La Acompañante del Magnate Griego

Capítulo 17

La respuesta de Ariadne llegó tres días después, no con la rapidez de un mensaje de texto, sino con la lentitud ceremoniosa de una carta manuscrita entregada por un mensajero en un yate que fondeó a un kilómetro de la costa de Thalassini. El sobre era de papel verjurado color marfil, cerrado con lacre rojo y el sello de los Stavros: un águila bicéfala con las alas extendidas sobre un escudo partido.

Ari lo sostuvo en la mano sana durante un largo minuto, como si pesara más que cualquier documento legal.

—Es su forma de decirme que esto no es una trampa —murmuró—. El lacre, el mensajero, la distancia. Todo es un mensaje: vengo de buena fe, pero con cuidado.

—¿Viene? —pregunté, aunque la respuesta era obvia.

—Viene. Mañana al mediodía. Sola, dice. Sin abogados, sin periodistas, sin escoltas. —Me miró, y en sus ojos había una mezcla de esperanza y escepticismo—. ¿Crees que es posible?

—No lo sé —admití—. Pero si hay algo que he aprendido contigo es que lo imposible solo es cuestión de ángulo.

Él sonrió, esa sonrisa suya que cada vez era menos cálculo y más emoción genuina.

—Mi leona filósofa. Vamos a preparar la isla. Si mi hermana viene de paz, que encuentre un lugar en paz.

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El mediodía siguiente llegó envuelto en una luz cristalina, el cielo despejado como una bóveda de zafiro. El yate de Ariadne apareció en el horizonte puntual como un reloj suizo, y desde la pequeña embarcación que la trajo a la isla, la vimos desembarcar sola, vestida con una sencillez que contrastaba radicalmente con sus trajes de batalla: pantalones de lino blanco, una blusa de seda cruda, el pelo suelto y sin joyas. Por primera vez, parecía no una rival, sino una mujer. Una mujer cansada.

Yo esperaba en la terraza del palacete, junto a una mesa que habíamos preparado con aceitunas, pan, queso fresco y vino blanco de una isla vecina. Ari estaba a mi lado, su bragio aún inmovilizado, pero su postura más relajada de lo que recordaba haberla visto jamás.

Ariadne subió la escalinata con paso firme pero sin prisa. Cuando llegó a la terraza, sus ojos azules recorrieron el escenario: la mesa humilde, el mar de fondo, nosotros dos esperando. Luego, algo inesperado: una sonrisa. Pequeña, casi imperceptible, pero genuina.

—No es la bienvenida que esperaba —dijo, su voz sin el filo de las conferencias—. Esperaba abogados, guardaespaldas, un campo de batalla.

—La guerra cansa —respondió Ari, indicándole una silla—. Nos cansó a todos. Siéntate, Ariadne. Come. Bebe. Hablemos.

Ella dudó un instante, luego aceptó. Se sentó frente a nosotros, y por primera vez la vi como lo que era: su hermana. Los mismos gestos, la misma intensidad en la mirada, la misma forma de inclinar la cabeza al escuchar. La sangre, a pesar de todo, hablaba su propio idioma.

—Te pareces a él —dijo Ariadne de pronto, mirándome—. No físicamente. En la forma de estar. Como si el mundo fuera un tablero y tú ya hubieras calculado todos los movimientos.

—No calculo —respondí, sirviéndole vino—. Solo observo. Y a veces, cuando observas lo suficiente, entiendes.

—¿Y qué entiendes de mí? —preguntó, con un dejo de desafío que ya no era agresivo, sino casi vulnerable.

—Que no quieres la isla. —La miré directamente a los ojos—. Que quieres que te vean. Que te recuerden. Que no seas la nota a pie de página en la historia de los Konstantinou. Y que estás harta de luchar sola.

El silencio que siguió fue tan denso que podía oírse el latido del mar contra los acantilados. Ariadne bajó la mirada hacia su copa, y cuando volvió a levantarla, sus ojos estaban húmedos.

—¿Quién te crees que eres para decirme eso? —susurró, pero no había veneno en sus palabras. Solo cansancio.

—Alguien que también ha sido invisible —dije—. Alguien que también ha tenido que luchar para ser vista. La diferencia es que yo encontré a alguien que me vio. Tú… todavía estás buscando.

Ari observaba el intercambio sin intervenir, pero su mano encontró la mía bajo la mesa y la apretó con una gratitud que no necesitaba palabras.

—Nuestro padre —comenzó Ariadne, su voz quebrándose ligeramente— nunca me vio. Para él, yo era la hija que debía casarse bien, que debía adornar su apellido, que debía desaparecer en la sombra de un hombre poderoso. Ari era el heredero, el elegido, el que continuaría su legado. Yo era… un activo. Un bien negociable. —Bebió un sorbo de vino, como si necesitara el alcohol para continuar—. Cuando me casé con Alain, pensé que por fin sería alguien. Pero Alain me ve igual que papá: un medio para un fin. Una conexión, una fortuna, una fachada. Nunca una persona.

—Lo siento —dijo Ari, y la palabra sonó tan extraña en su boca que ambos lo miramos—. Lo siento por no haberte visto tampoco. Estaba tan ocupado construyendo mi fortaleza, protegiéndome del mundo, que no me di cuenta de que tú también estabas fuera, llamando a la puerta.

Ariadne lo miró con una mezcla de incredulidad y esperanza.

—¿De verdad lo sientes? ¿O es otra estrategia?

—Es verdad —respondió él, sin dudar—. Y lo demostraré. La isla es tuya también. La mitad. No por obligación legal, sino porque es lo justo. Y quiero que juntos decidamos qué hacer con ella. No yo. Nosotros. Como hermanos.




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