La tensión en la sala era palpable, un cable a punto de romperse. Laskaris cambió de táctica.
—Muy bien. Pasemos a otro hecho. Las recientes transferencias de fondos desde cuentas controladas por usted, señor Stavros, a una fundación de reciente creación llamada «Fundación Eleni» —el nombre de su madre—, aparentemente destinada a la «restauración y preservación» de la isla. Transferencias por un total de cinco millones de euros, realizadas después de la notificación del litigio. ¿No es eso una presunción de propiedad, un intento de alterar el valor del bien en disputa y, en esencia, un desprecio al procedimiento judicial?
Era otro movimiento maestro. Ari había movido dinero, rápido y en grande, para iniciar los trabajos en Thalassini. Un acto de afirmación, pero también una vulnerabilidad legal.
Ari no pestañeó.
—La «Fundación Eleni» es una entidad filantrópica legalmente constituida. Sus fines son de interés público: preservar un pedazo del patrimonio cultural y natural de Grecia. El hecho de que yo sea su principal donante no la invalida. Y el momento de las donaciones coincide con la finalización de mis obligaciones fiscales anuales, no con el litigio. —Hizo una pausa, y su sonrisa fue un relámpago de hielo—. A menos que el señor Laskaris esté sugiriendo que debo suspender toda actividad benéfica porque su clienta ha decidido montar un espectáculo judicial. ¿Es esa la postura de Ariadne? ¿Que la preservación de la historia griega debe detenerse porque a ella le pica la codicia?
El ambiente se enrareció. Los abogados de Ariadne intercambiaron miradas nerviosas. Laskaris se aclaró la garganta.
—No se trata de filantropía, se trata de procedimiento. Esos fondos podrían considerarse parte del patrimonio disputado, malversados…
—¡Malversados! —La voz de Ari estalló como un trueno, por primera vez perdiendo los estribos. Se puso de pie, sus manos planas sobre la mesa, inclinándose hacia Laskaris como un predador—. ¿Me está acusando de malversación, Laskaris? ¿Con qué pruebas? ¿Con la palabra de una mujer que heredó de mi padre tres veces más que yo y aún quiere lo que no le tocó? —Su mirada recorrió la mesa, deteniéndose en cada uno de los abogados enemigos—. Este no es un litigio. Es un asalto. Y estoy harto de jugar a la defensiva.
Se enderezó, y su voz recuperó el control, pero ahora era el filo de una guillotina.
—Dígale a Ariadne esto. Retiro mi oferta de comprar su parte de los derechos portuarios del Pireo. La oferta que le hice por cortesía familiar. A partir de ahora, lucharé por ellos en el mercado abierto. Y voy a ganar. —Hizo una pausa, dejando que la amenaza se asentara—. En cuanto a Thalassini, aquí está mi nueva posición: no solo no cedo un centímetro, sino que presentaré una contrademanda por acoso procesal y difamación. Y voy a adjuntar a ella el informe completo de la investigación privada que tengo sobre el verdadero origen de la fortuna de su marido, el señor Moreau. Un informe que, estoy seguro, a la fiscalía anticorrupción le parecerá… fascinante.
El silencio fue absoluto. Los ojos de Laskaris se abrieron como platos. Había una investigación. Ari había guardado su arma más poderosa hasta el último momento. No se trataba solo de una isla. Se trataba de destruirla completamente.
—Usted… no se atrevería —balbuceó Laskaris, el sudor asomando en su sien.
—¿No? —preguntó Ari, recogiendo su teléfono y su copia del dosier—. Pruébame. La reunión ha terminado. Eleni —dijo, dirigiéndose a nuestra abogada—, prepara los papeles de la contrademanda. Y programa una rueda de prensa para mañana. Es hora de que el público conozca toda la historia.
Sin esperar respuesta, se volvió y salió de la sala. Yo me levanté, sintiendo las miradas cargadas de odio y miedo clavadas en mi espalda, y lo seguí.
En el ascensor, encerrados en el cubículo de espejos y latón, la máscara de Ari se resquebrajó. Respiró hondo, una vez, con los ojos cerrados.
—Ha sido un error —murmuró.
—¿Cuál? ¿Amenazarla? Parecía bastante efectivo.
—Perder los estribos. Mostrar que su acertijo me afecta. Le he dado munición. —Abrió los ojos y me miró en el reflejo del espejo—. Pero tenía que hacerlo. No podía seguir sentado ahí, viendo cómo te usaban a ti como carnada, viendo cómo manchaban la memoria de mi padre y de mi madre. —Se volvió hacia mí—. Lo siento. Te he puesto en el punto de mira de una manera aún más peligrosa.
—Estaba en el punto de mira desde el momento en que me puse ese vestido verde en Milán —dije, acercándome—. O quizás desde antes. —Tomé su mano, que estaba fría—. La investigación sobre Moreau… ¿existe de verdad?
—Por supuesto que existe —respondió, un destello de su antigua frialdad en los ojos—. Lo sé todo sobre todos los que me rodean. Es mi negocio. Nunca la había usado porque… porque a pesar de todo, es mi hermana. Pero hoy ha cruzado una línea. Ha intentado destruirte para llegarme a mí. Eso no se perdona.
El ascensor se detuvo en el vestíbulo. Al salir a la luz cegadora de la tarde ateniense, un hombre con una cámara profesional se acercó corriendo. Era el periodista de televisión de Thalassini.
—¡Señor Stavros! ¿Puede confirmar los rumores de una guerra legal total con su hermana? ¿Y la implicación de la señorita Mellis en un posible perjurio?
Ari se detuvo. En lugar de eludirlo, se volvió hacia el periodista, poniéndose a sí mismo entre la cámara y yo.