegan al arco.

Cuando llega mi turno, tomo el disco y avanzo.

El portero se prepara.

Respiro profundo.

Empujo.

El disco se desliza frente a mí mientras acelero.

Un movimiento a la derecha.

Cambio de dirección.

Golpeo el disco con fuerza.

CLACK.

La red se mueve.

Gol.

El sonido es seco, limpio.

No celebro.

Solo patino hacia atrás.

El entrenador anota algo en una libreta.

Eso es buena señal.

Tyler pasa después de mí.

Su tiro también entra.

—Nada mal —murmura cuando vuelve a mi lado.

Pero el entrenamiento no se detiene.

—¡Pases! —grita el entrenador.

Luego.

—¡Defensa!

Luego.

—¡Uno contra uno!

El hielo se llena de movimiento.

Choques.

Patines.

Respiración pesada.

Siento el sudor correr por mi espalda a pesar del frío del estadio.

En uno de los ejercicios me emparejan con un jugador alto que no había visto antes.

Rubio.

Fuerte.

Sonríe como si ya hubiera ganado.

—Dylan —dice estirando la mano.

La ignoro.

—Ander.

El asistente lanza el disco al hielo.

—¡Vamos!

Dylan intenta quitármelo inmediatamente.

Empuja con fuerza.

Pero yo giro el cuerpo y protejo el puck con el palo.

Patino hacia adelante.

Él intenta bloquearme.

Cambio de dirección.

Pasa un segundo.

Dos.

Logro superarlo y tiro.

El disco entra.

El silbato suena.

Dylan frena a mi lado.

—Nada mal.

—Lo mismo digo.

Pero por la forma en que me mira…

sé que esto no termina aquí.

Y cuando levanto la mirada hacia la banda…

veo al entrenador observándome.

Muy atentamente.

El entrenamiento termina casi dos horas después.

Estoy completamente agotado.

El hielo, los ejercicios, los choques… todo.

Pero cuando salgo del vestidor con el cabello todavía húmedo por la ducha, lo primero que pienso no es en el entrenamiento.

Pienso en Megan.

Miro la hora en mi celular.

Sus clases deberían estar terminando.

Camino por el campus todavía con la mochila al hombro. El aire de la tarde es más cálido que el frío del estadio y mis piernas todavía sienten el esfuerzo del entrenamiento.

Paso frente a una pequeña cafetería.

Y entonces se me ocurre algo.

Entro.

—Hola —dice la chica del mostrador.

—Hola.

Miro el vidrio lleno de postres.

Pasteles.

Galletas.

Cupcakes.

Y entonces las veo.

Donas con glaseado rosa y chispas de colores.




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