La Acompañante del Magnate Griego

Capítulo 1

El yate Kýklos no flotaba sobre el agua, la dominaba. Era una bestia de fibra de carbono y cristal blindado, anclada en la rada privada de una isla cuyo nombre ni siquiera me habían dicho. Un helicóptero negro, pilotado por un hombre mudo, me había depositado en su cubierta. Mi equipaje una maleta con las seis semanas de mi nueva vida parecía una reliquia patética junto al lujo obsceno que me rodeaba.

No hubo bienvenida. Un mayordomo de expresión impasible, llamado Linos, me condujo a través de salones que parecían sacados de un museo moderno, hasta un camarote que no era un camarote. Era una suite que duplicaba el tamaño de mi piso en Atenas. Todo era blanco, beige y azul cobalto. El mar, enfrente, era una postal perfecta y amenazante.

—El señor Stavros le espera en el salón principal para la cena a las nueve —anunció Linos, con un tono que no admitía réplica—. El guardarropa a su disposición se encuentra en el vestidor.

El «guardarropa» era una habitación entera llena de prendas de diseñador, todas con la talla correcta. Tocarlas me hizo sentir sucia. Me vestí con lo más sencillo que encontré: un vestido negro de seda, sencillo, que se ceñía a mis curvas sin pretenderlo. No era un uniforme de amante, era una armadura. Mi reflejo en el espejo panorámico me devolvió la imagen de una extraña: los ojos demasiado brillantes, la boca apretada en una línea de determinación frágil.

A las nueve en punto, entré en el salón principal. Ari estaba de pie junto a las ventanas, de espaldas, con una copa de whisky en la mano, contemplando el oscurecer del Egeo. Llevaba un traje oscuro informal, la chaqueta abandonada sobre un sofá, las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los antebrazos. La elegancia le era tan natural como la arrogancia.

Se volvió. Su mirada, esa misma evaluación meticulosa y desprovista de calor, me recorrió de nuevo. Esta vez, sin embargo, se detuvo un segundo de más en el escote, en la cintura que el vestido marcaba.

—El negro le conviene —fue su saludo—. Resalta… su determinación. O su duelo. ¿Por cuál de las dos viste?

—Por comodidad —mentí, manteniendo la voz neutral—. ¿Es parte del contrato analizar mi vestuario?

Una esquina de su boca se torció levemente. No era una sonrisa.

—Todo lo que usted haga, diga o vista durante estas seis semanas es, por definición, asunto de mi interés. Siéntese.

Indicó una mesa baja donde había ensaladas, pescado a la plancha, fruta. Nada excesivo. Todo exquisito. Me senté en el extremo opuesto al sillón que él ocupó. La distancia entre nosotros era un océano.

—Las reglas de engagement —comenzó, sin tocar la comida—. Mañana zarpamos hacia Mykonos. Asistiremos a una inauguración. Usted se mantendrá a mi lado. Sonreirá cuando yo sonría. Tocará mi brazo de vez en cuando, con naturalidad. Mirará a los demás como si le importaran un bledo, y a mí como si fuera lo único en la habitación. ¿Le parece asumible?

—Suena como dirigir una obra de teatro.

—Exactamente. Y yo soy el dramaturgo, el director y el protagonista. Usted es la actriz principal. Una actriz bien pagada.

Tomé un sorbo de agua. Estaba fría, con un toque de limón.

—¿Y fuera del escenario? ¿Cuál es mi guión?

Él cogió un trozo de pan, lo partió con los dedos. El gesto era sorprendentemente mundano para un dios cruel.

—Fuera del escenario, existirá. Estará disponible. No le pediré que hable si no tiene nada que decir, pero tampoco toleraré rabietas silenciosas o lágrimas de orgullo herido. Este barco es grande, pero no lo suficiente para el melodrama.

—No pienso llorar, señor Stavros.

—Ari—corrigió—. En público y en privado, me llamarás Ari. «Señor Stavros» queda para los empleados y los enemigos. Y en cuanto a llorar… —dejó el pan, me miró fijamente—. Todos piensan que no lo harán. Hasta que lo hacen. La presión, la alienación, la… intimidad forzada. Es un cóctel difícil.

Su franqueza era desarmante, porque no pretendía consolar, solo constatar un hecho. Como un médico describiendo los efectos secundarios de un veneno.

—He vendido mi tiempo, no mi estabilidad emocional. Me mantendré estable.

—Lo dudo—dijo, con esa seguridad que hacía que todo en mí se rebelara—. Pero no importa. Mientras cumpla en público, sus crisis privadas son suyas. Ahora, hablemos de lo que yo espero a puerta cerrada.

El aire se electrizó. Bajé la copa, preparándome para lo peor.

—No compartiré su cama todas las noches —declaró, y mi sorpresa debió de ser evidente, porque un destello de algo —¿era diversión?— cruzó sus ojos—. Esto no es un harén, Dafne. Soy un hombre ocupado. Cuando requiera de su compañía, se lo haré saber. Y cuando lo haga, espero que esté aquí, en este salón, a las nueve, para cenar y conversar.

—¿Conversar? —repetí, atónita.

—¿Le parece tan increíble?—preguntó, inclinándose hacia adelante—. Compré seis semanas de su persona, no solo de su cuerpo. Su mente me intrigó primero. Esa propuesta de diseño… era salvaje, desorganizada, pero tenía un destello de verdad que ninguna de las otras tenía. Quiero entender ese destello. Quiero saber qué hace a una mujer vender su libertad para salvar a otros. Es una ecuación que no me cuadra.




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