La furgoneta negra de vidrios tintados se detuvo frente a un edificio imponente que dominaba el horizonte de la ciudad.
Era un edificio de cristal templado oscuro, un monumento a la riqueza que Elein solo había visto en películas. El chófer, un hombre similar a Martin. Un poco calvo con la cara fruncida como la flor esta ahi postrado agarrando el volante.
No había pronunciado una sola palabra durante el trayecto, se bajó y le abrió la puerta.
—El departamento es todo suyo, señora —dijo, entregándole una tarjeta electrónica de color plateado.
Elein salió de la furgoneta. El aire en esta parte de la ciudad se sentía diferente, más limpio, menos pesado que en su barrio.
Miró hacia arriba, hacia la cima del edificio, donde los últimos pisos brillaban bajo el sol de la tarde.
Entró en el vestíbulo. Era un espacio inmenso, decorado con mármol blanco y esculturas abstractas.
Un recepcionista con un traje perfecto le sonrió con frialdad y le indicó el ascensor privado. Elein deslizó la tarjeta plateada y el ascensor subió rápidamente, apenas sin sonido.
Al llegar al último piso, las puertas se abrieron directamente al departamento.
Elena se detuvo en el umbral.
No era la mansión gótica y opresiva que secretamente había temido.
No había gárgolas ni pasillos oscuros. Era un departamento el más alto del edificio, y era... impresionante.
Aunque de vista solo parecía tener la cocina cerca de la sala, y a los costados dos habitaciones.
La sala de estar era un espacio abierto y luminoso, con paredes que eran casi en su totalidad ventanales de piso a techo.
Desde allí, podía ver toda la ciudad extendida a sus pies, como un mapa gigante de luces y movimiento. El suelo era de madera pulida, reflejando la luz del sol que le lastimaban los ojos al mirar el suelo.
Una cocina moderna con encimeras de granito negro estaba integrada en la sala. Vio dos puertas al fondo, que supuso que daban a los cuartos.
Todo estaba impecablemente limpio, minimalista, pero no frío. No había rastros de nadie más. Ningún objeto personal, ninguna foto, nada que indicara que el misterioso "Presidente" alguna vez había puesto un pie allí.
Elein dio unos pasos hacia adentro, el silencio del lugar envolviéndola. Esperaba sentir miedo. Esperaba sentir la angustia de estar atrapada en un contrato con un extraño.
Pero no fue así.
Una extraña sensación comenzó a crecer en su pecho. Un calor que no era pánico, sino alivio. Un alivio tan profundo que casi la hizo reír.
Miró a su alrededor. No había gritos de su madre quejándose por el dinero. No había el sonido metálico de la muleta de su padre arrastrándose por el suelo. No había las llamadas telefónicas amenazantes de los cobradores.
Estaba sola.
Por primera vez en sus dieciocho años de vida, estaba verdaderamente sola y en un lugar donde nadie le pedía nada. Nadie la miraba con culpa. Nadie la necesitaba para sobrevivir.
Se acercó al ventanal. La ciudad parecía tan pequeña desde allí arriba. Las calles donde había crecido, los problemas que la habían abrumado... todo parecía irrelevante.
Extendió la mano y tocó el cristal frío.
—Cinco años —susurró, y una sonrisa, una sonrisa real y genuina, se formó en sus labios—. Cinco años de paz.
No era una prisión.
Era un refugio. Su "esposo" era un fantasma, un nombre en un contrato que le había dado el regalo más preciado que jamás había imaginado: un espacio para ella misma.
Caminó hacia la cocina y abrió el refrigerador. Estaba lleno de comida fresca, botellas de agua y jugos de marcas que nunca había visto. Tomó una manzana, le dio un mordisco y saboreó la dulzura.
Se dirigió a una de las puertas del fondo y la abrió. Era un dormitorio principal, con una cama inmensa y un baño en suite que era más grande que su antigua habitación.
Había un vestidor lleno de ropa nueva, toda de su talla, pero sin etiquetas de marca. Todo era discreto, elegante, y sospechosamente perfecto.
Elein se sentó en el borde de la cama, probando la suavidad del colchón. Se recostó, mirando el techo blanco.
—Gracias, señor Presidente —dijo al aire, su sonrisa ensanchándose—. Quienquiera que sea, me ha dado la mejor vida que podría haber deseado.
No le importaba quién era él. No le importaba por qué había hecho este trato. Lo único que le importaba era que, por fin, era libre.