Ari no se inmutó, pero su mano en mi espalda presionó ligeramente: bien hecho.
El periodista, confundido, buscó a Ariadne con la mirada. Ella había perdido el control de la narrativa.
—Inscripciones… —murmuró, recuperando la compostura a duras penas—. No tenía conocimiento.
—Porque no te importa la memoria, Ariadne —dijo Ari, aprovechando la ventaja. Su voz era ahora grave, cargada de una emoción contenida que sonaba más verdadera que cualquier gritoi—. Solo te importa el valor. Y te lo digo aquí, delante de estas cámaras: Thalassini no se vende. No se negocia. Se reconstruye. Como un santuario para la paz, no como un monumento a la codicia. Puedes impugnar el testamento todo lo que quieras. Cada euro que gastes en abogados, lo invertiré yo en restaurar cada piedra.
Dio media vuelta, tomó mi mano con firmeza y, sin esperar respuesta, nos dirigimos hacia el sendero que bajaba a una cala solitaria, alejándonos de las cámaras y de la mirada fulminante de su media hermana.
Solo cuando doblamos un recodo de roca y el sonido del mar ahogó todo lo demás, se detuvo. Soltó mi mano y se apoyó con ambas palmas en la pared de piedra, la cabeza gacha, respirando hondo.
—Poemas en la cripta —dijo al fin, y su voz era una mezcla de admiración y asombro—. Jodidamente brillante, Dafne.
—Era lo único que podía pensar —respondí, el subidón de adrenalina empezando a bajar, dejándome temblorosa—. Ella juega sucio. Yo juego… poético.
Él se volvió. Su rostro estaba pálido bajo el bronceado, los músculos de la mandíbula tensos. Pero en sus ojos ardía algo nuevo: no solo respeto, sino algo parecido al asombro.
—Lo has vuelto a hacer —murmuró—. Has tomado su arma, su narrativa pública, y la has transformado en algo que no puede tocar. Ahora, si presiona, parecerá que está atacando la memoria de su propia madre. —Una sonrisa amarga le torció los labios—. Es tan cruel como cualquiera de mis movimientos. Y más efectivo.
—No era mi intención ser cruel —dije, y era cierto—. Solo… quería proteger lo que esto significa para ti. Aunque no termine de entenderlo.
Él me miró durante un largo momento, el viento agitando su pelo negro. El rugido del mar era el único sonido.
—Ven —dijo al fin, tomando mi mano de nuevo, pero esta vez con suavidad—. Te mostraré lo que significa.
Me llevó por un estrecho sendero que serpenteaba por el acantilado, hasta una pequeña cueva natural, medio oculta por una cortina de enredaderas. Dentro, el aire era fresco y olía a musgo. Y allí, tallado toscamente en la roca, había un banco de piedra. Frente a él, en una repisa natural, había un montón de objetos marinos: caracoles perfectos, un trozo de vidrio marino pulido, un hueso de pájaro blanqueado por el sol y la sal.
—Este era mi lugar —dijo Ari, su voz bajando a un susurro que competía con el susurro del mar—. Cuando venía aquí, en esos veranos terribles, me escondía. Aquí nadie me encontraba. Ni mi madre, siempre llorando, ni su amante, mirándome como si yo fuera un error a corregir. —Se sentó en el banco, invitándome a su lado con un gesto—. Aquí juré que nunca me sentiría así de nuevo. Desprotegido. Invisible.
Observé los tesoros de niño en la repisa. No eran riquezas. Eran pruebas de supervivencia, de una búsqueda de belleza en un mundo hostil.
—Por eso quieres la isla —comprendí, el corazón apretándose—. No para demolerla. Para reclamar este lugar. Para sanar al niño que se escondió aquí.
Él asintió, mirando al mar a través de la entrada de la cueva.
—Sí. Y por eso Ariadne la quiere. Para vendérsela a un jeque árabe que construirá un puto spa encima de mi cueva. Para borrar hasta el último rastro de mi existencia aquí. —Me miró, y su expresión era de una fatiga profunda—. Hoy, con esas cámaras, has defendido este lugar. No con un ejército de abogados. Con palabras. Con… poesía. Has defendido mi cueva.
Levantó la mano y me tocó la mejilla. Su piel estaba fría por el viento.
—Nadie lo había hecho antes —susurró—. Nadie había luchado por mis fantasmas.
Nos besamos allí, en la penumbra fresca de la cueva, con el sonido eterno del mar como testigo. No fue un beso de pasión, sino de pacto. Un pacto sellado no en un salón de juntas, sino en el refugio secreto de un niño herido. Era más íntimo, más vinculante, que cualquier contrato.
Al salir, la luz del atardecer bañaba la isla de oro líquido. A lo lejos, vimos el helicóptero de Ariadne alejándose. Había perdido esta batalla. Pero la guerra continuaba.
De regreso en el helicóptero, rumbo a Atenas, Ari habló por el teléfono por satélite, dando órdenes secas: movilizar a su equipo legal, preparar una fundación benéfica en nombre de su madre para la restauración de Thalassini, filtrar a la prensa la “conmovedora historia” de las inscripciones en la cripta.
Al colgar, me miró.
—Ha empezado —dijo—. Y no puedo darte las gracias como se merece. Porque no hay precio para lo que hiciste hoy.
—No lo hice por ti —dije, y vi cómo su expresión se ensombrecía un instante antes de aclarar—: Lo hice por nosotros. Por el nosotros que habita en cuevas y en salas de subasta. Por el que escribe bestiarios y defiende islas. Ese nosotros… es mi inversión.