La Acompañante del Magnate Griego

Capítulo 9

El mar Egeo, visto desde el helicóptero de ataque de Ari, no era la postal azul de turismo. Era una bestia lapislázuli, antigua y despiadada, que estrellaba su furia contra los acantilados de Thalassini. La isla emergía como el lomo gris de un cetáceo muerto, coronado por el esqueleto de piedra del palacete veneciano. No era un refugio. Era un nido de buitres. Literalmente.

—No me dijiste que vendría Ariadne —dije, el rugido de los rotores haciendo temblar mi voz.

Ari, con gafas de aviador y una chaqueta de cuero oscuro que parecía robada a un villano de película, observaba el terreno que se aproximaba con la intensidad de un general antes de la batalla.

—No lo sabía —gritó por encima del estruendo—. Pero era inevitable. Thalassini es el campo de batalla que eligió. Lo único que no anticipé… es eso.

Señaló con la barbilla. En la explanada frente a la casa en ruinas, junto al Rolls-Royce fantasma de Ariadne, había otro vehículo: una furgoneta blanca y anodina con el logotipo de la televisión estatal griega. Y un pequeño grupo de personas, entre las que distinguí cámaras y un periodista con micrófono.

—¿Prensa? —pregunté, el estómago haciéndose un nudo—. ¿Para qué?

—Para el espectáculo —respuso él, y por primera vez, oí un dejo de frustración en su voz—. Ariadne no viene a negociar. Viene a librar una guerra de narrativas. Y nos acaba de poner en el centro del escenario.

El helicóptero aterrizó en un claro alejado, levantando remolinos de polvo y hierbas secas. El silencio, cuando los rotores se apagaron, fue abrupto y cargado. El aire olía a sal, a tomillo silvestre y a tensión pura.

Ariadne nos esperaba al pie de la escalinata de entrada al palacete. Llevaba un traje pantalón de lino color hueso, impecable a pesar del viento salado. A su lado, un hombre con gafas de carey y una carpeta de piel parecía una extensión ansiosa de su voluntad. Detrás, los equipos de televisión ajustaban enfoques.

—Hermano —dijo Ariadne, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos de glaciar—. Llegas con… refuerzos. Y en un juguete tan ruidoso. Me alegra que aceptaras mi invitación a una charla familiar.

—No recibo invitaciones en mi propia propiedad, Ariadne —replicóri Ari, quitándose las gafas de aviador. Su tono era plano, pero cada palabra era un bloque de hielo—. Y esto es mío. Por testamento.

—Por un testamento que yo impugno —ella no se inmutó—. Y mientras los tribunales deliberan, la opinión pública también puede juzgar. —Se volvió hacia el periodista, y su voz adquirió un tono de tristeza digna—. Kyrie Yannis, como ve, mi hermano insiste en tratar este lugar, lleno de recuerdos dolorosos para nuestra familia, como un trofeo más. Incluso trae a su… nueva colaboradora, para planificar quizás otro hotel de cristal que profane la memoria de nuestra madre.

Las cámaras giraron hacia nosotros. Sentí el calor de los focos como una agresión física. Ari puso una mano en la espalda baja, no en posesión, sino en advertencia: calma.

—Mi madre —dijo Ari, dirigiéndose a la cámara con una calma letal— amaba esta isla por su belleza salvaje, no por los dramas que otros crearon en ella. Y cualquier plan para Thalassini respetará esa esencia. No tengo nada más que añadir sobre asuntos familiares privados.

El periodista, olfateando sangre, se abalanzó.

—Señor Stavros, ¿es cierto que su acompañante, la señorita Dafne, es una experta en desarrollo que está aquí para evaluar el terreno para un proyecto turístico?

Ari abrió la boca para responder, pero fue Ariadne quien intervino, con una dulzura envenenada.

—Oh, Dafne es mucho más que una experta, ¿verdad, koritsi? Es casi de la familia. Por ahora. —Su mirada se deslizó hacia mí, y en sus ojos azules vi un destello de malicia pura—. Me pregunto qué opinaría nuestra difunta madre de esta… rápida integración.

Fue un golpe bajo, diseñado para sacarme de quicio, para que pareciera una cazafortunas o una amante ambiciosa. Sentí la rabia subirme como la marea. Pero recordé las lecciones de Ari. Recordé el dosier. Ariadne: vanidad, necesidad de ser el centro de atención, desprecio por quienes no juegan según sus reglas corteses.

Sonreí. Una sonrisa amplia, cálida, llena de una lástima que no era fingida.

—Kyria Ariadne, siento mucho que el dolor por su madre la lleve a malinterpretar mi presencia aquí —dije, con una voz clara que el viento llevó hacia las cámaras—. No soy una experta en desarrollo. Soy una filóloga. El interés de Ari… del señor Konstantinou, por Thalassini es personal, no comercial. De hecho, me pidió que viniera para ayudar a descifrar algunas inscripciones antiguas que encontró en la cripta de la capilla familiar. Cree que pueden ser poemas de nuestra madre. —Volví a mirar a Ari, permitiendo que mi expresión se suavizara con una emoción genuina (preocupación por él, por esta situación)—. Quiere preservar su memoria, no explotarla. Lamentablemente, algunos parecen confundir legado con liquidez.

El silencio que siguió fue absoluto. Hasta el viento pareció amainar. Ariadne parpadeó, desconcertada. Había inventado la historia de la cripta y los poemas sobre la marcha, pero estaba arraigada en una verdad: el deseo de Ari de reclamar, no de destruir. Y le daba a la narrativa un giro emocional que Ariadne, con su frío cálculo, no podía igualar.




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