Han pasado tres meses desde que empezó el semestre.
Tres meses viviendo con Ander.
Tres meses de universidad.
Tres meses en los que mi vida cambió completamente.
Y también tres meses en los que me di cuenta de algo importante.
La literatura ya no me hace feliz.
Estoy sentada en una clase, mirando un libro abierto frente a mí, mientras el profesor habla sobre narrativa clásica, pero mi mente está en otro lugar.
En telas.
En colores.
En outfits.
En combinaciones de ropa.
En tendencias.
En revistas de moda que veo todas las noches antes de dormir.
Suspiro y cierro el libro.
Y en ese momento lo entiendo.
Esto no es lo mío.
Me gusta leer, sí.
Me gustan las historias, sí.
Pero no quiero dedicar mi vida a esto.
Lo que realmente me gusta…
es la moda.
La ropa.
Los estilos.
Las marcas.
Los diseños.
Las sesiones de fotos.
Las combinaciones.
Siempre me ha gustado, pero nunca lo había tomado en serio.
Hasta ahora.
Esa misma tarde voy a buscar a Ander al estadio de hockey.
Está saliendo del entrenamiento cuando me ve y sonríe.
—Hola, futura esposa.
Sonrío.
—Hola, jugador estrella.
Se acerca y me besa rápido.
—¿Cómo te fue hoy?
Lo miro y digo:
—Creo que voy a cambiar de carrera.
Se queda mirándome unos segundos.
—Ok… eso no me lo esperaba. ¿A cuál?
Sonrío un poco, pero estoy nerviosa.
—Moda.
Ander no se ríe.
No se sorprende.
No me juzga.
Solo sonríe.
—Tiene sentido.
—¿Sí?
—Sí. Siempre hablas de ropa, de estilos, de marcas, de cómo debería vestirme, de cómo se viste la gente…
Me río.
—Es verdad.
Me rodea la cintura con un brazo.
—Además, vas a ser la diseñadora más hermosa de la universidad.
—Todavía ni siquiera sé diseñar.
—Pero vas a aprender.
Lo miro.
—¿No te molesta que cambie de carrera?
Niega con la cabeza.
—Megan, yo quiero que seas feliz.
No que estudies algo solo porque crees que debes hacerlo.
Y en ese momento entiendo algo.
No solo estoy enamorada de Ander.
Estoy construyendo una vida con él.
Y por primera vez…
siento que mi futuro me emociona.
—Además —digo de repente— hoy tengo la prueba del vestido de novia.
Ander sonríe inmediatamente.
—¿Hoy?
—Sí, en la tarde.
—¿Y puedo ir?
Me río.
—No. Está prohibido que el novio vea el vestido antes de la boda.
Hace una mueca.
—Odio esas tradiciones.
—Pues te aguantas.
Me abraza por la cintura y me acerca a él.
—Entonces descríbelo.
—No.
—Una pista.
—No.
—¿Es blanco?
Lo miro seria.
—Ander.
Él se ríe.
—Tenía que intentarlo.
—Voy a ir con Sophie —le digo—. Ella dijo que si no la llevaba, dejaba de hablarme.
—Sophie se toma esta boda muy en serio.
—Más que yo, creo.
Ander me mira unos segundos en silencio.
—¿Estás nerviosa?
La pregunta me toma por sorpresa.
Pienso un momento antes de responder.
—No nerviosa… pero a veces siento que todo está pasando muy rápido.
Él no dice nada, solo me escucha.
—Hace un año ni siquiera pensaba en casarme, ni en vivir con alguien, ni en cambiar de carrera, ni en vestidos de novia… y ahora es como si mi vida hubiera avanzado diez años de golpe.
Ander pone su mano en mi mejilla.
—¿Y te arrepientes?
Lo miro a los ojos.
—No.
Ni un poco.
—Solo me asusta un poco que todo sea tan perfecto.
Él sonríe un poco.
—No es perfecto.
—¿No?
—No. Discutimos, nos ponemos celosos, aparece mi exnovia, casi te pones a llorar en el estadio…
Le pego suave en el brazo.
—Oye.
Se ríe y luego se pone serio otra vez.
—Pero incluso con todo eso… eres lo mejor que me ha pasado en la vida.
Siento ese calor en el pecho otra vez.
—Y me volvería a enamorar de ti mil veces —dice.
Lo abrazo fuerte.
—Nos vemos en la noche, futura esposa —susurra.
—Nos vemos en la noche, futuro esposo.
Llega la tarde más rápido de lo que esperaba.
Estoy frente al espejo del apartamento, mirándome sin estar realmente concentrada, porque mi mente sigue repitiendo lo mismo una y otra vez.
Voy a probarme mi vestido de novia.
Sophie llega puntual, como siempre, y toca la puerta como si fuera dueña del lugar.
—¡Abre! ¡La novia tiene una cita importante!
Abro y ella entra con una sonrisa enorme.
—¿Estás lista para llorar?
—No voy a llorar.
—Todas dicen eso y terminan llorando.
Tomo mi bolso.
—No estoy nerviosa.
—Megan, te vas a probar el vestido con el que te vas a casar. Deberías estar nerviosa.
Salimos del apartamento y vamos en su carro hablando de todo y de nada al mismo tiempo.
—¿Ander está nervioso? —pregunta Sophie mientras maneja.
—No lo demuestra, pero creo que sí.
—Ese hombre está obsesionado contigo.
Me río.
—No está obsesionado.
Sophie me mira un segundo.
—Megan… ese hombre te mira como si hubieras inventado la felicidad.
No digo nada, pero sonrío mirando por la ventana.
Llegamos a la tienda de vestidos de novia y en cuanto entramos, todo es blanco, elegante, tranquilo, como si el tiempo fuera más lento ahí adentro.
Una mujer se acerca a nosotras.
—Hola, Megan, estábamos esperándote. Tu vestido ya está listo para la prueba.
Mi corazón empieza a latir más rápido.
Sophie me aprieta el brazo.
—Voy a llorar —susurra.
—No llores.
—Sí voy a llorar.
La mujer me lleva al probador con el vestido en una funda larga.
—Te ayudo a ponértelo —me dice.
Asiento, pero mis manos están un poco nerviosas.
Cuando el vestido está puesto y ella termina de ajustarlo, me mira sonriendo.