La Acompañante del Magante Griego

Prólogo

El aire en el ático de Atenas olía a polvo de siglos y a dinero nuevo. Desde la ventana panorámica, la Acrópolis, iluminada como un dios descuidado, parecía un trofeo más en la colección del hombre que estaba a punto de destrozar mi mundo con una oferta.

Ari Stavros no se movió de su sillón de cuero cuando entré. Solo alzó la vista, y sus ojos, del color de una tormenta sobre el Egeo, me recorrieron de arriba abajo con una lentitud calculada que hizo que la lana barata de mi vestido me picara como ortigas.

—Señorita Valdez. Puntual. Me sorprende.

—Cuando uno pide una audiencia a las diez de la noche, suele ser urgente, señor Stavros. No iba a arriesgarme a llegar tarde.

—«Audiencia». Qué palabra tan servil para lo que es. Siéntese.

No era una invitación. Era una orden amortiguada por el acento griego, áspero y educado a la vez. Me senté en el borde de la silla frente a su escritorio, un bloque de mármol que parecía tallado de una sola montaña. Llevaba en el bolso, como un talismán de desesperación, la factura final del hospital. La cifra bailaba detrás de mis párpados cada vez que parpadeaba.

—Su dossier es… peculiar —comenzó, pasando una hoja que no tenía. Jugaba conmigo, como un gato—. Diseñadora de interiores, con un pequeño estudio que, según mis analistas, se hundirá en noventa días. Una madre viuda con una hipoteca impagable. Y un hermano… ¿en tratamiento de diálisis?

Cada palabra era un latigazo. Yo había venido a suplicar por un préstamo, por un trabajo, por cualquier cosa después de que mi proyecto para uno de sus hoteles fuera rechazado sin explicación. Pero él no hablaba de negocios. Hablaba de mi ruina.

—¿Investigar la vida de sus aspirantes a proveedores es costumbre suya? —logré decir, manteniendo la voz firme.

—Solo cuando algo me intriga—dejó el dossier invisible a un lado y me clavó la mirada—. Su propuesta para el Cristal Blue era ingeniosa. Fresca. Demasiado fresca para mis socios. Pero a mí… a mí me hizo detenerme.

Un hilo de esperanza, delgado como la seda, se tensó en mi pecho.

—¿Entonces… reconsideraría…?

—No.

La cortó de un tajo.

—No voy a darle el contrato, Dafne. —Mi nombre en su boca sonó a posesión, no a cortesía—. Voy a ofrecerle algo más.

Se inclinó hacia adelante, los codos sobre el mármol. La luz de la lámpara de pie tallaba sus pómulos, su mandíbula fuerte, la cicatriz casi imperceptible que le rozaba el labio. No había rastro de compasión en él. Solo una curiosidad fría, casi científica.

—Tengo un problema —continuó—. Me presionan para que me case. Es una distracción en los negocios, un fastidio social. Necesito una compañera que silencie esos rumores, que actúe como mi pareja en ciertos eventos durante un tiempo limitado. Alguien que no espere… sentimentalismos. Alguien inteligente, presentable, y con motivaciones claras que yo pueda comprender y controlar.

El hilo de esperanza se enredó, formando un nudo de horror en mi estómago. Empezaba a entender.

—Usted no busca una secretaria ni una asistente social —dije, y mi voz fue un susurro ronco.

—No —confirmó, sin un ápice de vergüenza—. Busco una acompañante. A tiempo completo, por un plazo definido. Seis semanas.

El aire se espesó. Seis semanas. Cuarenta y dos días. Mil ocho horas.

—Usted está…

—Loco—terminó él por mí, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Quizás. Pero también soy práctico. Y usted, querida Dafne, es una inversión práctica. Usted no me mirará con la avaricia de las socialités de este país. No conspirará para quedarse con mis bienes. Hará el trabajo, cobrará, y se irá. Porque necesita el dinero. Desesperadamente.

De un cajón, sacó un cheque. Ya estaba firmado. Con un movimiento de sus dedos largos, lo deslizó por el mármol hasta que quedó al borde, frente a mí. La cantidad hizo que la respiración se me detuviera. Era el doble de lo que necesitaba. El triple. Era la salvación absoluta.

—Es el anticipo —dijo, como si hablara de pagar una cena—. La otra mitad, al término del contrato. Las reglas son simples: discreción absoluta. Usted estará donde yo diga, cuando yo diga. Actuará como si estuviera fascinada por mí en público. En privado, no le pediré ficciones. Solo obediencia.

La palabra "obediencia" resonó en la habitación silenciosa. Sentí un fogonazo de ira, de humillación pura. Me levanté, temblorosa.

—Usted no puede comprar a la gente, Stavros.

—Claro que sí—replicó él, imperturbable, levantándose también. Su estatura era abrumadora—. Se compra tiempo, talento, lealtad. Todo es transacción. Lo que le ofrezco es solo más… explícito. Y más lucrativo.

Se acercó, rodeando el escritorio. Su aroma, a tierra seca, a mar y a algo oscuro y caro, me envolvió.

—Mírelo de este modo —su voz bajó, se hizo íntima y letal a la vez—. ¿Cuántas horas de su vida, cuántos años de trabajo mediocre, cuánta angustia vale esa cifra? Yo le ofrezco seis semanas. Seis semanas de mi tiempo, de mi… atención, a cambio de la libertad de su familia. De la vida de su hermano. Es matemática pura, Dafne. ¿Qué vale más?




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