El exilio en Thalassini no fue una elección, sino una necesidad estratégica. La isla, aún en disputa legal, ofrecía algo que ningún piso franco en Atenas podía garantizar: aislamiento absoluto. Sin periodistas, sin sicarios, sin la mirada de Ariadne escrutando cada movimiento. Solo el mar, las rocas, el viento y nosotros.
El helicóptero nos dejó en la pequeña plataforma que Ari había hecho construir junto a las ruinas del palacete veneciano. El sol de la tarde bañaba la isla en una luz dorada y melancólica, como si el lugar mismo supiera que era el escenario de una batalla más antigua que cualquier litigio. Linos y dos hombres de seguridad se desplegaron en puntos estratégicos, invisibles pero presentes. El resto de la isla era nuestra.
La casa principal, un esqueleto de piedra y vigas carcomidas, había sido parcialmente acondicionada. Unas cuantas habitaciones del ala este eran habitables: techos reforzados, electricidad de un generador, agua de un pozo. Era un lujo espartano, pero después de los últimos días, sentí que podía respirar por primera vez.
Ari se dejó caer en un sillón de cuero desgastado frente a la chimenea, su brazo inmovilizado descansando sobre un cojín. La herida del hombro, aunque controlada, le recordaba a cada movimiento que la violencia era real, que el enemigo no se rendiría solo con palabras bonitas en conferencias de prensa.
—Esto es lo que quería mostrarte —dijo, señalando con la mano sana el espacio que nos rodeaba—. No el hotel de cristal. No el imperio. Esto. Las ruinas. Lo que queda cuando todo lo demás se quema.
Me senté en el suelo frente a él, apoyando la espalda en el sillón, dejando que su mano descansara en mi hombro.
—Son hermosas —dije, y era cierto. Las paredes de piedra, los arcos moriscos medio derrumbados, las buganvillas que crecían salvajes sobre los escombros. Todo respiraba una belleza trágica, la dignidad de lo que ha sobrevivido a su propia destrucción.
—Mi bisabuelo construyó esto —dijo Ari, su voz baja, hipnótica—. No era un hombre rico, al menos no al principio. Era un capitán de barco, un contrabandista, un hombre que desafiaba al Imperio Otomano con un cascarón de nuez y más cojones que cerebro. Compró la isla por un cargamento de seda robada y una promesa de sangre a un pachá local. Aquí escondía mercancía, y aquí escondió a mi bisabuela, una mujer que, según la leyenda, era una princesa secuestrada de algún harén. O una prostituta que le salvó la vida. Las historias varían. —Sonrió, una mueca amarga—. La familia Konstantinou siempre ha sido buena para las leyendas. Malos para la verdad.
—¿Y tu abuelo? —pregunté, curiosa por primera vez sin la urgencia de una estrategia.
—Mi abuelo fue quien construyó el palacete. Quiso ennoblecer el nido de contrabandistas. Se casó con una italiana, una noble venida a menos, y llenó esto de frescos, mármoles y pretensiones. Duró una generación. Mi padre lo odiaba. Decía que era un monumento a la hipocresía, a intentar ser lo que no se era. Por eso lo dejó caer en ruinas. Por eso Ariadne quiere venderlo. Y por eso yo… —Se detuvo, buscando las palabras—. Por eso yo no sé qué hacer con él.
Me volví para mirarlo. Su rostro, iluminado por las llamas de la chimenea, era un mapa de contradicciones: dureza y vulnerabilidad, ambición y cansancio, odio y un amor tan enterrado que apenas asomaba.
—¿Y si no tuvieras que hacer nada con él? —pregunté—. ¿Y si solo lo dejaras ser? Las ruinas no piden ser restauradas. Solo piden no ser olvidadas.
Él me miró durante un largo momento. Luego, una sonrisa lenta, genuina, iluminó sus facciones.
—A veces hablas como un oráculo, leónissa mou. O como una terapeuta. No estoy seguro de cuál me asusta más.
—Soy las dos cosas —respondí, riendo—. Y también soy la mujer que casi muere por tus guerras familiares. Eso me da derecho a opinar.
—Cierto. —Su mano acarició mi nuca con una suavidad que contrastaba con todo lo que sabía de él—. ¿Te arrepientes?
La pregunta flotó en el aire, cargada de un significado que iba más allá de las palabras.
—No —dije, y era la verdad más pura que había pronunciado en meses—. Me da miedo a veces. Me aterra lo que podría pasar. Pero no me arrepiento. Por primera vez en mi vida, siento que estoy exactamente donde debería estar. Haciendo exactamente lo que debería hacer. Incluso si no sé qué es.
—Eso —murmuró él, atrayéndome hacia sí con cuidado— es lo más cerca que he estado de la paz en años.
Nos quedamos así, en silencio, mientras la noche caía sobre Thalassini y el fuego crepitaba como un antiguo dios doméstico. El viento del mar aullaba fuera, pero dentro solo existíamos nosotros, el calor de la chimenea y la extraña certeza de que, después de todo, habíamos encontrado algo que ninguno de los dos buscaba.
---
A la mañana siguiente, el sol se derramó sobre la isla como una bendición líquida. Desperté en la cama improvisada, junto a Ari, cuyo sueño era profundo y sin sobresaltos por primera vez en días. Me deslicé fuera sin despertarlo y salí a explorar.
Las ruinas del palacete eran un laberinto de piedra y memoria. Caminé entre columnas caídas, frescos descoloridos por la intemperie, mosaicos rotos donde aún se adivinaban delfines y tritones. En una capilla en ruinas, encontré lo que parecía un altar: una losa de mármol con una inscripción en griego antiguo, casi borrada por el tiempo y la sal.