Jux Mwerme no era una estratega militar ni una rebelde con causa.
Era una chica de dieciocho años que había pasado la mayor parte de su adolescencia contando monedas para el bus y fingiendo que no tenía hambre para que sus padres pudieran comer un poco más.
Así que, cuando la realidad de su "confinamiento" se asentó, Jux no buscó grietas en las paredes ni intentó hackear el sistema de seguridad de la puerta principal.
Lo que hizo fue sentarse en el despacho, abrir la computadora de última generación y entrar en la tienda de componentes electrónicos más cara que pudo encontrar en la red.
—Si el mundo quiere que sea una prisionera, seré la prisionera con el mejor frame rate de la historia —murmuró Jux, mientras hacía clic en "Finalizar Compra"
Para un monitor curvo de 49 pulgadas, una silla ergonómica de cuero que costaba más que el coche de su antiguo vecino y una consola de edición limitada que estaba agotada en todas partes, excepto para los poseedores de una tarjeta negra sin límite.
Tres días después, el Sr. Han regresó. Esta vez no traía solo comida. Detrás de él, dos hombres cargaban cajas con logotipos de tecnología que harían llorar a cualquier entusiasta del gaming.
El Sr. Han observó cómo Jux despejaba el suelo donde estaba la alfombra en la sala de estar para colocar lo que parecía el centro de mando de una nave espacial.
Su expresión era de una confusión contenida.
—Señora Mwerme —comenzó Han, ajustándose los lentes—, la Administración ha notado sus recientes adquisiciones. ¿Debo entender que tiene la intención de... montar un negocio desde aquí?
Jux, que estaba desembalando un teclado mecánico que brillaba con luces en tonos neón, lo miró con una ceja levantada.
—¿Negocio? No, Sr. Han. Tengo la intención de no aburrirme hasta morir. ¿No dice el contrato que debo ser discreta y quedarme aquí? Bueno, no hay nada más discreto que una persona que no sale de su habitación porque está intentando derrotar a un dragón digital, un golden, atrapar manzanas y coleccionar flores.
Han guardó silencio por un momento, procesando la lógica impecable de la chica.
—El Presidente valora la privacidad. Supongo que mientras no haga streaming mostrando su rostro o la ubicación del departamento, no habrá inconvenientes.
—Dígale al Presidente que ni siquiera me he peinado hoy —respondió Jux, conectando los cables con una precisión sorprendente—. Mi rostro es el secreto mejor guardado de este edificio.
Cuando el personal se marchó y la puerta volvió a sellarse con ese contundente "clic" magnético, Jux se frotó las manos.
En menos de una hora, la sala de estar del departamento más caro de la ciudad se había transformado. La luz del sol que entraba por los ventanales ahora competía con el brillo azul y morado de su nueva computadora.
El refugio perfecto
Jux se puso los auriculares de cancelación de ruido y el mundo exterior desapareció por completo.
Se sumergió en un mundo abierto donde podía correr por campos verdes, escalar montañas y hablar con aldeanos. Era irónico: estaba atrapada en un departamento de lujo, usando un avatar para sentir que caminaba por el bosque.
Pero no le importaba.
—"¡Oh, Jux! ¿No te sientes sola?" —se dijo a sí misma, imitando la voz de una vecina chismosa de su antiguo barrio—. Pues no, doña Rose. Tengo internet de fibra óptica de un giga, una nevera llena de yogures que cuestan cinco dólares cada uno y nadie me está pidiendo que limpie el baño.
A media tarde, mientras estaba en medio de una misión intensa, una notificación apareció en la esquina de su pantalla. No era del juego. Era un mensaje del sistema del departamento.
"Consumo energético por encima del promedio en el sector A. ¿Desea activar el modo de enfriamiento adicional para el hardware?"
Jux parpadeó.
—Vaya, hasta la casa me cuida los componentes —rio, aceptando la sugerencia.
De repente, sintió una brisa fresca proveniente de los conductos de ventilación cercanos a su escritorio.
El nivel de detalle de este lugar era absurdo. Empezó a preguntarse si el "Presidente" era en realidad un dragón como Burz o algún tipo de ermitaño como ella. Pero la curiosidad no duró mucho; un jefe de nivel apareció en su pantalla y Jux volvió a concentrarse en sus habilidades de combate.
La paradoja de la libertad
A diferencia de las protagonistas de las novelas que Jux tanto criticaba, ella no sentía que estuviera perdiendo su juventud.
Al contrario, sentía que finalmente la estaba viviendo. En su "vida anterior", los dieciocho años significaban buscar un trabajo estable, preocuparse por las facturas y olvidarse de cualquier tipo de hobby que no fuera gratis.
Aquí, Jux era libre de no ser nada. No tenía que ser la hija perfecta, ni la hermana sacrificada, ni la empleada del mes. Era solo una jugadora de Burz.
Alrededor de las ocho de la noche, se detuvo para estirarse.