La Acompañante del Magnate Griego

Capítulo 18

El verano en Thalassini se desplegó como un pergamino antiguo, lento y dorado, cada día una página nueva en una historia que aún estábamos escribiendo. Las obras de restauración habían comenzado, no con la prisa de los proyectos de Ari, sino con la paciencia de los arquitectos que entienden que algunas cosas no pueden apresurarse. Andamios de madera abrazaban las paredes del palacete como costillas de un esqueleto en curación, y los artesanos llegaban cada mañana en pequeñas embarcaciones desde las islas vecinas, trayendo consigo herramientas, canciones y el olor del pan recién horneado.

Yo había encontrado un ritmo, una forma de habitar este lugar que no era ni la sumisión de los primeros días ni la batalla constante de las últimas semanas. Era algo más parecido a la paz, aunque una paz vigilante, consciente de que el mundo exterior seguía existiendo, con sus abogados y sus periodistas y sus guerras silenciosas. Pero aquí, en Thalassini, esas realidades parecían desdibujarse, volverse borrosas como el horizonte en los días de calima.

Ari seguía yendo y viniendo. Sus negocios no se detenían, y el imperio requería atención constante. Pero cada vez que el helicóptero se perdía en el azul del cielo, yo sabía que volvería. Y cada regreso era un poco más largo, un poco más permanente. Poco a poco, Thalassini se estaba convirtiendo no solo en su refugio, sino en su hogar. En nuestro hogar.

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Una mañana de finales de agosto, mientras el sol apenas comenzaba a calentar las piedras de la terraza, recibí una llamada inesperada. El teléfono vibró sobre la mesa de madera donde desayunaba sola, y el nombre en la pantalla me heló la sangre: María Mellis. Mi madre.

No hablaba con ella desde hacía más de tres años. Desde aquella discusión brutal en la cocina de su piso en el barrio de Kypseli, cuando le dije que me iba a trabajar como traductora independiente y ella me llamó «ingenua», «soñadora», «una niña que no entiende el mundo». Desde que me fui sin mirar atrás, cargando con mi título, mis pocos libros y una maleta de segunda mano. Desde que, en cierto modo, empecé a morir para convertirme en otra persona.

—¿Mamá? —contesté, la voz extrañamente ajena.

—Dafne. —Su voz era la misma: ese timbre grave, ligeramente áspero por años de fumar sin filtro, esa forma de pronunciar mi nombre como si aún tuviera cinco años y hubiera hecho algo malo—. Necesito verte.

—¿Qué pasa? ¿Estás bien? —El miedo me apretó el estómago. A pesar de todo, era mi madre.

—Estoy bien. Bueno, no del todo. —Una pausa, el sonido de una calada profunda—. Tu padre… tu padre ha muerto.

El mundo se detuvo. No el mundo de Thalassini, no el mundo de Ari, sino el mundo interior, el que creía haber enterrado hacía años. Mi padre. Dimitris Mellis. El hombre que se fue cuando yo tenía doce años, dejando a mi madre con deudas, con rabia, con una hija que aprendió a odiarlo por el daño que causó. El hombre que, según las pocas cartas que llegaban en sobres arrugados, había rehecho su vida en Australia, con otra mujer, otros hijos, otro país. Un extraño con mis genes.

—¿Cómo? —pregunté, y la palabra salió hueca, mecánica.

—Cáncer. Le diagnosticaron hace seis meses. No quiso que lo supieras. No quiso… molestarte. —Su voz se quebró ligeramente, y por un instante, oí a la mujer que había amado a ese hombre, a pesar de todo—. Su mujer, Katerina, me llamó. Dice que hay un funeral el viernes en Atenas. Que le gustaría que estuvieras. Que él… que él siempre hablaba de ti.

Siempre hablaba de mí. Un hombre que me abandonó, que eligió otro continente, otra vida, otros hijos, y sin embargo… siempre hablaba de mí. La ironía era tan cruel que casi podía saborearla.

—No sé si puedo —dije, y era verdad. No sabía si podía enfrentar eso. No sabía si quería.

—Dafne —la voz de mi madre cambió, se volvió más suave, más humana de lo que recordaba—. No te pido que lo llores. No te pido que lo perdones. Solo… ven. Por ti. Para cerrar algo. Porque si no lo haces, ese vacío te perseguirá el resto de tu vida. Lo sé. Me persigue a mí.

Colgamos sin más. Me quedé mirando el mar, las olas rompiendo contra los acantilados, la inmensidad indiferente del Egeo. Mi padre había muerto. Un hombre al que apenas conocía, al que había aprendido a odiar por obligación, por lealtad a una madre herida. Y ahora, ese odio se quedaba sin objeto, flotando en el vacío como un barco sin ancla.

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Ari llegó esa tarde, y en cuanto me vio supo que algo había cambiado. No preguntó de inmediato. Se sentó a mi lado en la terraza, esperando, respetando mi silencio como solo él sabía hacerlo.

—Mi padre ha muerto —dije al fin, sin mirarlo.

Él no se movió. Luego, su mano sana encontró la mía, y la apretó.

—Lo siento —dijo, y su voz era tan simple, tan sincera, que las lágrimas que había estado conteniendo brotaron por fin.

—No sé por qué lloro —susurré entre sollozos—. No lo conocía. Me abandonó. Le odiaba. ¿Por qué lloro?

—Porque era tu padre —respondió Ari, atrayéndome hacia él con cuidado—. Porque el amor y el odio a veces son la misma cosa. Porque duele, aunque no sepas exactamente qué duele.

Lloré mucho rato, acurrucada contra su pecho, mientras el sol se ponía sobre Thalassini y el mar se teñía de púrpura y oro. Cuando las lágrimas se secaron, me quedé allí, vacía pero extrañamente en paz.




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