Estoy sentada en el suelo del apartamento rodeada de cajas.
Muchas cajas.
Más de las que pensé que tenía.
Libros.
Ropa.
Cuadernos.
Más libros.
Y una caja llena de cosas que honestamente no recuerdo haber guardado.
Han pasado unos días desde que firmamos los papeles, y hoy finalmente terminamos la mudanza.
Bueno… casi.
La sala todavía parece una zona de desastre.
Hay una lámpara apoyada contra la pared, una caja abierta con platos en la cocina y el sofá apenas acaba de llegar hace una hora.
Pero aun así…
se siente increíble.
Nuestro apartamento.
Nuestro primer hogar.
Escucho la puerta abrirse detrás de mí.
—Última caja —dice Ander entrando con una caja grande en los brazos.
—¿En serio?
—Lo juro.
La deja en el suelo con un pequeño golpe.
Luego se deja caer a mi lado en el piso.
—Estoy muerto.
—Tú quisiste traer todo en un solo día.
—Pensé que sería más fácil.
—Eso dicen todos antes de una mudanza.
Ander se ríe un poco.
Miro alrededor otra vez.
—Aun así… me encanta.
—A mí también.
Nos quedamos unos segundos en silencio observando el apartamento medio desordenado.
—Megan.
—¿Sí?
—Ahora que vivimos juntos…
Lo miro.
—Ajá.
—Supongo que tenemos que empezar a hablar de algo.
Levanto una ceja.
—¿De qué?
Él me mira con una sonrisa divertida.
—De nuestra boda.
Suelto una pequeña risa.
—Es verdad.
—Llevamos meses comprometidos.
—Y nunca planeamos nada.
Ander se recuesta contra el sofá.
—Bueno… dijiste que querías algo bonito.
—Eso sigo pensando.
—¿Grande o pequeño?
Pienso un momento.
—No quiero algo exagerado.
—Bien.
—Pero tampoco algo aburrido.
—Eso ayuda mucho.
Le doy un pequeño empujón.
—Sabes a lo que me refiero.
—Tal vez algo al aire libre —dice él.
—Eso suena bonito.
—Con nuestra familia y amigos.
—Me gusta.
Sonrío un poco.
—Siempre soñé con algo romántico.
—¿Romántico cómo?
—Luces, música… flores.
Ander hace una cara pensativa.
—Puedo hacer eso.
—¿Sí?
—Claro.
Luego añade:
—Aunque hay algo que ya tengo decidido.
—¿Qué cosa?
Sonríe.
—La luna de miel.
Me río.
—¿Otra vez con eso?
—No es negociable.
—¿Santorini?
—Santorini.
Niego con la cabeza sonriendo.
—Eres muy terco.
Ander se acerca un poco más.
—Pero te gusta.
—Un poco.
Apoyo la cabeza en su hombro mientras miro el apartamento lleno de cajas.
—Tenemos mucho que organizar.
—Sí.
—La boda.
—Sí.
—La universidad.
—Sí.
Ander toma mi mano.
—Pero vamos a hacerlo juntos.
Ander entrelaza sus dedos con los míos mientras seguimos sentados en el suelo del apartamento.
La sala sigue llena de cajas, pero ya no parece un desastre.
Ahora parece… nuestro.
Hay un momento de silencio cómodo entre nosotros.
Hasta que Ander habla otra vez.
—Puedo preguntarte algo.
Lo miro.
—Claro.
Parece pensarlo un segundo antes de decirlo.
—¿Quieres tener hijos?
La pregunta me toma un poco por sorpresa.
No porque nunca lo haya pensado… sino porque nunca lo habíamos hablado en voz alta.
Sonrío un poco.
—Sí.
Ander me mira con atención.
—¿Sí?
Asiento.
—Claro que sí.
Apoyo la cabeza en el respaldo del sofá mientras miro el techo.
—Pero en un futuro.
—No mañana.
—No mañana —repito riendo.
Ander suelta una pequeña risa también.
—Bien.
—¿Por qué?
—Solo quería saber.
Lo miro de reojo.
—¿Tú quieres?
Él no duda.
—Sí.
—¿Sí?
—Algún día.
Se encoge de hombros.
—Siempre me imaginé teniendo una familia.
Mi pecho se siente cálido al escucharlo.
—Yo también.
Ander aprieta suavemente mi mano.
—Pero primero tenemos que sobrevivir a la universidad.
—Eso también.
—Y a la boda.
—Eso también.
Nos quedamos unos segundos en silencio.
Luego Ander sonríe un poco.
—Aunque…
Lo miro.
—¿Qué?
—Nuestros hijos serían muy lindos.
No puedo evitar reír.
—Eres imposible.
—Solo digo la verdad.
Me acerco un poco más a él y apoyo la cabeza en su hombro.
Y mientras estamos sentados en medio de cajas, hablando de un futuro que todavía está lejos…
siento que todo encaja exactamente como debería.
Han pasado unos días desde la mudanza y finalmente el apartamento empieza a parecer… un hogar.
Las cajas casi desaparecieron, los libros están acomodados y la cocina ya no parece un campo de batalla.
Estoy sentada en el sofá cuando mi celular vibra.
Sophie.
Sonrío y contesto.
—Hola.
—Megan, necesito verte.
—¿Todo bien?
—Sí, pero hace siglos que no salimos.
Me río.
—Literalmente te vi la semana pasada.
—Eso no cuenta.
—¿Qué quieres hacer?
—Noche de chicas.
—¿Hoy?
—Hoy.
Miro hacia la cocina, donde Ander está abriendo la nevera.
—Creo que puedo.
—Perfecto. Te recojo en una hora.
Cuelgo y camino hacia la cocina.
—Voy a salir.
Ander levanta la mirada.
—¿A dónde?
—Sophie me secuestró para una noche de chicas.
—¿Debería preocuparme?
—Probablemente.
Él sonríe.
—Diviértete.
Una hora después Sophie está tocando el claxon afuera del edificio.
Salgo y me subo a su auto.
—¡Por fin! —dice.
—Hola para ti también.
—Necesitabas salir de ese apartamento.
—Acabamos de mudarnos.
—Exactamente.
Nos reímos y manejamos hasta un pequeño centro comercial cerca del campus.
Caminamos entre tiendas, mirando ropa, riéndonos y probándonos cosas que probablemente no necesitamos.