La Acompañante del Magnate Griego

Capítulo 5

El alba encontró la suite bañada en un frío resplandor azulado. Ari, aún dormido, tenía el brazo arrojado sobre mi cintura con una posesividad que ni siquiera el sueño relajaba. En la luz pálida, las líneas de su rostro parecían menos talladas en granito, más vulnerables. Observé el tatuaje casi borrado en su antebrazo, un remanente fantasma de una vida anterior que nunca mencionaba. El silencio era absoluto, un manto espeso tras la tormenta de palabras y tacto de la noche.

Me deslicé de la cama sin despertarlo. El vestido, un susurro de seda arrugada, yacía en el suelo junto a su impecable traje. Una metáfora demasiado evidente. Me envolví en una sábana y me acerqué a la ventana colosal. Abajo, el mar Egeo se extendía, implacable y antiguo, indiferente a nuestros pequeños dramas humanos, a nuestras complicaciones y contratos. Por primera vez en años, no me vi reflejada en el cristal como un fantasma. Vi a una mujer con los labios hinchados por besos que no estaban en el guión y el cabello revuelto por manos que ya no fingían.

—¿Huyendo otra vez?

Su voz, ronca por el sueño, me erizó la piel. No me había movido, pero él siempre sabía.

—Observando —corregí, sin volverme—. Es más difícil escapar desde el piso cuarenta.

Oí el susurro de las sábanas y sus pasos silenciosos sobre el hormigón pulido. Se detuvo a mi espalda, su calor un contraste con el frío que emanaba del cristal. Sus manos se posaron en mis hombros, y a pesar de la intimidad de la noche, el contacto fue una descarga, una reconfirmación de que lo eléctrico entre nosotros no era metáfora.

—No hay escape de esto, Dafne. Lo sabes, ¿verdad? —Su voz era baja, pero no suave. Era una declaración tallada en acero.

—¿De esto? ¿De la complicación? —pregunté, dejando que mi cabeza se inclinara hacia atrás, rozando su pecho.

—De la verdad. La que empezamos a escribir anoche. Sin ficciones. —Una de sus manos se deslizó desde mi hombro hasta mi cuello, su pulgar trazando la línea de mi arteria, donde el pulso acelerado debía traicionarme—. Te compré para un papel. Pero anoche no estabas interpretando. Y yo… yo no estaba observando una actuación.

Era una afirmación, no una pregunta. Un cazador reconociendo a otro depredador en la oscuridad.

—¿Y qué hacemos con esa verdad, Ari? —Finalmente me giré para enfrentarlo. Su rostro estaba serio, los ojos escudriñándome con una intensidad que hacía que el aire se volviera escaso—. Porque tu mundo está construido sobre ficciones. Sobre transacciones. ¿Dónde encaja la verdad en eso?

Una sombra, profunda y antigua, cruzó su mirada. Se apartó, yendo hacia la cocina integrada de acero cepillado. Sacó dos tazas, preparó café griego en el "briki" con movimientos precisos, automáticos. El ritual le daba tiempo. A ambos.

—Mi mundo —dijo mientras la espuma subía— está construido sobre el control. Control sobre industrias, sobre personas, sobre percepciones. La verdad es el elemento más volátil, el más difícil de contener. Por eso normalmente la evito, o la poseo de forma que me sirva.

—Como haces con todo.

—Como he tenido que hacer para sobrevivir. —Me tendió una taza. Nuestros dedos se rozaron, y otra chispa, pequeña pero incontestable, cruzó entre nosotros. Bebió un sorbo, sin apartar la vista de mí—. Anoche fue una pérdida de control. La primera en mucho, mucho tiempo.

—¿Y te arrepientes?

La pregunta flotó en el aire helado de la suite. Él miró por la ventana, hacia el horizonte donde el mar se fundía con el cielo.

—El arrepentimiento es un lujo que no me permito. Es una energía inútil. Lo hecho, hecho está. —Volvió su mirada hacia mí, y ahora había una frialdad calculadora en ella, la del estratega reemergiendo—. Ahora debemos lidiar con las consecuencias. Metaxas no es un tonto. Calista menos. Lo que pasó en la pista de baile… no fue solo un baile. Fue una declaración. Y anoche, al sacarte de allí, la firmé.

—¿Y cuál es la declaración, exactamente? —Avancé, la sábada arrastrando tras de mí como una estela—. ¿Que la mercancía ya no está a la venta?

Un destello de algo peligroso brilló en sus ojos. No de ira, sino de posesión feroz.

—Que nunca lo estuvo de la manera que ellos creen. Pero ahora… ahora es personal. Para ellos y para mí. —Dejó la taza con un clic seco—. Tienes razón. El dosier no dice nada sobre mí. Te diré algo que tampoco dice. Konstantinos Metaxas no quería solo una anfitriona decorativa para su evento. Quería un gancho. Algo para distraerme, para sonsacarme, o para encontrar una palanca. Alguien bella, inteligente y lo suficientemente desesperada como para ser manipulable. —Una sonrisa torcida y sin humor le curvó los labios—. Lo irónico es que consiguió exactamente lo que quería. Solo que no de la manera que esperaba.

Sus palabras resonaron en el silencio. Yo había sido una carnada, lo sabía desde el principio. Pero oírlo de su boca, tan crudo, hizo que un escalofrío me recorriera la espalda.

—¿Y cuál es la palanca ahora, Ari? —Mi voz sonó más fría de lo que pretendía—. ¿Yo? ¿Esta… complicación?

Él cerró la distancia de un paso. Con su mano libre, me tomó la barbilla, obligándome a mantener su mirada.

—Tú eres la grieta en mi armadura, Dafne. La única que se ha abierto en años. Y en mi mundo, una grieta es un punto de falla. Puede derrumbarlo todo. Metaxas lo verá. Calista, que conoce cada una de mis fortalezas y debilidades, definitivamente lo verá.




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