La Acompañante del Magnate Griego

Capítulo 13

El almacén del Pireo nunca había estado tan silencioso. La tormenta que rugía fuera, un monstruo del Egeo que azotaba el puerto con furia ancestral, solo se intuía como un rumor sordo, un latido de presión en los oídos. Dentro, bajo las frías luces LED que Ari había encendido, las reliquias polvorientas parecían espectros condenados a un limbo de nostalgia.

Él no fue hacia la motocicleta desarmada ni hacia las brújulas náuticas. Se dirigió directamente a una sección oculta tras una cortina de lonas pesadas. Tiró de una cuerda y las lonas cayeron, levantando una nube de polvo que bailó en la luz artificial. Revelaron una pared entera cubierta por un mapa de Grecia y el Mediterráneo oriental, pero no era un mapa geográfico al uso. Estaba sembrado de alfileres con cabezas de colores, unidos por hilos de seda rojos, negros y dorados que formaban una telaraña compleja y letal. Fotografías, recortes de periódico y documentos escaneados estaban fijados junto a los alfileres. Era el cerebro visible de Ari Konstantinou. Su mapa de poder, de deudas, de alianzas y traiciones.

—Mi guerra —dijo, su voz resonando en la inmensidad vacía. Señaló un alfiler negro clavado en el Pireo—. El conglomerado naviero. —Un hilo rojo lo unía a un alfiler dorado en Milán—. Moretti. —Otro hilo negro, tenso como una cuerda de arco, iba desde Atenas hasta una pequeña isla marcada con una calavera plateada—. Thalassini. Y aquí —su dedo se posó sobre un alfiler rojo sangre en París, rodeado de documentos de investigación financiera— está el talón de Aquiles de mi querido cuñado, Alain Moreau. Lavado de dinero a través de galerías de arte en Liechtenstein. Ariadne lo sabe. Por eso tembló.

Yo observaba el mapa, sobrecogida. Era la visualización de todo lo que había intuido, de la maquinaria fría que gobernaba su vida. Y en el centro de la telaraña, no había ningún alfiler. Solo un pequeño espacio vacío, un ojo del huracán.

—¿Y yo? —pregunté, mi voz un susurro que se perdió entre las vigas de acero—. ¿Dónde estoy en este mapa, Ari?

Él se volvió lentamente. Su rostro estaba en sombras, iluminado desde atrás por la luz blanca que bañaba el mapa, dándole el aspecto de un profeta o un demonio.

—No estás en el mapa, Dafne —dijo, y su tono era extrañamente suave—. Eres la brújula con la que lo leo.

Se acercó a una mesa de trabajo cercana, cubierta de planos arquitectónicos. No eran los de hoteles de cristal, sino bocetos a mano, dibujados con tinta sobre papel de acuarela. Eran diseños para Thalassini: no una demolición, sino una restauración sensible. La cueva, conservada. El palacete veneciano, estabilizado, no reconstruido falsamente. Un pequeño edificio nuevo, de líneas limpias y respetuosas, que albergaría la Fundación Eleni y un archivo de la memoria de la isla. Era hermoso. Era humano. Era el sueño del niño de la cueva, no la venganza del magnate.

—Esto es lo que defiendo —dijo, pasando los dedos por los trazos de tinta—. No la isla. Esto. La posibilidad de que el lugar que me rompió pueda, algún día, sanar. Y ella quiere convertirlo en un puerto para superyates. En otro chiringuito de lujo para oligarcas sin alma.

—Lo sé —dije, acercándome para mirar los planos más de cerca—. Pero lo que hiciste hoy, amenazar con destruir a su marido… ¿no es jugar su mismo juego? ¿No es usar su talón de Aquiles, como ella usa los tuyos?

—Sí —admitió sin vacilar—. Lo es. La diferencia, leónissa mou, es la intención. Ella lo hace por avaricia pura. Yo… —Hizo una pausa, buscando las palabras, algo que rara vez le ocurría—. Yo lo hago para proteger algo que no tiene precio. Es una distinción moralmente cuestionable, lo sé. Pero es mi distinción.

El trueno retumbó más cerca, haciendo vibrar los cristales de las claraboyas. Una gota de agua fría me cayó en la nuca desde lo alto.

—¿Y si ella no se echa atrás? —pregunté—. ¿Si decide que prefiere arder contigo?

—Entonces arderemos —dijo él, y su sonrisa fue triste y feroz—. Pero no dejaré que las llamas alcancen Thalassini. Ni a ti. —Se volvió completamente hacia mí, tomándome las manos entre las suyas. Estaban frías—. Hay algo que debes saber. La investigación sobre Moreau… no es mi única copia. Tengo un paquete, preparado por un intermediario anónimo en Zúrich. Si me pasa algo, si… desapareciera de la ecuación, ese paquete se enviaría automáticamente a las autoridades griegas, francesas y a los principales medios. Es mi póliza de seguro.

—¿Una póliza de…? —No terminé la frase. El significado era claro. Era un escudo, pero también un arma apuntada a su propia sien, un mecanismo que aseguraba que si caía, arrastraría a Ariadne consigo.

—¿Por qué me lo cuentas? —susurré, el horror y una extraña admiración luchando dentro de mí.

—Porque si algo me ocurre, tú serás el objetivo principal de su venganza. Y necesitas saber que hay algo que la mantendrá a raya, incluso sin mí. —Apretó mis manos—. Y porque necesito que alguien, en este mundo, sepa que no soy solo el monstruo del mapa. Que hay un plan. Un plan para algo más que conquista.

De repente, el estruendo no fue de truenos. Fue un golpe seco, metálico, contra la gran puerta corredera del almacén. Luego otro. Y otro. Como alguien intentando derribarla a golpes.

Ari se soltó y se movió con la velocidad de un felino, apagando las luces principales. La sala quedó sumida en una penumbra atravesada solo por la tenue luz de una lámpara de trabajo y los destellos azulados de los relámpagos que se filtraban por las claraboyas. Sacó algo de un cajón de la mesa de trabajo: una pistola compacta y oscura. No parecía un novato al sostenerla.




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