Cuando la música alcanzó su clímax y terminó con un acorde resonante, Ari me detuvo, mi espalda contra su pecho, ambos respirando con dificultad. El aplauso fue explosivo, un estallido de admiración genuina y asombro. Él inclinó la cabeza, un gesto de reconocimiento, pero sus ojos seguían clavados en el perfil de mi rostro.
—Vámonos —dijo, su voz ronca—. Ahora.
No como una orden, sino como una necesidad compartida.
Salimos de la sala entre aplausos y murmullos, su mano en la mía como una garra. Atravesamos pasillos desiertos, dejando atrás el ruido. No volvimos al yate. En cambio, me guio a un ascensor privado que ascendió a lo más alto del hotel, a la suite penthouse que era su guarida personal en la construcción.
Las puertas se abrieron a un espacio vasto y minimalista, todo hormigón visto, acero y ese cristal omnipresente. Una pared entera era una ventana al mar y al cielo estrellado. El silencio aquí era absoluto, roto solo por el leve zumbido del aire acondicionado y nuestro respiración aún agitada.
Él soltó mi mano y se acercó a la ventana, su espalda hacia mí, sus hombros tensos bajo la impecable chaqueta.
—¿Qué fue eso, Ari? —pregunté, mi voz temblorosa en la inmensidad silenciosa de la habitación.
—Una demostración —respondió, sin darse la vuelta.
—¿Una demostración de qué? ¿De que puedes manipular hasta una danza?
Finalmente se volvió. Su rostro estaba a la sombra, iluminado solo por la luz de las estrellas.
—Una demostración de que hay líneas que, una vez cruzadas, no se pueden borrar. Hoy… has dejado de ser un estuche. Incluso has dejado de ser un activo estratégico. Te has convertido en una variable. En una complicación.
—¿Y eso es malo? —desafié, acercándome un paso.
—Es peligroso —afirmó, y su voz era grave—. Para ambos. Yo no construyo mi vida sobre complicaciones. Las controlo, las elimino o las adquiero.
—¿Y en qué categoría me pones?
Él cerró la distancia restante. Ahora podía ver sus ojos, llenos de una tormenta interna.
—Esa es la pregunta, ¿no? —su mano se elevó, pero esta vez no tocó mi pelo en un gesto fingido. Sus dedos rozaron mi mejilla, un contacto tan ligero y devastador como la descarga que siempre nos seguía—. Porque cuando Metaxas te mira, ve un trofeo. Cuando la prensa te mira, ve un misterio. Cuando Calista te mira, ve una rival. —Su pulgar trazó el arco de mi labio inferior—. Pero cuando yo te miro, Dafne, veo el único espejo que no me miente. Veo a alguien que aprendió las reglas de mi juego en una noche y que esta tarde jugó mejor que jugadores de toda una vida. Veo a alguien que mintió sobre Cnosos con la elegancia de un poeta y bailó el zeibekiko con el fuego de una espartana. ¿Cómo se clasifica eso? ¿Cómo se controla?
Su confesión, tan cruda y analítica, y sin embargo cargada de una pasión feroz, me dejó sin aliento.
—Tal vez no se clasifica —susurré—. Tal vez simplemente… es.
Un gruñido áspero escapó de su garganta.
—«Simplemente es». Las palabras más peligrosas del mundo. —Su cabeza se inclinó—. El dosier no decía que fueras tan… perturbadora.
—El dosier —respondí, desafiante, alzándome sobre las puntas de los pies para reducir la distancia entre nuestros rostros— no decía nada sobre ti. Solo cifras y posesiones. Nada sobre el hombre que necesita un puño de cristal para demostrar algo al horizonte. Nada sobre por qué el único momento en que parece estar vivo es cuando está desafiando a alguien, o a algo. Incluso si ese algo es él mismo.
Él se quedó inmóvil. Yo había ido demasiado lejos. Había traspasado la barrera no escrita entre el actor y el patrón, entre la mercancía y el propietario.
Durante un instante eterno, pensé que me despediría. Que la complicación sería eliminada.
En cambio, una sonrisa lenta, totalmente genuina y completamente desprovista de humor, se extendió por sus labios.
—Tenías razón antes —dijo, su voz apenas un susurro—. No es crueldad. Es supervivencia. Y parece que ambos somos excelentes supervivientes. Tal vez demasiado buenos.
Su mirada bajó a mis labios. La atracción, siempre presente como una corriente subterránea, irrumpió en la superficie con la fuerza de un tsunami. Ya no era solo eléctrica. Era física, abrumadora.
—Esta grieta —murmuró, su boca a un suspiro de la mía—. La que empezó a formarse hoy. ¿Es parte de la mentira, Dafne? ¿O es la verdad tratando de escapar?
No tuve que fingir la respuesta. No pude.
—No lo sé —confesé, y era la verdad más pura que había pronunciado en veinticuatro horas.
Esa incertidumbre, esa admisión de vulnerabilidad, fue lo que lo quebró. Con un sonido que era mitad resignación, mitad triunfo, cerró el espacio entre nosotros.
Su beso no fue una exploración suave. Fue una afirmación, una conquista y una rendición simultáneas. Sabía a café fuerte, a vino tinto y a esa esencia indomable que era puramente él. Su brazo rodeó mi cintura, apretándome contra él, eliminando cualquier espacio, cualquier duda. Yo respondí con igual intensidad, mis dedos enredándose en su pelo, olvidando el dosier, olvidando el contrato, olvidando todo excepto el sabor de su boca y el sonido de mi nombre, «Dafne», susurrado como una maldición y una plegaria contra mi piel.