El despacho del abogado, situado en un entresuelo oscuro que olía a humedad y tabaco rancio, se sentía más como una sala de interrogatorios que como una oficina legal.
No había ventanas, solo una luz fluorescente que parpadeaba intermitentemente, proyectando sombras temblorosas sobre las cuatro personas presentes.
El abogado, un hombre calvo y de expresión aburrida apellidado Martin deslizó el documento sobre la mesa de formica. Era una simple hoja de papel, pero contenía un poder aterrador.
—Cláusula tres —leyó Martin en voz alta, con un tono monótono que contrastaba con la gravedad de sus palabras—. "El matrimonio tendrá una duración obligatoria de cinco años consecutivos a partir de la fecha de la firma. Durante este periodo, la Sra. Elein...
Interrumpió para mirar el DNI de la chica y continuó:
Elein Polrs residirá en el domicilio proporcionado y mantendrá absoluta confidencialidad sobre cualquier aspecto de la vida privada y profesional de su cónyuge, el Presidente..."
—¿El Presidente? —interrumpió el padre de Elein, un hombre que parecía diez años mayor de lo que era, con la barbilla apoyada en el puño de su muleta de metal.
Su pierna ortopédica, una versión barata y ruidosa que la familia había logrado pagar a duras penas, chirrió cuando intentó acomodarse en la silla incómoda.
—Es un título —respondió Martin cortante—. No es necesario que sepan de qué. Lo importante está aquí.
Con un dedo regordete, el abogado señaló una cifra al final del párrafo.
Elein vio cómo los ojos de su madre se agrandaban hasta casi salirse de sus órbitas. Su madre, que pasaba los días limpiando oficinas y las noches cosiendo ropa ajena, dejó escapar un suspiro entrecortado.
—¿Esos son... ceros? —susurró la mujer, su voz temblando no de miedo, sino de una avaricia desesperada que Elein conocía bien—. ¿siete... siete ceros?
—Más el pago inicial que cubrirá las deudas de su hijo mayor con el casino —agregó el abogado, como quien menciona el clima—. Y un fondo médico para la pierna de su esposo. Todo esto, a cambio de cinco años.
Elein, que acababa de cumplir dieciocho años y había pasado su cumpleaños trabajando en una cafetería, se mantuvo en silencio detrás de sus padres.
Ella no miraba la cifra. Miraba las manos de sus padres. Esas manos que la habían criado, pero que ahora temblaban ante la posibilidad de venderla.
No sentía pena por sí misma. Sentía una fría claridad. Sabía exactamente por qué estaban allí. No era una broma.
Era la salida de emergencia de una vida que los estaba asfixiando.
Las deudas de juego de su hermano mayor, las facturas médicas del accidente de su padre... todo había creado una espiral de pobreza de la que no había escapatoria.
Hasta que apareció ese boletín callejero, un trozo de papel pegado en un poste de luz, ofreciendo una suma ridícula por una "esposa discreta".
—Es una locura —dijo el padre, pero su voz no tenía convicción. Miraba a Elein con una mezcla de culpa y súplica.
—No tenemos otra opción —dijo la madre, tomando la pluma. Sus ojos brillaban con una determinación feroz—. Es esto o la calle. Elein... hija, es por el bien de la familia.
Elein miró a su madre. Vio el agotamiento en su rostro, la marca de años de privaciones. Y vio algo más: una especie de alivio cruel. Alivio de que, por fin, una de sus cargas se convirtiera en su salvación.
—No tienes que hacerlo, Elein —dijo su padre, aunque su mano agarraba la muleta con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos—. Podemos encontrar otra forma.
—¿Cuál forma, papá? —preguntó Elein, su voz sonando extrañamente calmada, incluso para ella misma—. ¿Pedir otro préstamo? ¿Dejar que los cobradores entren a la casa otra vez?
Tomó la pluma de la mano de su madre. La tinta negra parecía sangre en el papel blanco. Sin dudarlo, firmó su nombre en la línea punteada. "Elein Porls". Con esa firma, había vendido cinco años de su vida, pero había comprado la libertad de su familia.
Y, aunque nadie en la sala lo sospechaba, también había comprado su propia libertad.