Jux:un contrato de 5 años

Capítulo 6-Presidente

Mientras Jux Mwerme gritaba improperios a un monitor de 49 pulgadas porque un orco de nivel 80 había decidido emboscarla, a kilómetros de distancia, en el verdadero centro neurálgico del poder de la ciudad, el aire era frío y silencioso.

​La oficina del Presidente no tenía ventanas. Era un búnker de lujo cimentado bajo tres metros de concreto reforzado.

Las paredes estaban cubiertas de pantallas táctiles que mostraban flujos constantes de datos: algoritmos bursátiles, rutas de transporte global, informes de inteligencia política y biometría de empleados de alto nivel.

​En el centro de esta sala, sentado en una silla que parecía flotar sobre el suelo magnético, estaba el hombre.

No vestía traje, sino una camisa de seda negra y pantalones oscuros. Su rostro, aunque joven, tenía líneas de tensión alrededor de los ojos que hablaban de una responsabilidad aplastante.

No se llamaba "Presidente" por un cargo político; era el presidente de todo: la corporación que controlaba la energía, la logística y la información de la región.

​Un panel en la puerta siseó y el Sr. Han entró. Su postura, habitualmente rígida, parecía un poco más relajada en presencia de su jefe real.

​—Informe de la Residencia 0-Gamma —dijo Han, entregando una tableta de titanio.

​El Presidente tomó la tableta sin levantar la vista de un gráfico que mostraba la fluctuación del precio del litio.

​—¿Ha habido algún intento de salida? —preguntó su voz era baja, aterciopelada, pero con un filo de autoridad implacable.

​—Ninguno, señor. Ni siquiera ha intentado acercarse a la puerta principal desde que le informé sobre el sistema de contraseña.

​—¿Alguna queja? ¿Lágrimas? ¿Llamadas histéricas a la familia?

​—No, señor. De hecho... —Han dudó un microsegundo—, parece estar bastante satisfecha con el acuerdo. Dejé los suministros de esta semana y ella solo tenía una preocupación.

​El Presidente finalmente levantó la vista. Sus ojos eran de un color gris tormenta, inexpresivos pero agudos.

​—¿Cuál?

​—La velocidad del Wi-Fi. Quería asegurarse de que el ping fuera bajo para sus juegos en línea.

​El Presidente enarcó una ceja.

​—¿Juegos en línea?

​Han asintió y deslizó un dedo por la tableta para mostrar el registro de compras. El Presidente leyó la lista de artículos cargados a la tarjeta negra sin límite.

​—Una consola de edición limitada... tres monitores curvos... una tarjeta gráfica que cuesta más que el salario anual de un profesor... una silla ergonómica con masaje lumbar... —El Presidente leyó la lista con una creciente sensación de incredulidad—. ¿Y qué es esto? ¿"Edición Coleccionista de la Espada del Augurio"?

​—Es una réplica de metal de un arma de un videojuego, señor. Pesa unos quince kilos y la tiene colgada sobre el sofá.

​El Presidente dejó caer la tableta sobre la mesa. Se frotó las sienes.

Esperaba una "esposa de papel" que pasara el tiempo comprando joyas, ropa de diseñador y quizás planeara una fuga melodramática. Estaba preparado para gestionar el drama. No estaba preparado para una gamer ermitaña.

​—Me reportaste que tenía dieciocho años cuando firmó el contrato —dijo él.

​—Acababa de cumplirlos, hace una semana o un poco más señor.

​—Y en lugar de querer salir y ver el mundo con la fortuna que le estamos dando a su familia, ¿decide encerrarse voluntariamente a jugar videojuegos?

​—Parece que sí, señor. Ha pedido que los suministros de comida se limiten a cosas que se puedan comer con una sola mano, para no soltar el control.

​El hombre soltó un suspiro que sonó a derrota y diversión al mismo tiempo.

​—Bueno, es discreta. Eso es lo que queríamos. Mientras no hable con la prensa y se mantenga dentro de esas cuatro paredes, puede comprar todas las espadas de utilería que quiera.

​—Hay un detalle más, señor —dijo Han, ajustándose los lentes con nerviosismo—. Ella... parece estar muy feliz. No solo resignada. Feliz. Cuando le dije que no podía salir sin permiso, me dio las gracias.

​El Presidente se quedó inmóvil. En su mundo, la felicidad era una debilidad, una moneda de cambio que él usaba para manipular a los demás.

Que alguien fuera feliz simplemente porque le daban comida y Wi-Fi era un concepto que no lograba procesar.

​—Activa la cámara de la sala de estar —ordenó.

​Han asintió y tocó una pantalla gigante en la pared. La imagen del departamento Jux Mwerme se materializó.

​La sala de estar, que debería haber sido un espacio minimalista y elegante, estaba ahora invadida por luces luminosas que parpadeaban en azul y rosa.

Cables de alimentación cruzaban el suelo de parqué como serpientes eléctricas. Sobre la mesa de mármol, había un envoltorio vacío de lo que parecía ser un snack muy grasiento.

​Y en el centro de todo, en su silla ergonómica, estaba Jux.

​Llevaba el pijama de seda verde esmeralda que había pedido en línea, pero la tela estaba arrugada. Su cabello estaba recogido en un moño desordenado sostenido por un lápiz. Tenía los auriculares puestos y su rostro estaba iluminado por el resplandor de los múltiples monitores.

​El Presidente se inclinó hacia adelante, observando su reflejo en la pantalla. Esperaba una belleza que pudiera ser pulida, una chica que pudiera presentar en una cena de gala si la situación lo requería absolutamente.

​La cámara hizo un zoom.

Jux estaba frunciendo el ceño, con los labios apretados en concentración. Tenía un poco de miga de galleta en la mejilla. En ese momento, soltó una carcajada triunfal, probablemente por haber derrotado a un enemigo, y se frotó la nariz con el dorso de la mano.

​El Presidente se recostó en su silla flotante, su expresión volviéndose fría y analítica una vez más. Miró la imagen de la chica que ahora llevaba su apellido, aunque fuera en secreto.

​—No es para nada bonita —sentenció, con una voz desprovista de emoción—. Es... promedio. Quizás menos.



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En el texto hay: secretos, gamers, matrimonioporcontrato

Editado: 19.03.2026

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