La luz de la mañana en el Egeo no amanece, irrumpe. Un torrente de oro líquido inundó mi suite, implacable, revelando cada detalle del lujo que era mi prisión. El dosier que Linos había dejado en la mesilla de noche pesaba como un ladrillo. Contenía fotografías, nombres, alianzas, rencillas. Era el mapa de un campo de minas social. Me lo aprendí como si mi vida dependiera de ello. En cierta manera, así era.
A las ocho en punto, entré en el salón comedor. Ari ya estaba allí, de pie frente a una pantalla táctil con gráficos bursátiles en movimiento, hablando en griego por el teléfono. Su voz era un ronroneo autoritario. Me observó llegar sin pausar su conversación, sus ojos recorriendo mi atuendo simple: pantalón de lino blanco y una blusa de seda azul, una de las menos ofensivas del "guardarropa". Asintió, una vez, un gesto de aprobación que me hizo hervir la sangre. ¿Quién era él para aprobar mi aspecto?
Colgó y se acercó a la mesa donde esperaba un desayuno espartano: fruta, yogur espeso, café fuerte.
—¿Estudió? —preguntó, sin preámbulos.
—Konstantinos Metaxas, dueño de la cadena de joyerías. Odia a su yerno, que es el arquitecto del proyecto que inauguramos. Su esposa, Calista, colecciona amantes jóvenes y escándalos. El alcalde es un títere suyo. La prensa clave es «El Ojo del Egeo», su jefe de sociedad, Dimitris, es un hombre susceptible a los sobornos y al whisky escocés de veinticinco años.
Dejé de hablar. Ari no había tocado su comida. Me observaba con una expresión que no lograba descifrar.
—Impressionante—dijo al fin—. Una memoria fotográfica. Un activo útil. ¿Y qué deduce de todo ese entramado?
La pregunta me tomó por sorpresa.
—Que son una panda de hienas aduladoras.
Una risa breve, seca, le escapó. Era un soncho áspero, inesperadamente humano.
—Cierto. Pero hienas con poder. Hoy, usted será mi escudo contra ellas. Sonríe, asiente, pero no ofrezcas opiniones. Si te preguntan por el diseño del hotel, di que admiras la visión audaz y te remites a mi opinión. ¿Entendido?
—¿Visión audaz? Es una monstruosidad de cristal que desentona con el paisaje.
Él se inclinó hacia adelante,y por primera vez, vi una chispa de algo que no era cálculo en sus ojos.
—Precisamente por eso lo construí. Para que todos lo vieran y supieran que podía permitírmelo. A veces, el poder no se ejerce con sutileza, Dafne. Se ejerce con un puño de cristal en la cara del horizonte. Ahora vístete. Algo que brille, pero no demasiado. No eres la joya, eres el estuche.
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El hotel «Fénix Rising» era exactamente eso: un puño de cristal. Helicópteros y yates más pequeños abarrotaban los accesos. Una alfombra roja descendía hasta el agua. El aire olía a perfume caro, sal y expectación.
Ari salió del yate primero. Llevaba un traje gris perla hecho a medida que parecía fundirse con su piel. Luego, me ofreció la mano. No era una cortesía. Era una orden disfrazada. Al colocar mis dedos sobre los suyos, un shock eléctrico, repentino e intenso, me recorrió el brazo. Él no dio muestra de haberlo sentido, pero sus dedos se cerraron con más fuerza alrededor de los míos.
—Recuerda —murmuró, sonriendo para las primeras cámaras que empezaban a crepitar como langostas—, fascinación.
Y entonces, cambió. La frialdad analítica del barco se derritió. Su postura se relajó, su sonrisa se volvió cálida, alcanzando incluso sus ojos. Me miró como si yo fuera el secreto mejor guardado del mundo, y le acercó a su costado, su mano en la pequeña de mi espalda. Una posesión pública, indulgente.
—Ari, viejo amigo! —rugió Metaxas, un hombre con el color de un langostino y una sonrisa de cocodrilo—. ¡Y esta debe ser la misteriosa Dafne! El zorro guarda las mejores uvas para sí, ¿eh?
—Konstantinos—la voz de Ari era cordial, pero la presión de su mano en mi espalda era una advertencia—. Dafne es, en efecto, un tesoro. Con una sensibilidad artística exquisita. ¿No es así, agápi mou?
La palabra griega "mi amor" cayó de sus labios con una naturalidad devastadora. Me tocó girar hacia él, y al hacerlo, nuestro rostros quedaron a centímetros de distancia. Su aliento, a café y menta, me rozó la piel. En sus ojos, tras la máscara de devoción, el análisis seguía ahí, observando mi reacción.
—Tu… visión es lo más admirable —logré decir, dirigiendo mi sonrisa a él, como si nadie más existiera.
Metaxas soltó una risotada.La prensa disparaba sin pausa.
Así transcurrió la tarde. Un torbellino de caras, nombres, risas huecas. Ari era un maestro. Un susurro en mi oído para indicarme el nombre del siguiente parásito, una mano que acariciaba mi hombro para calmarme cuando veía titubear, una sonrisa privada que nos robábamos en medio de la multitud y que, para mi horror, empezaba a no sentirse del todo fingida. Era un juego peligrosísimo, y él jugaba en mil niveles a la vez.
El momento crítico llegó con Calista Metaxas. Alta, delgada como un cuchillo, con ojos que valuaban el precio de todo lo que miraban.
—Querida Dafne —dijo, su voz un hilillo de miel envenenada—. ¡Qué… refrescante es verte! Ari siempre tiene un gusto tan… peculiar. Cuéntame, ¿en qué galería te descubrió?