La Acompañante del Magnate Griego

Capítulo 14

El piso franco en Psyri olía a humedad, a tabaco barato y a la desesperanza silenciosa de las viviendas ocupadas. No era el lujo al que me había acostumbrado. Paredes de ladrillo visto, muebles de segunda mano, una cocina diminuta donde una cafetera italiana burbujeaba como un insecto metálico. La lluvia golpeaba los cristales sucios de la única ventana que daba a un callejón estrecho y oscuro.

Ari yacía en la única cama, una estructura de hierro oxidado en el dormitorio diminuto. El médico privado de Linos, un hombre silencioso llamado Dimitri con manos de cirujano y cara de enterrador, le había reducido la dislocación del hombro y confirmado la fractura de clavícula. Ahora dormía, sedado, su respiración profunda y regular como el oleaje de un mar en calma. Dormido, parecía más joven, más frágil. La barba de dos días le ensombrecía las mejillas. Una venda blanca le inmovilizaba el brazo izquierdo contra el pecho.

Yo estaba sentada en una silla de madera junto a la cama, sin atreverme a tocarlo. Las imágenes de la noche se repetían en bucle: el golpe de la barra, el sonido seco del disparo, el hombre cayendo con un grito, la sangre. Tanta sangre. La suya, mezclada con la lluvia, formando charcos oscuros en el suelo del almacén.

—Señorita Dafne.

La voz de Linos, desde la puerta, me sobresaltó. Me volví. El mayordomo, o jefe de seguridad, o lo que quiera que fuese realmente, estaba de pie con una taza humeante en la mano. Su traje estaba arrugado, y por primera vez vi ojeras bajo sus ojos siempre alerta.

—Debe beber algo. Té. Azúcar. Le ayudará con el shock.

Tomé la taza, agradeciendo el calor en mis manos heladas.

—¿Y los hombres? —pregunté, mi voz un susurro ronco.

—El que recibió el disparo está en una clínica privada. Sobrevivirá. El otro está… respondiendo preguntas. —Su tono dejaba claro que las preguntas no eran amables—. No volverán a molestar al señor.

—¿Y Ariadne? ¿Y Laskaris?

Linos dudó un instante, algo que no le había visto hacer nunca.

—Por ahora, no pueden vincularse directamente. Los hombres no hablarán, y si lo hicieran, sus testimonios no valdrían nada. Pero el señor Konstantinou tenía razón: la guerra ha comenzado. Y la próxima vez, no serán dos matones con barras de hierro. Será algo más… limpio. Más difícil de rastrear.

El miedo, que había estado agazapado en algún rincón de mi estómago, se desperezó y estiró sus garras.

—¿Y nosotros? ¿Estamos seguros aquí?

—Relativamente. El piso está a nombre de una empresa fantasma que no aparece en ningún registro vinculado a nosotros. Hay dos hombres abajo, en la entrada del edificio. Y yo estaré en el salón, despierto. —Hizo una pausa, y sus ojos, normalmente impasibles, se suavizaron un instante—. Debería intentar dormir, señorita. Mañana será un día largo.

Asentí, aunque sabía que el sueño era una quimera. Linos se retiró, cerrando la puerta tras de sí con un clic suave.

Me quedé mirando a Ari. En la penumbra, con la luz mortecina de una lámpara de pie, parecía un guerrero caído en un cuadro antiguo. Un Ayax herido, o un Héctor después de la batalla. Pero no era un héroe de la Ilíada. Era un hombre de carne y hueso, con una cicatriz reciente en el hombro y un imperio tambaleándose al borde del abismo.

Sin pensar, alcé la mano y dejé que mis dedos rozaran su pelo. Era suave, a pesar del sudor y la lluvia. En sueños, él se movió ligeramente, un murmullo ininteligible escapando de sus labios. Luego, sus ojos se abrieron.

Parpadeó, confuso, la mirada perdida en el techo desconocido. Luego me encontró.

—Dafne —su voz era un susurro áspero, de papel de lija—. ¿Dónde…?

—Estamos a salvo —dije, apretando su mano sana—. En un piso franco en Psyri. Linos está aquí. Tienes el hombro roto, pero vas a recuperarte.

Él asintió lentamente, procesando la información con esa maquinaria mental que nunca descansaba del todo.

—¿Los hombres?

—Uno herido, el otro… interrogado. No volverán.

Una sonrisa amarga le torció los labios.

—Linos es eficiente. Demasiado, a veces. —Hizo una pausa, y su mirada se volvió más intensa, escudriñando mi rostro—. ¿Tú? ¿Estás bien? ¿Te hicieron daño?

—No. Estaba escondida. Como ordenaste.

—Menos mal. —Cerró los ojos un instante, y cuando los abrió de nuevo, había en ellos una vulnerabilidad que me partió el alma—. Cuando vi esa barra… pensé que no llegaría a tiempo. Pensé que te golpearían a ti. Y supe, en ese segundo, que nada de lo que tengo, nada de lo que he construido, vale nada comparado con… —Se detuvo, como si las palabras se le atragantaran.

—¿Comparado con qué? —pregunté, aunque ya lo sabía.

—Contigo —susurró, y su mano sana apretó la mía con una fuerza que no esperaba de un hombre herido—. No es una estrategia, Dafne. No es una táctica. Es… una verdad tan simple y tan aterradora que he pasado mi vida entera evitando enfrentarla. Eres lo único que no puedo reemplazar, ni comprar, ni conquistar. Eres lo único que, si pierdo, me rompe de verdad.

Las lágrimas, que había estado conteniendo durante horas, brotaron finalmente, silenciosas y calientes.




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