La Acompañante del Magnate Griego

Capítulo 15

El sol de la mañana siguiente se coló por las persianas del piso franco como un intruso tímido, sin atreverse a iluminar del todo las esquinas donde la noche aún se resistía a morir. Yo estaba despierta desde horas antes, mirando a Ari dormir, estudiando las líneas de su rostro relajado, la forma en que su mano sana buscaba instintivamente mi lugar en la cama incluso en el sueño. El cabestrullo blanco resaltaba contra su piel morena, un recordatorio visible de la violencia que nos había traído hasta aquí.

Sonó un mensaje en el teléfono de Linos, que vibraba sobre la mesa camilla como un avispa atrapada. Ari se movió, frunció el ceño y abrió los ojos. En un segundo, la confusión del despertar se transformó en alerta absoluta.

—¿Qué hora es?

—Temprano —respondí, pasándole el teléfono—. Linos dejó esto para ti. Dice que es urgente.

Tomó el aparato con la mano sana y leyó en silencio. Su expresión cambió: una ceja se alzó, luego una mueca que podía ser sorpresa o admiración, o ambas.

—Ariadne ha contraatacado —dijo, dejando el teléfono a un lado—. Pero no como esperábamos.

Me incorporé, el corazón latiéndome con fuerza.

—¿Qué ha hecho?

—Ha convocado su propia conferencia de prensa. Hoy, al mediodía. En el Hotel Grande Bretagne. Y ha invitado a los mismos medios que nosotros. —Me miró, y en sus ojos había una chispa de algo que se parecía al respeto—. Quiere un debate público. Cara a cara.

—¿Un debate? —repetí, incrédula—. ¿Sobre qué?

—Sobre todo. La herencia, la isla, el ataque, mi carácter, el suyo. Quiere convertir esto en un espectáculo mediático. Y lo más interesante: ha pedido expresamente que tú estés presente.

El aire se me escapó de los pulmones.

—¿Yo? ¿Por qué?

—Porque eres mi punto débil visible —dijo Ari, sin rodeos—. O al menos, eso cree ella. Piensa que si logra desestabilizarte, si consigue que digas algo comprometedor, me desmoronaré. O peor, que me pondré a la defensiva y cometeré un error.

—¿Y qué hacemos?

Él guardó silencio un momento, su mirada perdida en la pared desconchada. Cuando volvió a mirarme, había en sus ojos una determinación tranquila, como la de un general antes de la batalla decisiva.

—Vamos. Y le damos el espectáculo que quiere. Pero en nuestros términos.

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El Hotel Grande Bretagne, en el corazón de Atenas, era el escenario perfecto para una guerra de dioses. Su fachada neoclásica, sus salones de mármol y arañas de cristal, habían sido testigos de revoluciones, bodas reales y conspiraciones de todo tipo. Hoy, el Salón de la Reina Sofía albergaba una legión de periodistas, cámaras y micrófonos, todos hambrientos de sangre y titulares.

Linos nos había conseguido una entrada discreta por una puerta lateral. Cuando entramos en el salón, el murmullo de las conversaciones se acalló por un instante, como si el mar contuviera la respiración antes de una ola gigante. Ari, impecable en un traje azul marino que ocultaba su cabestrillo con elegancia, caminaba con la dignidad de un rey herido pero no derrotado. Yo, a su lado, llevaba un vestido negro de línea simple y el pelo recogido en un moño severo. Nada de joyas, nada de artificios. Solo la verdad de mi rostro, mis ojos, mi presencia.

Ariadne ya estaba en el estrado, sentada tras una mesa de caoba, flanqueada por Laskaris y un equipo de relaciones públicas. Llevaba un traje sastre rojo pasión, el color de la agresión y la confianza. Al vernos entrar, sus ojos de glaciar se clavaron en mí un instante antes de desviarse hacia Ari con una sonrisa de bienvenida que era todo menos cálida.

—Hermano —dijo, su voz amplificada por los micrófonos—. Me alegra que hayas aceptado mi invitación. Aunque veo que vienes… escoltado.

El veneno en la palabra «escoltado» era inconfundible. Ari no respondió. Se limitó a ocupar el lugar que le habían asignado en el otro extremo de la mesa, dejando un espacio vacío entre nosotros como si fuera un campo de minas. Yo me senté a su derecha, frente a los periodistas, sintiendo el peso de decenas de miradas escudriñando cada uno de mis gestos.

El moderador, un periodista veterano de la televisión pública, carraspeó.

—Señoras, señores. Bienvenidos a este encuentro extraordinario. La familia Stavros ha aceptado debatir públicamente los asuntos que han ocupado los titulares en las últimas semanas. Daremos la palabra alternativamente a cada parte. Comenzamos con la señora Ariadne Stavros-Moreau.

Ariadne se inclinó hacia adelante, su expresión de compungida sinceridad.

—Gracias. Quiero comenzar diciendo que lamento profundamente que hayamos llegado a este punto. Mi hermano y yo compartimos sangre, apellido y una historia familiar compleja. Pero también compartimos un patrimonio que nuestro padre, Aristides Stavros, construyó con esfuerzo y que merece ser preservado, no dilapidado en caprichos personales o en… compañías cuestionables. —Su mirada se deslizó hacia mí—. Me refiero, por supuesto, a la isla de Thalassini, un bien de valor incalculable que mi hermano pretende convertir en un parque temático de su propia nostalgia, asesorado por personas sin ninguna cualificación aparente más allá de su… cercanía.




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