La Acompañante del Magnate Griego

Capítulo 8

En la backroom, mientras firmaban los papeles y transferían fondos de cuentas con nombres encriptados, la mujer del pelo plateado apareció en la puerta. No había guardaespaldas visibles. Solo ella.

—Ariadne —dijo Ari, sin levantar laf vista de la factura que revisaba—. Me habría ahorrado dos millones si me hubieras dicho que te interesaba.

—No me interesaba el libro, Ari —respondió ella, y su voz tenía la misma cadencia que la de él, ese ritmo griego que convertía incluso el inglés en algo musical y letal—. Me interesaba ver hasta dónde llegarías por un juguete. Y por la sombra que llevas a tu lado. —Su mirada, aquellos ojos azules de gélida inteligencia, se posaron en mí—. ¿Eres la nueva pasión, koritsi? Suele coleccionarlas por temporadas. Las intelectuales duran un poco más. Hasta que se dan cuenta de que solo son otro activo en su balance.

—Ariadne es mi media hermana —dijo Ari, alzando finalmente la vista. Su tono era neutral, pero el aire a su alrededor parecía vibrar—. Compartimos padre. No gustos, ni escrúpulos.

—Solo una feroz aversión mutua —completó Ariadne con una sonrisa de comisura fina—. Y un interés convergente en ciertas… propiedades familiares que nuestro difunto padre dejó en un limbo legal muy conveniente. Como la isla de Thalassini.

El nombre sonó como un campanazo. Thalassini. “La Marina”. Había oído vagas referencias en algún informe: una isla privada en las Cícladas, con un palacete veneciano en ruinas y derechos de aguas termales disputados. Un activo menor, o eso parecía.

—Thalassini no está en venta —dijo Ari, cerrando la carpeta con un golpe seco.

—Todo está en venta, hermanito. O en juego. —Ariadne dio un paso al interior de la habitación. Su perfume, a azafrán y ámbar gris, era opresivo—. Te ofrezco un trueque. Renuncia a tus pretensiones sobre la isla. A cambio, yo retiro mi objeción a tu adquisición del conglomerado naviero en el Pireo. Sabes que mi voto en el directorio es el único que puede bloquearlo.

Ari se rió, un sonido breve y sin humor.

—¿Y por qué iba a hacer eso? Puedo aplastar tu objeción de otras maneras.

—Sí, pero sería costoso. Y desordenado. Esto es limpio. Una isla rocosa por un imperio marítimo. Parece un mal negocio para mí, lo sé. —Sus ojos azules se clavaron en el bestiario, que ahora un empleado colocaba en una caja de transporte forrada de seda—. A menos que Thalassini valga más de lo que parece. A menos que haya algo ahí que mi astuto hermano quiera no por su valor, sino por… su significado.

Yo observaba el duelo, fascinada y helada. Era como ver una versión femenina, refinada y quizás más venenosa de Ari. La misma inteligencia incisiva, el mismo desprecio por las emociones como debilidad.

—La isla no es negociable —repitió Ari, su voz más baja, más peligrosa.

—Todo lo es —replicó ella, imperturbable—. Incluso tu nueva compañera. —Me miró directamente—. ¿Sabes que nuestro padre también tenía una asesora especial? Una musicóloga húngara con un gusto exquisito por el barroco. Duró tres años, un récord. Hasta que un día entendió que nunca sería más que una nota a pie de página en la biografía de un hombre que solo amaba el poder. Se arrojó desde el balcón de su suite en Montecarlo. Una tragedia. Y una molestia burocrática considerable.

La historia, verdadera o no, estaba diseñada para herir, para sembrar la duda. Y funcionó. Una punzada de frío me recorrió la espina dorsal. Ari se puso de pie, su altura dominando repentinamente la habitación.

—Es hora de que te vayas, Ariadne.

—Por supuesto. —Ella dio media vuelta, pero se detuvo en el umbral—. Pensaré en tu oferta, Ari. Aunque no la hayas hecho. El bestiario es bonito, por cierto. Espero que su Chtonía Psyche te cuide las espaldas. Dicen que solo se aparece a los que ya están perdidos.

Se fue, dejando tras de sí un rastro de perfume y amenaza.

El viaje de regreso al Claridge’s fue silencioso. La lluvia repiqueteaba contra el cristal del Bentley. Ari tenía el bestiario en su regazo, la caja cerrada.

—¿Es cierta la historia? —pregunté al fin, incapaz de soportar el silencio.

—Sí —respondió él, mirando por la ventana—. Su nombre era Eva. Tenía una risa que sonaba a clavicordio. Mi padre la coleccionó, la exhibió, la olvidó. No se arrojó. Se cayó. Estaba borracha de pastillas y desesperación. Él estaba en una reunión en Zúrich. —Volvió la cabeza hacia mí—. Yo no soy mi padre, Dafne.

—Pero ella tiene razón en algo —dije, la voz temblorosa—. Soy un activo en tu balance. Una asesora especial. Una variable. ¿Cuándo dejo de serlo, Ari? ¿Cuándo paso a ser… Eva?

Él se movió con una rapidez felina. Dejó el bestiario a un lado y tomó mi cara entre sus manos. Su toque no fue gentil. Fue urgente, desesperado.

—Escúchame. Mi padre era un débil. Un romántico que jugaba a ser titán y destrozaba todo lo que tocaba. Yo construyo. Incluso cuando destruyo, lo hago para construir algo nuevo. Tú… no eres un activo. Eres la arquitecta. —Su mirada ardía con una intensidad febril—. Ariadne juega sucio porque no tiene nada más. Thalassini… es donde mi madre se fue a vivir con su amante. Donde pasé los veranos más miserables de mi vida, sintiéndome un intruso en mi propia familia. La quiero no por su valor. La quiero para borrarla del mapa. Para demolerla piedra a piedra y sembrar sal en su tierra. Es mi cicatriz más antigua. Y ella lo sabe. Por eso la quiere.




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