El almacén del Pireo no era un lugar, era un latido suspendido en el tiempo. Olía a salitre, a madera vieja y a un silencio tan denso que ahogaba hasta el eco de nuestros pasos. La luz entraba a través de unas claraboyas altas y sucias, cortando columnas de polvo danzante que iluminaban montañas de objetos cubiertos con lonas. No había etiquetas, ni inventarios, ni el aura gélida de una bóveda de banco. Solo el residuo tangible de una vida que, fuera de estos muros, solo existía como cifras en una pantalla.
Ari se detuvo frente a una pila, arrancó la lona con un gesto brusco. Debajo había una motocicleta antigua, una BMW R32 de los años 20, oxidada e incompleta, pero con una belleza esquelética y feroz.
—Mi abuelo la desarmó —dijo, pasando los dedos por el tanque abollado—. Era mecánico en el puerto. Decía que la arreglaría cuando Grecia saliera de la ocupación. Murió antes. Mi padre la vendió por una bolsa de harina durante la dictadura. La recuperé hace quince años. No sé nada de motores.
Su confesión era tan desnuda como la máquina. No había orgullo en ella, solo un hecho crudo. Me mostró otras cosas: una colección de brújulas náuticas oxidadas, un manuscrito iluminado del siglo XV con una página arrancada (“Lo compré por esa página, la que falta. Es un mapa de un lugar que no existe”), una caja de música suiza que, al abrirla, tocaba una melodía desafinada y triste.
—Es el único sitio donde no soy un ‘Konstantinou’ —murmuró, de pie en el centro del caos, las manos en los bolsillos de sus pantalones de lino—. Aquí solo soy el hombre que junta cosas rotas e inútiles.
Me acerqué a una estantería repleta de libros. No eran primeras ediciones valiosas. Eran tomes desgastados, subrayados con furia, llenos de anotaciones en los márgenes en una letra angulosa y violenta. Poesía de Cavafis, filosofía de Heráclito, tratados de estrategia militar bizantina. Saqué un ejemplar de “Los Viajes de Jenofonte”. En la primera página, escrito con tinta ya descolorida, había una frase: “La retirada es solo otra forma de avance, si controlas el terreno de la derrota.”
—Eso lo escribí cuando tenía veinte años y perdí mi primera compañía —dijo su voz justo detrás de mí, haciéndome estremecer—. Era un idiota. Pero un idiota con ambición.
Me volví. En la penumbra dorada por el polvo, sus facciones parecían menos talladas, más humanas. La máscara de magnate se había quedado en la puerta, junto al guardia armado y al mundo exterior.
—¿Por qué me trajiste aquí, Ari? —pregunté, el corazón latiéndome con fuerza contra las costillas—. No soy parte de tus cosas rotas.
Él se acercó, levantó la mano y quitó un hilo de polvo de mi hombro con una delicadeza que contrastaba con la dureza del gesto.
—Porque ayer, en Milán, me miraste después de lo de Moretti. Y en tus ojos no vi solo disgusto o superioridad moral. Vi… comprensión. Y eso me aterra más que cualquier enemigo. —Sus dedos se cerraron alrededor de mi muñeca, no con fuerza, sino como buscando un pulso—. Necesito que sepas de dónde viene este… esto que soy. No para justificarlo. Para que entiendas que no es solo avaricia o poder. Es la cicatriz de una guerra que empecé a luchar antes de saber por qué.
Dejó mi muñeca y se alejó unos pasos, hacia una mesa de trabajo cubierta de herramientas oxidadas y fragmentos de cerámica.
—Mi padre no era un titán. Era un contable con sueños demasiado grandes y miedos aún más grandes. Perdió todo, varias veces. Lo recuerdo llorando en esta misma nave, cuando aún era operativa, porque un cargamento de aceite de oliva se había echado a perder y no podía pagar a los trabajadores. Los hombres lo miraban con desprecio. Mi madre… se fue. Con un hombre que tenía un yate más pequeño que el que tú odias, pero cuentas bancarias más sólidas. —Su voz era plana, narrativa, pero cada palabra pesaba como plomo—. Juré que nunca me verían llorar. Que nunca dependería de nadie. Que construiría algo tan grande, tan visible, tan indestructible, que ni el mar, ni los bancos, ni las traiciones, ni la mismísima vergüenza pudieran tumbarlo. El ‘Fénix Rising’ no es un hotel, Dafne. Es un dedo medio de piedra y cristal levantado contra todo lo que me hizo sentir pequeño.
El aire en el almacén parecía haberse vuelto más pesado, cargado con la sal y el sudor de sus fantasmas. Por primera vez, entendí la raíz de su obsesión. No era poder por el poder. Era una fortaleza levantada sobre las ruinas de la humillación.
—¿Y funciona? —pregunté en un susurro—. ¿La fortaleza te protege de sentirte pequeño?
Él soltó una risa corta y amarga.
—No. Solo asegura que cuando caigas, lo harás desde una altura que te matará. —Me miró, y su expresión era de una fatiga infinita—. Hasta que llegaste tú. Y empezaste a señalar las grietas en los muros. No con un martillo, sino con… poesía. Con una mirada que veía más allá del balance. Empezaste a habitar la fortaleza no como un prisionero, ni como un invasor, sino como… como si siempre hubieras pertenecido a sus espacios vacíos.
Se acercó de nuevo, pero esta vez no me tocó. Se detuvo a un paso de distancia, su presencia física abrumadora en la intimidad del almacén.
—El problema, Dafne, es que ya no sé si quiero reparar las grietas o agrandarlas para que entre la luz. Ya no sé si quiero que seas mi socia en la sombra o… mi luz en ella.
La confesión flotó entre nosotros, más vulnerable y peligrosa que cualquier beso. Era la entrega de un mapa de sus minas personales. Un error estratégico de primer orden. Y lo hacía a sabiendas.