El retorno a la multitud fue como sumergirse en un océano de voces y miradas. La mano de Ari, ahora firme y familiar alrededor de la mía, era el único ancla en un mar de cortesía calculada. Cada apretón de dedos, cada guiño imperceptible, era una orden, una corrección, un elogio tácito. Había pasado la prueba de Calista, pero el escrutinio, lejos de disminuir, se intensificaba. Ahora era la misteriosa Dafne, la intelectual, la romántica que había capturado la atención del escurridizo Ari Stavros. Un objeto de fascinación y, sin duda, de envidia.
La recepción fluyó hacia la cena de gala, celebrada en la sala de banquetes principal del «Fénix Rising». Una cúpula de cristal ofrecía una vista panorámica del Egeo bañado por el crepúsculo, ahora teñido de púrpura y naranja. Las mesas eran lagos de lino blanco y cristal tallado, coronados por centros de mesa con orquídeas blancas y velas flotantes. El aire vibraba con el murmullo de cien conversaciones y el susurro sedoso de vestidos que costaban más que la pensión de mi abuela.
Ari me asignó a su derecha, en la cabecera de la mesa principal. A mi izquierda, un ministro del gobierno con aliento a ouzo y ojos que merodeaban por el escote de una camarera. Frente a mí, la esposa del ministro, una mujer con joyas de diamantes que parecían grilletes, hablaba con vehemencia sobre los peligros de la inmigración ilegal para el turismo de calidad.
Ari, a mi derecha, estaba inmerso en una conversación aparentemente relajada con un banquero suizo. Pero su atención era un radar. Cuando el ministro se inclinó demasiado cerca, preguntándome con un hilo de voz si la «vida en el yate no sería aburrida para una chica joven», la mano de Ari abandonó su copa de vino y descendió a reposar sobre mi muslo, un peso cálido y posesivo a través de la fina seda de mi vestido.
—El aburrimiento es un lujo que mi Dafne no tolera —intervino Ari, sin siquiera volver la cabeza, su voz cortando el aire como el filo de un cuchillo. Su mirada seguía puesta en el banquero, pero cada palabra era para el ministro—. Entre sus traducciones de Safo y sus intentos de reformar mi gusto por el arte moderno, me mantiene más que ocupado.
El ministro palideció ligeramente y se retiró como un caracol tocado con sal. La presión de la mano de Ari en mi muslo se alivió, transformándose en una caricia casi imperceptible antes de retirarse. Un escalofrío, que no era de desagrado, me recorrió la espalda.
—Gracias —murmuré, tomando un sorbo de agua.
—No era por ti —respondió en un susurro, inclinándose como para oler mi perfume, un gesto íntimo para los observadores—. Era por mi propiedad. Nadie manosea lo mío.
La declaración debería haberme enfurecido. En cambio, solo confirmó las reglas del juego. Y, extrañamente, en ese entorno hostil, su fría protección era un baluarte.
La cena fue un interminable desfile de platos exquisitos que apenas probé. Cada bocado sabía a ceniza y estrategia. Pero seguí el guión. Sonreí. Asentí. Cuando el arquitecto del hotel, el yerno despreciado de Metaxas, se acercó con ojos llenos de resentimiento y alcohol, y preguntó burlonamente qué pensaba realmente de la «intervención en el paisaje», seguí las instrucciones al pie de la letra.
—La audacia visionaria a veces requiere romper moldes —dije, con una sonrisa serena—. Como la poesía de Cavafis, que rompe con la métrica tradicional para encontrar una belleza más profunda. Ari comprendió que aquí el molde era el horizonte mismo.
La referencia literaria, extraída de mi propia esencia, fue un éxito. El arquitecto, desarmado, murmuró algo ininteligible y se retiró. Ari, a mi lado, permaneció en silencio, pero sentí su aprobación como una onda de calor.
Cuando los postres fueron retirados y comenzó la música, el alcalde, ya borracho y sentimental, se levantó para brindar.
—¡Por Ari Stavros! —tronó, levantando una copa de brandy—. Un visionario que ha puesto nuestra isla en el mapa del mundo. ¡Y por la bella Dafne, que ha logrado domesticar a nuestro león más feroz!
Risas cómplices recorrieron la sala. Ari se levantó, su sonrisa pública perfectamente calibrada: agradecido, humilde, poderoso.
—Gracias, kyrie Alcalde. Pero me temo que está equivocado en un punto —dijo, y su voz, proyectada, llenó la sala. Todos callaron—. Nadie domesticó a ningún león. Más bien, conocí a una leona. Y un león, cuando encuentra a su igual, no la domestica. La reconoce.
Su mirada se posó en mí, llena de una intensidad que hizo que el aire se me atorara en la garganta. No era la mirada del hombre frío del yate, ni siquiera la del actor devoto de la alfombra roja. Era algo nuevo, crudo, desafiante. El aplauso estalló, ensordecedor. Él extendió su mano hacia mí, no una orden esta vez, sino una invitación, un desafío público.
—¿Bailas, leónissa mou?
El uso de «mi leona» en griego, tan bestial y posesivo como «agápi mou» pero infinitamente más peligroso, resonó en mis huesos. Puse mi mano en la suya. La electricidad regresó, pero ahora era un circuito cerrado, un flujo constante que me sacudía por dentro.
La orquesta comenzó a tocar un zeibekiko, una danza tradicional masculina, lenta y poderosa, de resistencia y orgullo. No era una danza para parejas. Pero Ari no se inmutó. Me guió al centro de la pista, que se despejó como por arte de magia. Todos los ojos estaban clavados en nosotros.