La Acompañante del Magnate Griego

Capítulo 7

La lluvia en Londres era una cortina gris y persistente, un telón que transformaba las calles de Mayfair en un escenario de neón y sombras mojadas. Dentro de la sala de subastas de Christie’s, el aire era una sopa densa de murmullos cultivados, perfume caro y la tensión aguda de un duelo que no se libraba con espadas, sino con ligeros movimientos de la mano.

Ari, a mi lado en la primera fila, parecía esculpido en una quietud absoluta. Llevaba un traje de lana oscura que absorbía la luz tenue de la sala. Su catálogo estaba abierto en la página del lote 47: Bestiarium Cretense, s. XIV. Manuscrito iluminado sobre vitela, atribuido al scriptorium de Candia. Contiene 34 folios con representaciones de criaturas mitológicas de la tradición minoica, incluyendo el “Leucrocotta” y la “Sybaris”. Notas marginales en griego medieval y latín.

Había estudiado los facsímiles hasta que las bestias danzaban detrás de mis párpados. El Leucrocotta, descrito como un híbrido de lobo y hiena, con la boca abierta hasta las orejas. La Sybaris, una serpiente alada que supuraba un veneno que no mataba, sino que condenaba a un sueño eterno lleno de pesadillas. Pero lo que más había capturado la atención de Ari era una nota al margen, apenas legible, que hablaba de la “Chtonía Psyche”, el “Alma de la Tierra”, una entidad sin forma que habitaba en las grietas del mundo y solo podía ser vista por aquellos que habían perdido su propio reflejo.

—Es una tontería, ¿verdad? —le había preguntado la noche anterior, en la suite del Claridge’s, mientras revisábamos los documentos—. Folklore oscuro.

Él había mirado la imagen pixelada, sus ojos fijos en la mancha de tinta descolorida.

—Toda mitología es un mapa —había respondido, su voz baja—. Un mapa de los miedos y los deseos de quienes la crearon. Este… habla de grietas. De cosas que se ven cuando uno ya no se ve a sí mismo. Me suena familiar.

Ahora, en la sala, el subastador, un hombre con la solemnidad de un sacerdote anglicano, anunció el lote 46. Un collar de esmeraldas de los Tudor. La puja subió con rapidez mecánica. Ari no parpadeó. Su atención estaba fija en el pequeño atril donde pronto colocarían el manuscrito.

—Nerviosa? —murmuró, sin mover los labios.

—No. Curiosa —respondí, y era la verdad—. ¿Cuál es tu precio tope?

—El que sea necesario.

La respuesta no era una bravata. Era un hecho. El bestiario no era una inversión. Era una pieza para su colección de “cosas rotas e inútiles”. Para nuestro santuario compartido. Y eso lo hacía invaluable, y por tanto, peligrosamente caro.

El lote 46 se adjudicó. Dos asistentes con guantes blancos colocaron el bestiario en el atril. Era más pequeño de lo que imaginaba, la vitela amarillenta contra el terciopelo rojo. Al proyectarse en las pantallas, vi las ilustraciones con más detalle: trazos torpes pero llenos de una energía primitiva, colores de tierra y sangre desvaídos por el tiempo.

—Lote 47 —entonó el subastador—. Un testimonio fascinante de la imaginación medieval en la encrucijada de oriente y occidente. Abrimos la puja en doscientas mil libras.

Una mano se alzó en la parte trasera. Otra a nuestra izquierda. Ari esperó. La puja subió en saltos de cincuenta mil, seca, eficiente. Cuando llegó a los seiscientos mil, solo quedaban dos contendientes: un hombre anciano sentado junto a un asistente que pujaba por teléfono, y una mujer de espalda impecable y pelo plateado recogido en un moño perfecto, sentada tres filas más atrás. La había notado antes. Llevaba un traje sastre de color malva y desprendía una aura de frío absoluto.

—Ochocientas mil —dijo el subastador, señalando a la mujer.

El hombre del teléfono asintió. Novecientas.

—Un millón —la voz de Ari sonó por primera vez, clara y calmada, sin alzar la mano. Solo un leve movimiento de su catálogo.

Un murmullo recorrió la sala. El bestiario era raro, pero no tan raro. La mujer de pelo plateado se volvió ligeramente. No para mirar a Ari, sino a mí. Sus ojos, de un azul glacial, me escudriñaron por un instante antes de volverse hacia adelante. Alzó su paleta.

—Un millón doscientos.

—Un millón quinientos —contraatacó Ari, sin inmutarse.

El hombre del teléfono frunció el ceño, habló por el móvil y bajó su paleta. Se retiraba. Era entre Ari y la desconocida.

—Dos millones —dijo ella, su voz melodiosa pero cortante como el filo de un diamante.

La sala contuvo el aliento. Ari sonrió. No una sonrisa de triunfo, sino de genuino interés, como si un experimento hubiera dado un resultado fascinante.

—Dos millones quinientos.

La mujer no se volvió esta vez. Pero su espalda, ya recta, pareció volverse de acero. Hubo una pausa larga, cargada. El subastador levantó el martillo.

—Dos millones quinientos, a la señorita Konstantinou. ¿Alguna mejora?

Konstantinou.

El apellido cayó como una losa de hielo en mi estómago. La mujer era una Konstantinou. Familiar. Rival. ¿Hermana? ¿Prima? No había nada en ningún dosier.

La mujer se levantó. Fue un movimiento fluido y elegante. Recogió su bolso, una pieza de cuero exquisito y minimalista, y salió de la sala sin mirar atrás. El portazo de la puerta, aunque suave, resonó como un disparo.




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