La Amante

Capitulo 1

—Es una jodida obra de arte, Borja. Suave, letalmente femenina… No estaba en mis planes, te lo juro, pero me ha caído del cielo. ¿Y qué voy a hacer? ¿Ignorar un milagro? —Juan Beltrán se reclinó en el sillón de cuero italiano, agitando su copa de coñac con una sonrisa de depredador—. Se supone que el hombre propone y el destino dispone, ¿no? Pues el destino me ha puesto en bandeja lo mejor que me ha pasado en años. Borja obserbó a Juan con una mezcla de hastío y fascinación clínica. Siempre le había asombrado cómo un tipo tan moralmente volátil como Juan había terminado casado con Diana Mechado. Diana no solo era heredera de un imperio; era elegancia pura. Y Juan, tras cinco años de lamer las botas de su suegro, finalmente había heredado las llaves del reino: la dirección general de los laboratorios de cosmética Mechado. —Mi suegro por fin se ha largado a su estúpida vuelta al mundo —continuó Juan, con los ojos brillando de una euforia casi maníaca—. Me dejó el despacho, los laboratorios y, lo mejor de todo, a la secretaria. Borja, no me mires así. No es solo sexo. Es... una obsesión. ¿Tengo yo la culpa de haberme enamorado de esa manera? Borja no respondió. En su mente, hacía el recuento: Juan tenía una esposa de clase mundial, dos hijos que parecían sacados de un catálogo de moda infantil, una fortuna blindada y, ahora, una amante que probablemente tenía la mitad de su edad y el doble de ambición. Juan era un pecador genético; lo llevaba en la sangre. Incluso de viejo, Borja estaba seguro de que Juan intentaría seducir a la enfermera que le cambiara el suero. Juan, ignorando el silencio sepulcral de su amigo, se inclinó hacia delante, bajando la voz. —Como volamos juntos a Madrid, tengo horas para darte los detalles... y créeme, los detalles son lo mejor. Pero dime, ¿qué demonios haces tú en Londres embarcando hacia España justo hoy? —Lo que ves. Intentando llegar a casa —replicó Borja, con una voz profunda que cortaba el aire—. Y lamentando que el espacio aéreo sea lo suficientemente pequeño como para tener que aguantar tu verborrea durante el trayecto. —No seas un amargado, Borja. Somos viejos amigos. —Juan —Borja se enderezó, y su presencia pareció ocupar todo el salón VIP, volviéndose repentinamente peligrosa—. Fuimos compañeros de universidad. Yo era el novato que intentaba estudiar mientras tú buscabas en qué cama meterte. No confundas la nostalgia con la amistad. —Eres un cínico —Juan soltó una carcajada, sin sentirse ofendido—. Te pones así porque te recuerdo quién eres de verdad. ¿Recuerdas nuestra primera noche de juerga en Madrid? Tú eras un puritano en pañales hasta que yo te puse en las manos a aquella mujer. Fui yo quien te despertó, Borja. Yo te enseñé lo que se siente cuando el deseo te quema la piel por primera vez. No me digas que ya se te olvidó. Borja apretó la mandíbula. La mención de aquel despertar físico le provocó un eco involuntario en la ingle, una tensión que detestaba compartir con alguien como Juan. Borja se acomodó en la butaca de cuero de la cabina de primera clase, sintiendo el ronroneo de los motores del avión como una vibración que le recorría la columna. A pesar de todo, siempre había sentido una especie de afecto retorcido por Juan. Era un botarate, sí, un hombre que vivía en la superficie de las cosas, pero tenía esa vitalidad contagiosa de los que no conocen la culpa. Juan había jugado bien sus cartas: se casó con Diana —que era el epítome de la elegancia y el poder—, había procreado herederos perfectos y había sobrevivido a un suegro que era un auténtico tiburón de los negocios. Y ahora, como guinda del pastel, tenía esa nueva obsesión. Borja, por el contrario, no le envidiaba nada. Prefería su libertad ganada a pulso en el frío mundo de las multinacionales británicas que la jaula de oro de Juan, donde cada paso era auditado por un suegro cascarrabias. Sin embargo, no podía evitar observar a su amigo con una curiosidad casi cínica. —Me estás juzgando, lo huelo desde aquí —dijo Juan, pidiendo otra copa de champán a la azafata con una mirada que era puro flirteo descarado—. Pero Borja, si la vieras... Si sintieras cómo me mira desde el otro lado de la mesa de juntas, entenderías por qué estoy dispuesto a arriesgarlo todo. Borja desvió la mirada hacia la ventana, donde las nubes se teñían de naranja bajo el sol poniente. Pensó en la idea de una mujer capaz de desestabilizar a un hombre como Juan. Él mismo no se permitía esas debilidades; sus encuentros eran transacciones de placer mutuo, limpias y sin complicaciones. Pero algo en la voz de Juan, una nota de urgencia casi animal, le hizo preguntarse qué se sentiría al desear a alguien hasta el punto de la autodestrucción. —No te juzgo por tener una amante, Juan —respondió Borja, su voz era un barítono bajo que parecía vibrar en el aire presurizado—. Te juzgo por ser tan descuidado de enamorarte de ella. El sexo es un deporte; el amor, en tu posición, es un suicidio. Juan soltó una carcajada seca y se inclinó más hacia él, invadiendo su espacio personal. —No es amor, Borja. Es hambre. Es esa clase de necesidad que te hace querer morder, marcar, poseer. Ella tiene una forma de caminar, de ajustar su falda de tubo, de humedecerse los labios cuando lee un informe... que me hace olvidar que tengo una familia esperándome en Madrid. Es piel, Borja. Piel pura y fuego. Y sospecho que tú, detrás de esa fachada de monje corporativo, mueres por un poco de ese incendio. Borja no respondió, pero sus dedos se cerraron con fuerza sobre el reposabrazos. La descripción de Juan era demasiado vívida, demasiado táctil. Podía imaginar perfectamente la tensión de esa falda, el sonido de una respiración agitada en una oficina cerrada con llave... El avión alcanzó su altitud de crucero, suspendido en un cielo de color violeta eléctrico. Juan se desabrochó el cinturón con un gesto impaciente, como si la seda de su propia camisa le apretara, y volvió a la carga. Borja, impasible, observaba cómo su amigo se desmoronaba en una confesión que oscilaba entre el orgullo y el delirio. No se veían desde la boda. Borja recordaba bien aquel evento: un despliegue de poder en una finca de Toledo, con la jet set madrileña brindando por una unión que parecía más un tratado de paz que un romance. Juan se había convertido en el consorte real, el químico brillante que ahora vestía trajes a medida de tres mil euros. —Te lo digo en serio, Borja —siseó Juan, inclinándose tanto que el aroma de su obsesión parecía llenar el cubículo de primera clase—. Mi suegro por fin soltó las riendas. Soy el Director General, tengo el mando total... pero el verdadero regalo fue la herencia que dejó en la mesa de al lado. Su secretaria. Juan cerró los ojos un segundo, como si estuviera invocando una imagen táctil. —Es una chica de película, pero no de las que tú crees. No es una muñeca de porcelana. Es... magnética. Tiene esa juventud insolente que no pide permiso. El primer día que entró en mi despacho, llevaba unos tacones que sonaban como una sentencia sobre el parqué. Se sentó frente a mí, cruzó esas piernas infinitas y me miró directamente a los ojos mientras tomaba notas. No llevaba sujetador bajo la blusa de seda, Borja. Pude ver el relieve de su deseo desafiándome cada vez que respiraba. Borja sintió un pulso incómodo en la garganta. —Es sensible, femenina, pero tiene una oscuridad que me vuelve loco —continuó Juan, con la voz rota por un deseo evidente—. El viernes pasado, después de que todos se fueran, la encontré en el archivo. La luz era escasa. Me acerqué para preguntarle por un expediente y, cuando se giró, el aire simplemente desapareció. Me puso una mano en el pecho, solo un roce, pero quemaba. Me dijo: "Señor Beltrán, su suegro era un hombre de reglas... espero que usted sea un hombre de instintos". Juan se pasó una mano por la cara, visiblemente agitado. —Dios, Borja. Me la imaginé allí mismo, sobre la mesa de juntas, rompiendo cada protocolo, cada contrato de confidencialidad, cada gramo de mi maldita decencia. Borja soltó un bufido, tratando de mantener su máscara de indiferencia, aunque por dentro, la imagen de esa mujer —joven, divina y peligrosa— empezaba a instalarse en su propia imaginación de una forma que no podía controlar. La azafata, una mujer de uniforme impecable y movimientos coreografiados, se acercó con el carrito de cortesía. Juan la interceptó con una sonrisa ensayada, esa que usaba para suavizar a los proveedores y seducir a las extrañas, y tomó un ejemplar del Financial Times solo por pura estética. Borja, por su parte, rechazó la prensa inglesa con un gesto lánguido de la mano; las noticias del mundo le parecían ruido blanco comparadas con el desastre inminente que tenía sentado al lado. Juan dejó el periódico sobre sus rodillas, sin intención de leer una sola línea, y se inclinó de nuevo hacia Borja. —Ya sabes cómo soy, Borja. Amo a Diana, de verdad. Es la madre de mis hijos, es la mujer perfecta para presidir una mesa... Pero, joder, soy un hombre sensible. La secretaria llevaba dos años con mi suegro, atrapada en esa rutina gris. En cuanto tomé el mando, fue como si el aire en la oficina cambiara de densidad. Me enamoro fácil, ya lo sabes, y aunque no he dejado de querer a mi mujer... bueno, a Diana me la sé de memoria. Conozco cada uno de sus gestos, cada respuesta, cada rincón de su cuerpo. Y ella...ella, es una frecuencia nueva. Juan bajó la voz, su tono se volvió más denso, casi húmedo. —Lo peor es que estas cosas empiezan como un juego de oficina, un roce accidental en el ascensor, y terminan convirtiéndose en algo visceral. No he llegado al punto de no retorno, pero si no me pongo un freno, me voy a volver loco por ella. Es una adicción, Borja. Piel y adrenalina. —¿Y ella? —preguntó Borja. Su tono era plano, casi aburrido, pero sus ojos estaban clavados en el horizonte, como si estuviera diseccionando la situación en un laboratorio mental. —Fue un flechazo —sentenció Juan con una convicción casi infantil—. Eléctrico. Mutuo. —Por favor, Juan. Deja de ser tan romántico. Tú, como mucho, habrás sentido un calentón. —Te juro que no es una más —protestó Juan, ofendido en su orgullo de seductor—. Es algo esencial. Hay una conexión ahí que va más allá de lo físico, aunque lo físico sea... Dios, Borja, si vieras cómo me mira mientras le dicto los informes, cómo juega con el bolígrafo entre los labios... Borja soltó una carcajada seca, cargada de cinismo. —Dime una cosa... ¿no se te ha ocurrido que, antes de que tú aparecieras por la dirección, ella ya estuviera "atendiendo" los asuntos privados de tu suegro? Al fin y al cabo, era su mano derecha. Juan soltó un improperio, visiblemente molesto por la sugerencia. —¿Mi suegro? No digas estupideces. El viejo es un bloque de hielo, un puritano de la vieja escuela. Si tiene amantes, que seguro las tiene, no es tan estúpido como para meterlas en su despacho y mezclarlas con los balances. No, Borja. Esto es nuestro. Empezó de la nada, sin que yo me diera cuenta. Y ella... ella estaba tan indefensa ante esto como yo. Fue una emboscada de los sentidos. Borja pensó que en ese mundo de tiburones y cosmética, nadie era realmente "indefenso". —Juan, sigues siendo un ingenuo —sentenció Borja. Juan lo miró, genuinamente desconcertado. Las luces de lectura de la cabina proyectaban sombras afiladas sobre su rostro. —¿A qué te refieres con eso? —A que es matemática pura, amigo mío. Si fue tan fácil para ti "conectar" con ella, imagina cuántos cables habrán intentado enchufarse ahí antes que tú. Una secretaria de dirección en este nivel de juego no es una mansa palomita. Juan bajó la mirada de golpe. Borja sintió un pequeño sobresalto interno; conocía a Juan desde hacía una década y jamás lo había visto así. No era el silencio de un hombre ofendido, era el rubor de alguien que guardaba un secreto sagrado. —No, Borja. Estás equivocado. Ella... ella era virgen —soltó Juan en un susurro cargado de una extraña reverencia. Borja no saltó de su asiento porque el control era su religión, pero sus ojos se clavaron en Juan. En el mundo de los negocios internacionales, las modelos de Instagram y la alta sociedad madrileña, la palabra "virgen" sonaba casi como un anacronismo erótico, una reliquia peligrosa. —Puedes creértelo o no, pero es la verdad —continuó Juan, recuperando algo de su vehemencia—. Escucha, yo he dado seis vueltas de ida y vuelta al mundo de las mujeres antes de que una niña aprenda a ponerse los tacones. Sé distinguir la experiencia de la inocencia. Ella era pura, ingenua... casi intocable. Su única obsesión era cumplir con su trabajo para mi suegro y perfeccionar su inglés, porque el francés y el alemán ya los domina como una nativa. Y otra cosa, para que te quede claro: no busca mi dinero. Gana casi tanto como yo; ya sabes lo que cobra una asistente ejecutiva bilingüe en una multinacional. Es una jodida fortuna. Ella no necesita mis trapos, necesita... esto. A Borja, que normalmente despreciaba los dramas ajenos, le empezó a palpitar una vena de curiosidad malsana. No por Juan, cuyos trucos de seducción eran predecibles, sino por la chica. Una mujer joven, brillante, políglota y, según Juan, poseedora de una castidad que él mismo se había encargado de profanar. —Me estás diciendo que se enamoró —concluyó Borja, su voz ahora era un ronroneo bajo. —Pues... sí. Se entregó por completo. —Juan, ya te encargarías tú de usar toda tu artillería para que eso pasara. —Me entró por los ojos, Borja. No sé cómo explicártelo sin que suene cursi. Enternece, conmueve... Es femenina de una forma casi insoportable. Joven, preciosa... Y tiene unos ojos que te fascinan, que te atrapan como un animal en los faros de un coche. Yo no quería que llegáramos a esto. Siempre tengo miedo, y no por mí, sino por Diana. Yo la quiero, Borja. De verdad la quiero. Juan hizo una pausa, mirando a su amigo con una vulnerabilidad casi patética. —Tú no te has casado, ¿verdad? No sabes lo que es el peso de una lealtad que se agrieta bajo el peso del deseo puro. —Claro que no me he casado —respondió Borja, con una sonrisa gélida—. No olvides que me llevas cinco años. Acabo de cumplir los veinticinco y mi única prioridad es blindar mi puesto en la multinacional; Londres no perdona los errores, y el inglés técnico me está dando más dolores de cabeza que cualquier mujer. Además, no tengo nada que ofrecerle a una esposa. Prefiero ser el lobo solitario; se corre más rápido cuando no tienes que arrastrar el peso de nadie más. —Nunca he oído ese refrán, pero me da igual —bufó Juan, impaciente—. Te hablaba del matrimonio porque, lo quieras o no, la pasión es una mecha que se consume. Con el tiempo, el deseo por Diana se ha convertido en un cariño entrañable, algo cómodo, como un traje a medida... pero la novedad, Borja... la novedad es una droga. No sé si es amor. Solo sé que es algo que no puedo evitar. Ella y yo intentamos frenar, pusimos muros, pero la atracción fue un choque frontal. —Y te has lanzado al vacío sin paracaídas —sentenció Borja. —Exacto. Y para que veas que esto no es una transacción: jamás le he comprado nada. Ni joyas, ni bolsos de firma. Ella tiene su propio apartamento en el barrio de Salamanca, vive sola y... —No has tenido que pagarle el alquiler, entiendo —interrumpió Borja con una ironía que cortaba como un bisturí. —Lo dices con un sarcasmo que apesta —masculló Juan. —Juan, nos conocemos desde la facultad. Te aprovechaste de su inexperiencia, desplegaste toda tu artillería de CEO encantador y la atrapaste en tu red. Pero lo que me pregunto es: ¿qué le estás vendiendo ahora? ¿O es que ella es tan ingenua que acepta compartirte con una esposa y dos hijos? Juan tragó saliva, evitando la mirada inquisidora de su amigo. —Ella no sabe que todavía deseo a mi mujer. Le he dicho que me casé con Diana por puro interés estratégico, que los niños fueron un "accidente" del deber y que... —Ya sé por dónde vas —le cortó Borja—. Le has prometido el divorcio. —Se lo he mencionado, sí. —¿Y vas a hacerlo? Porque, que yo recuerde, cuando perseguías a Diana no hablabas de estrategias, hablabas de que era la mujer de tu vida. Que fuera rica fue solo un bonus para tu ego. Pero si hubiera sido una camarera, habrías caído igual, porque cuando se te mete algo entre ceja y ceja, pierdes la cabeza. —Tenía que decirle algo, Borja. No podía tenerla entre mis brazos y decirle que después me iría a cenar con mi esposa perfecta. —Estás en un callejón sin salida, Juan. Y las paredes se están estrechando. —No es así —insistió Juan, y su voz bajó a un registro casi febril—. Ella me ama. Me lo demuestra cada vez que cerramos la puerta del despacho o nos escondemos en su apartamento. Tú no tienes ni idea de lo que se siente al poseer una entrega tan absoluta, tan carente de artificios. Me digo mil veces que debo parar, que es peligroso, pero reincido. Hago malabarismos para no faltar a Diana, a la que sigo queriendo a mi manera, para poder escaparme y devorar a mi secretaria a solas. —Es un dilema de manual, Juan. Tarde o temprano, tendrás que elegir a quién vas a destruir. De repente, como si las palabras de Borja le hubieran quemado, Juan guardó silencio y se ocultó tras el periódico, fingiendo un interés repentino en las cotizaciones de bolsa para ocultar su propia agitación.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.