Jux:un contrato de 5 años

Capítulo 3

El primer despertar del departamento no tuvo nada que ver con los últimos dieciocho años de su vida. No hubo el sonido estridente de una alarma barata a las cinco de la mañana, ni el olor a humedad que se filtraba por las paredes de su antigua habitación, ni los gritos de su hermano mayor discutiendo con su madre por algún dinero perdido.

​Elein se quedó inmóvil bajo las sábanas de seda, que se sentían como una caricia fresca contra su piel.

El silencio era tan profundo que casi podía escuchar los latidos de su propio corazón. Miró el techo, una superficie blanca e impecable, y luego giró la cabeza hacia el ventanal.

La luz del sol inundaba la habitación, revelando que ya eran pasadas las diez de la mañana.

​—Esto es ridículo —murmuró para sí misma, con una sonrisa que no podía borrar de su rostro.

​Se levantó y caminó descalza hacia el baño. Sus pies se hundían en una alfombra tan mullida que parecía caminar sobre nubes.

Mientras abría el grifo de la ducha y veía cómo el agua salía con una presión perfecta y a la temperatura exacta que deseaba, no pudo evitar que un pensamiento cruzara su mente.

​Recordó todas esas novelas ligeras que solía leer en su celular roto durante sus descansos en la cafetería.

Historias de "El Tirano y la Esposa Cautiva" o "Atrapada en el Palacio del Duque". En esos libros, la protagonista siempre era una chica pobre y virtuosa que, tras ser obligada a casarse con un hombre rico y poderoso para salvar a su familia, pasaba los primeros capítulos llorando por las esquinas.

​—"¡Oh, no! ¡Me han encerrado en un palacio de mármol con comida de cinco estrellas y vestidos de diseñador! ¡Qué tragedia! ¡Extraño mi libertad y mi choza con goteras!" —se burló Elein, imitando una voz dramática mientras se enjabonaba con un gel que olía a rosas y miel.

​Se rió a carcajadas, el sonido rebotando en los azulejos de lujo.

Elein siempre había pensado que esas protagonistas eran unas ingratas.

Si un tirano te ofrece un palacio con vista a la ciudad, una cuenta bancaria llena y lo único que pide es que te quedes ahí y no hagas preguntas, no es un secuestro; es una jubilación anticipada.

​—Si yo fuera la autora de esos libros, el título sería: "Cómo convencí al millonario para que me dejara vivir en su casa y no apareciera nunca" —pensó, saliendo de la ducha y envolviéndose en una toalla que era más suave que toda la ropa que poseía junta.

​Un inventario de milagros

​Después de vestirse con un conjunto de lino color crema que encontró en el vestidor ropa que se sentía ligera como el aire, Elein dedicó a explorar su nuevo reino con detenimiento.

​La cocina era un sueño tecnológico.

Había una cafetera que parecía sacada de un laboratorio de la NASA. Con un par de toques en una pantalla táctil, la máquina molió granos frescos y le entregó un capuchino con una espuma perfecta.

Elein se sentó en la isla de granito, balanceando las piernas y bebiendo el café mientras miraba su reflejo en el horno de acero inoxidable.

​Paso uno: Salvar a la familia. Hecho.

Paso dos: No morir de hambre. Hecho.

​Sacó su teléfono y vio que tenía varios mensajes de su madre. Sus dedos dudaron un momento antes de abrirlos.

​Mamá: Elena, el abogado Martínez llamó. Las deudas de tu hermano están liquidadas. Tu padre tiene cita para la nueva prótesis el lunes. ¿Estás bien? ¿Cómo es el lugar? ¿Él... está ahí?

​Elein suspiró. Podía oler la mezcla de alivio y culpa a través de la pantalla. Respondió rápidamente:

​Elein: Estoy bien, mamá. El departamento es hermoso. El Presidente no está aquí, me dijeron que viaja mucho. No se preocupen por mí. Disfruta de la casa sin cobradores en la puerta.

​Bloqueó el teléfono antes de que pudiera llegar una respuesta que la hiciera sentir sentimental. No quería pensar en el sacrificio, porque para ella no se sentía como tal.

Se sentía como un ascenso.

​Caminó hacia la segunda habitación con su taza de café en la mano. Al abrir la puerta, descubrió que era una mezcla entre una oficina elegante y una pequeña biblioteca.

Los estantes estaban llenos de libros de economía, política y derecho, pero también había una sección de literatura clásica con encuadernaciones en cuero.

​Se sentó en el sillón de cuero frente al escritorio. Allí, encontró un sobre de color crema con su nombre escrito en una caligrafía perfecta.

​Dentro, no había una carta de amor, sino algo mucho mejor: una tarjeta de crédito negra y una nota breve.

"Para gastos personales y mantenimiento. No hay límite mensual, pero se agradece la discreción en las compras. Un asistente pasará dos veces por semana para traer suministros. No es necesario que esté presente si no lo desea."

​— La Administración.

​Elein dejó caer la tarjeta sobre la mesa, escuchando el "clic" sólido del plástico pesado.

​—Sin límite —susurró, sus ojos brillando—. Definitivamente, esas chicas de las novelas estaban locas.



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En el texto hay: secretos, gamers, matrimonioporcontrato

Editado: 19.03.2026

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