Karma

4:00 P.M.

2020

Me alejé del espejo y entré al baño.

El agua tibia cayó sobre mi cuerpo mientras me enjabonaba lentamente, intentando ignorar el ardor de los golpes recientes. Algunas heridas todavía estaban frescas y el simple roce de mis manos hacía que el dolor recorriera mi piel. Cuando terminé, salí envuelta en una toalla y me puse un camisón blanco que llegaba un poco más arriba de mis rodillas.

Volví a la cama. Miré el reloj.

3:30 P.M.

Faltaba poco para que llegaran. Cerré los ojos apenas unos segundos y, como siempre, los recuerdos comenzaron a perseguirme. Los rostros de las personas que me obligaron a matar aparecieron en mi mente una vez más, los escuchaba suplicarme, rogándome que no les hiciera daño.

Luego llegaron otros recuerdos. Los golpes. Los gritos. Las noches interminables cuando abusaban de mí. Abrí los ojos de golpe y llevé una mano a mi pecho, intentando respirar con normalidad. Sentía los ojos arder, pero ya no podía llorar. Era como si me hubiera quedado vacía por dentro.

Volví a mirar el reloj.

4:00 P.M.

Sonreí con tristeza. La puerta se abrió bruscamente.

Varios hombres entraron en la habitación riéndose entre ellos. Sus miradas hicieron que el miedo recorriera cada parte de mi cuerpo, aunque ya estuviera acostumbrada o tal vez nunca terminas de acostumbrarte al infierno.

Se acercaron y me sujetaron de los brazos antes de que pudiera moverme. Yo no luché. Ya no tenía fuerzas para hacerlo.

—Hoy te toca doble castigo, muñeca —dijo uno de ellos entre risas.

Cerré los ojos inmediatamente. No quería verlos. No quería escuchar sus voces. Solo deseaba desaparecer.

Los primeros golpes no tardaron en llegar, intenté permanecer en silencio mientras el dolor se extendía por todo mi cuerpo, contuve los pequeños sollozos que amenazaban con salir porque sabía que eso solo los divertiría más.

Uno.

Dos.

Tres.

Perdí la cuenta después de un momento. Todo se volvió confuso. El miedo, el dolor y los recuerdos comenzaron a mezclarse dentro de mi cabeza hasta que sentí que ya no podía soportarlo más.

Entonces ocurrió.

Un golpe más fuerte que los demás y oscuridad. Por un instante pensé que finalmente había muerto.

No había dolor.

No había voces.

No había demonios persiguiéndome.

Pero aquella paz duró poco.

Escuché murmullos lejanos y alguien diciendo que me había desmayado, otro mencionó que llamarían al doctor pero que primero "había que follarse a la ramera".

Quise volver a hundirme en la oscuridad.

Quise no despertar jamás.

Pero el destino parecía empeñado en mantenerme viva, rota y adolorida...



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En el texto hay: dolor, abuso sexual aborto pérdida

Editado: 12.05.2026

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