El estudio de abogados de Atenas olía a madera pulida, miedo envasado y el peso intangible de miles de millones en disputa. Stavros & Asociados ocupaba tres plantas de un neoclásico reformado en Kolonaki, donde el silencio era tan caro como las vistas a la Acrópolis. En la sala de conferencias principal, una mesa de roble macizo de doce metros reflejaba las caras tensas como un lago oscuro.
Ari estaba sentado a la cabecera, inmóvil como un ídolo arcaico. Yo, a su derecha, en una silla que parecía diseñada para hacer sentir pequeña a cualquiera. Frente a nosotros, una legión de trajes a rayas y miradas gélidas: los abogados de Ariadne, liderados por un hombre llamado Vassilis Laskaris, cuya sonrisa recordaba a la de una morena.
A la izquierda, nuestros propios abogados, tres hombres y una mujer cuyo nerviosismo apenas lograban contener. El aire estaba tan cargado que cada crujido de papel, cada carraspeo, sonaba como un disparo.
Laskaris abrió un dosier con delicadeza mortuoria.
—Señor Stavros, agradecemos su presencia. Como sabrá, la señora Ariadne Stavros-Moreau impugna la cláusula séptima del testamento de su difunto padre, Aristides Stavros, que le otorga a usted la propiedad exclusiva de la isla de Thalassini, así como de los derechos minerales asociados. Nuestra posición se basa en la incapacidad testamentaria temporal alegada, sustentada por informes psiquiátricos de la época, y en el principio de equidad entre herederos.
Ari no movió un músculo. Solo sus ojos, fijos en Laskaris, parecían enfriar aún más la habitación.
—Los informes psiquiátricos a los que se refiere —intervino nuestra abogada principal, Eleni Markou— fueron desestimados en la audiencia preliminar. El juez consideró que no invalidaban la capacidad de mi cliente para disponer de sus bienes. La «equidad» no es un principio aplicable cuando existe un testamento válido y notariado.
Laskaris hizo un gesto de fastidio.
—Señora Markou, hablamos de una herencia valorada, solo en la isla, en más de cien millones de euros. Una cifra que, curiosamente, coincide con las pérdidas que la empresa familiar, Stavros Holdings, sufrió bajo la gestión de su cliente justo antes del fallecimiento de Aristides. Parece… una compensación interesante. Casi una auto-reparación testamentaria.
Fue un golpe bajo, insinuando que Ari había manipulado a un padre débil para sanar sus propios errores. Vi un tic casi imperceptible en la mandíbula de Ari. Era su punto débil, la herida de su primera derrota empresarial, explotada con precisión quirúrgica.
—Mis errores —dijo Ari, hablando por primera vez. Su voz era tranquila, pero cada palabra resonaba como el golpe de un martillo sobre el roble— fueron públicos y los pagué con cada activo personal que tenía en aquel momento. Mi padre no me compensó. Me legó Thalassini porque sabía que era el único lugar del mundo que yo no convertiría en una cifra. Porque sabía que mi hermana —y al pronunciar la palabra, le infundió un veneno glacial— solo vería en ella un número más en su hoja de cálculo.
Laskaris sonrió, disfrutando.
—Un argumento conmovedor, pero subjetivo. La ley se nutre de hechos, no de sentimientos. Y el hecho es que, independientemente de sus intenciones, usted ha incurrido en actos que podrían considerarse una violación del status quo y una dilapidación del bien en litigio.
Se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con malicia.
—Por ejemplo, la presencia en la isla, hace tres días, de la señorita Dafne Valdez, supuesta «filóloga», y las declaraciones realizadas a la prensa insinuando planes de desarrollo y la existencia de unas… ¿inscripciones poéticas? inexistentes. Actos que pueden interpretarse como una manipulación de la opinión pública para presionar el procedimiento judicial y una alteración no autorizada del activo.
Todas las miradas se volvieron hacia mí. Los abogados de Ariadne me observaban como a un insecto curioso pero peligroso. Los nuestros, con pánico. Ari permaneció impasible, pero sentí la tensión irradiando de su cuerpo como calor de un horno.
—La señorita Valdez —dijo Ari, su tono cambió, volviéndose más peligroso por su suavidad— está aquí. Y puede hablar por sí misma. A menos que el bufete del señor Laskaris considere que las mujeres no tienen voz en sus salas. Algo que, dada la clientela, no me extrañaría.
Fue un insulto directo, elegante y brutal. Laskaris palideció ligeramente. Eleni Markou contuvo una sonrisa.
Todas las cabezas giraron hacia mí. La boca se me secó. No era una fiesta. No era un juego de palabras ingenioso. Era la ley, fría y despiadada. Y mi testimonio podía ser usado como arma.
—No soy una filóloga en el sentido académico —comencé, eligiendo cada palabra con el cuidado de quien camina sobre cristales—. Soy traductora e investigadora independiente. El señor Stavros me pidió mi opinión sobre varios documentos históricos relacionados con Thalassini, incluidos algunos archivos familiares. En cuanto a las «inscripciones»… —hice una pausa, dejando que el silencio se cargara—. Me refería a metáforas. A la historia no escrita que impregna las piedras de un lugar. La prensa, como suele ocurrir, lo simplificó y lo distorsionó. Mi presencia en la isla fue estrictamente profesional y académica, para una evaluación preliminar del patrimonio intangible. No hubo mención alguna de «desarrollo» por mi parte.