2018
—¿Vieron la cara de esa nerd? —comenté entre risas—. Fue demasiado gracioso.
Mis amigas soltaron carcajadas conmigo.
—Sí, Lucí, fue épico —dijo una de ellas mientras imitaba la expresión de la chica al ver cómo le cortaba el cabello.
Volvimos a reírnos como si nada.
—Bueno, chicas, debo volver a casa. Aunque, siendo sincera, desearía no hacerlo, no soporto a mis padres.
Todas estuvieron de acuerdo mientras nos despedíamos.
Llevaba puesta una falda roja ajustada y un crop top del mismo color. Mi cabello estaba recogido en una coleta alta y mis piernas cubiertas por medias veladas negras junto a unas botas altas. No había chica en la escuela que pudiera compararse conmigo. Tenía el cuerpo perfecto, gracias a las horas que pasaba haciendo ejercicio y cuidando cada cosa que comía porque la idea de subir de peso me aterraba.
Después de caminar casi media hora, llegué a la miserable casa donde vivía. Mis amigas jamás habían ido allí, me avergonzaba demasiado dejar que vieran cómo era realmente mi vida.
Fruncí el ceño al notar varios autos lujosos estacionados frente a la casa.
¿Quiénes eran?
Acomodé un poco mi falda antes de entrar, tal vez alguno de esos hombres podría sacarme de la pobreza algún día. Pero apenas crucé la puerta, el aire abandonó mis pulmones, mis padres estaban sentados en el sofá, temblando, mientras un hombre les apuntaba con un arma.
Era viejo. Repugnante. El miedo me paralizó.
Retrocedí lentamente con intención de huir, pero uno de los hombres me descubrió.
—Agárrenla.
Dos sujetos sujetaron mis brazos con fuerza, inmovilizándome al instante, sin poder evitarlo comencé a llorar.
El hombre mayor se acercó despacio, observándome como si fuera mercancía. Una sonrisa desagradable apareció en su rostro mientras acariciaba mi mejilla.
Sentí náuseas.
—¿Es virgen? —preguntó sin apartar la mirada de mí.
Mis padres asintieron con inseguridad.
—Respóndeme tú, preciosa.
Su voz me revolvió el estómago, reuní fuerzas y le escupí en la cara. El golpe llegó segundos después. Mi mejilla ardió.
—¡Maldita mocosa! —gruñó antes de sujetarme del rostro con fuerza—. Te hice una pregunta. Contesta si no quieres sufrir.
Las lágrimas nublaban mi vista.
—S-sí... lo soy...
El hombre sonrió satisfecho y finalmente me soltó.
—Me la llevo. Con esto, sus deudas quedan pagadas.
Abrí los ojos con horror, mis padres no podían permitirlo, nunca hemos tenido una buena relación pero después de todo soy su hija...
—¡Espere! —dijo mi madre de repente, una pequeña esperanza nació dentro de mí. Pero desapareció tan rápido como llegó.
—No puede llevársela así como así —murmuró mi padre—. Si es virgen... vale más. Debería dejarnos algo extra.
Sentí cómo mi mundo se rompía. Ellos no intentaban salvarme. Me estaban vendiendo.
El hombre soltó una carcajada y les lanzó pequeñas bolsas con polvo blanco, mis padres las atraparon desesperados. Luego hizo una señal con la cabeza, los hombres comenzaron a arrastrarme hacia afuera mientras yo luchaba inútilmente por liberarme.
Grité. Lloré. Supliqué, pero nadie hizo nada.
Me lanzaron dentro de uno de los autos y colocaron un pañuelo sobre mi nariz.
Lo último que recuerdo antes de perder el conocimiento fue la desagradable mirada de aquel hombre mayor por el espejo retrovisor del auto...