La Amante

Capitulo 2

uan no aguantó ni dos minutos fingiendo leer. Dejó caer el periódico, soltó un suspiro cargado de ansiedad y buscó de nuevo la mirada de su amigo, que seguía envuelto en su nube de humo y su desapego glacial. —Borja, ¿qué fue de tu hermano, Lam? Borja arqueó una ceja, volviendo lentamente de sus pensamientos. —¿A qué viene esa pregunta ahora? —No lo sé... Recuerdo que era un tipo brillante, con una seguridad envidiable. Estaba locamente enamorado de aquella inglesa, ¿Ingrid? —Se casó con ella, se divorció y ahora es el Director Regional de la multinacional para la que trabajo en España —respondió Borja con naturalidad—. Mi plan es ocupar su puesto cuando mi inglés sea impecable y yo dé el salto a la City de Londres. —¿Se divorció? —Juan pareció procesar la palabra como si fuera un idioma extranjero. —Por supuesto. Ahora vive con una chica suiza; no sé si se casarán y, francamente, a nadie le importa. Lam no tuvo hijos, así que cuando Ingrid pidió el divorcio, se lo dio de la forma más noble y civilizada posible. Ella ya se volvió a casar y vive en Holanda. Mira, Juan, el problema es que mi hermano tiene una mentalidad europea, líquida. Tú, en cambio, eres un español con negocios en el Reino Unido, pero tu cabeza sigue anclada en el siglo pasado. Eres un tradicionalista disfrazado de moderno, aferrado a tus orígenes y a tu maldito árbol genealógico. Borja se inclinó hacia él, y esta vez no hubo rastro de distracción en sus ojos. Su mirada era de acero. —¿Por qué demonios no dejas que esa chica viva su vida de verdad? Si tanto te importa, recomiéndala a otra empresa o despídela con una indemnización que la haga rica, pero no le consumas la juventud. Ya sabes lo que dicen: el deseo de hoy se cura con el de mañana. Pero tú no vas a hacer eso. Tú nunca te vas a divorciar de Diana, Juan. No vas a renunciar al imperio Mechado ni a tu estatus. Y seguir mintiéndole a esa secretaria no es un romance... es una violación emocional. La estás rompiendo por dentro solo para sentirte vivo un par de horas a la semana. Juan se quedó lívido. Las palabras de Borja habían aterrizado con la precisión de un dardo envenenado, desnudando la fealdad de su "gran historia de amor". —Eres un extremista, Borja —masculló Juan, tratando de sacudirse la culpa que las palabras de su amigo le habían inyectado. —No, Juan. Soy un tipo con un código —replicó Borja, y su voz bajó una octava, volviéndose peligrosamente tranquila—. Jamás engañaría a una mujer solo para meterme en su cama. Si quieres acostarte con ella, sé un hombre: dile que Diana es intocable, que el divorcio es una fantasía y que si te acepta como un amante a tiempo parcial, perfecto. Si no, déjala ir para que encuentre a alguien que no tenga que esconderla en hoteles de paso. Por cierto, si era tan "pura" como dices... ¿cuánto tiempo llevaba trabajando para tu suegro? —Dos años. Es solo una cría, Borja. —¿Una "cría" de treinta años? —preguntó Borja con sarcasmo, asumiendo que para Juan cualquier mujer menor que su esposa era joven. —¡No digas tonterías! Tiene veinte años recién cumplidos. Esta vez, el control de Borja estuvo a punto de quebrarse. No saltó de su asiento, pero sus músculos se tensaron bajo el traje de sastre con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Miró a Juan no como a un amigo, sino como se mira a un espécimen moralmente deforme. —¿Veinte años? —repitió Borja, y la palabra sonó como una acusación—. ¿Tiene veinte años y la tienes atrapada como tu amante mientras juegas a los laboratorios? —Oye, no me mires así... —Juan levantó las manos en un gesto defensivo, aunque sus ojos brillaban con esa mezcla de orgullo y lascivia—. Ella sabe que tengo una familia. Me costó Dios y ayuda que cediera, tuve que ser persistente, pero al final... resultó más fácil de lo que pensaba. Se enamoró de mí, Borja. Es un amor de esos que ya no existen, puro, sincero. Me mira como si fuera su puto centro del universo. Borja sintió una punzada de náuseas. Imaginó a una chica de veinte años —prácticamente una adolescente en términos de experiencia emocional— enfrentada a un tiburón de treinta y tantos con el colmillo retorcido y el respaldo de una fortuna. —No es amor, Juan —dijo Borja,—. Es un asalto. La has deslumbrado con el poder y el despacho de dirección, y ahora te regocijas en su entrega porque te hace sentir joven. Pero recuerda una cosa: las chicas de veinte años crecen. Y cuando se dé cuenta de que le has robado sus mejores años con promesas de papel mojado, el incendio que has provocado te va a quemar a ti también. Juan no respondió. Se limitó a ajustar el nudo de su corbata frente al espejo del mamparo, preparándose para el aterrizaje, para Diana y para la farsa que era su vida. —Y le prometiste el divorcio para conseguir que se quitara la ropa —sentenció Borja, sin un gramo de piedad en la voz. Juan hundió los hombros y bajó la cabeza, derrotado por la lógica fría de su amigo. —Mira, es el único pecado real que he cometido. Pero entiéndelo, Borja... para mí, Elena es el aire puro, lo esencial, la adrenalina que me hace sentir que todavía estoy vivo. Es lo más importante que tengo ahora mismo. Pero Diana... Diana es mi esposa. Es la madre de mis hijos. La quiero, joder, aunque el deseo ya no sea ese incendio incontrolable de los primeros años. No sé si soy capaz de explicarlo. —Te explicas con una claridad aterradora —replicó Borja. Se cruzó de brazos, observando a su amigo con una mezcla de desprecio y reconocimiento—. Diana es la institución, el puerto seguro al que nunca vas a renunciar. Pero eres un adicto a la frescura, a la carne joven que no tiene pasado. Te gusta la novedad porque te refleja una imagen de ti mismo que te encanta. Borja hizo una pausa, recorriendo a Juan con una mirada clínica. —Eres un tipo jodidamente atractivo, Juan. Siempre lo has sido. Ya en la universidad, cuando salíamos en grupo, no necesitabas esforzarte. Con ese pelo castaño que parece diseñado para que lo enreden unos dedos, esos ojos azules que fingen una sinceridad absoluta y tu presencia física... eras lo que las mujeres llaman un espécimen de primera. Un hombre capaz de enamorarlas hasta anularles el juicio. Juan esbozó una sonrisa amarga, pero Borja no había terminado. —Lo lamentable es que tu vanidad no te deja ver el daño que estás haciendo. No se puede ir por la vida perturbando la existencia de una mujer de veinte años que es libre y honesta. Porque, por lo que me cuentas, a ella le da igual tu puesto de Director General y tu cuenta corriente; tiene su propio sueldo y su propia vida. Pero se ha enamorado de ti. Y el amor, amigo mío, cuando se tiene esa edad, es la mayor de las debilidades. Es ingenuidad pura. La tienes desarmada, Juan, y la estás usando como combustible para tu crisis de los cuarenta. El avión terminó su maniobra de carreteo y se detuvo frente a la terminal. La señal de cinturones se apagó con un "clic" metálico que sonó como el disparo de una ejecución. —Espero que cuando ese amor se convierta en odio, sepas cómo manejar las cenizas . —Es un sentimiento tan jodidamente fuerte, Borja, que uno acaba convirtiéndose en un payaso —confesó Juan, con la voz quebrada por una mezcla de autocompasión y lascivia—. No eres capaz de renunciar a ese fuego ni por honestidad, ni por decencia, ni por nada. Te consume. Borja se detuvo en el pasillo del avión, girándose para lanzar sobre su amigo una mirada cargada de un sarcasmo letal. —Juan, por favor. Deja de actuar —le espetó Borja—. Estás hablando con alguien que te conoce las costuras. Estuve en tu boda, fui testigo de ese "sí, quiero", y soy de los que admiran a Diana de verdad. No me vengas con dramas de poeta torturado. Juan apretó los puños sobre el periódico, arrugando el papel con una violencia contenida. —¡Escúchame bien, Borja! Diana tiene mi edad. Crecimos juntos, nos deseamos hasta la locura. Cuando su padre me llamó "cazafortunas" en mi propia cara, ese desprecio fue la gasolina que necesitaba. Me obsesioné con ganar esa batalla, con poseerla a ella y a todo lo que representaba. —No me digas ahora que todo fue un trofeo y que no estabas enamorado de ella —dijo Borja, entornando los ojos. —¡Por el amor de Dios! ¿Quién podría negar que la amaba? —exclamó Juan, casi gritando—. Te repito que la quiero. No voy a divorciarme, no voy a romper mi familia. Pero me estoy destruyendo, Borja. Estoy agotado. Intentar mantener el ritmo, estar a la altura de las expectativas de Diana en la cama y, a la vez, satisfacer el hambre insaciable de una mujer de veinte años que me devora cada vez que cerramos la puerta del despacho... es insoportable. Mi cuerpo está llegando al límite. Borja lo recorrió con la mirada, desde su pelo castaño perfectamente peinado hasta sus zapatos de mil euros, sintiendo una mezcla de asco y fascinación. —Eres un animal, Juan. Una bestia —dijo Borja con una frialdad que helaba la sangre—. Te quejas de tu "sufrimiento" mientras tienes a dos mujeres excepcionales alimentando tu ego. Pero dime, ¿tiene Diana la más mínima idea de que su marido usa su energía sobrante como un "entretenimiento" de oficina? ¿Sabe que la estás comparando con una cría mientras duerme a tu lado? —¡Dios, no! —exclamó Juan, bajando la voz mientras la cabina se llenaba del sonido de los compartimentos abriéndose—. Pero empezó como un juego y ahora es... jodidamente serio. Infinitamente serio. Sé que no se puede amar a dos mujeres con la misma intensidad, pero no puedo dejar a ninguna. Es como si necesitara ambas partes de mi vida para no colapsar. Borja lo miró mientras se ajustaba el reloj de pulsera, un cronógrafo de acero frío. —Dime algo, ¿qué dice tu pequeña obsesión sobre ti? ¿Sobre ese divorcio ficticio que le has prometido en Netflix? —Nada. ¿Qué va a decir? Ella confía en que todo llegará cuando sea el momento. Tiene esa paciencia de quien cree en el destino. —No, Juan. Eso lo piensa ella porque es joven e ingenua. Tú sabes perfectamente que no vas a dejar a Diana y la estás estafando emocionalmente. —Es verdad —admitió Juan, frotándose la cara—. Por eso te lo cuento a ti. Si fuera un simple lío de una noche, me daría igual; todos los tíos de nuestro círculo tienen un desliz de vez en cuando y nadie se rasga las vestiduras. Pero esto con ella es... es una adicción. Es algo grande. —Y si Diana se entera, te destruye. A ti te quita el puesto de CEO y a la chica la deja en la calle con una mano delante y otra detrás. La voz de la azafata interrumpió la tensión, solicitando que enderezaran los asientos para el aterrizaje en Barajas. Juan obedeció, mirando por la ventanilla con impaciencia. —¿Ya estamos en Madrid? ¿De verdad han pasado dos horas? —rezongó Juan. —Algo menos —respondió Borja, observando la densa capa de polución y niebla que cubría la capital, una neblina que el sol de las once no tardaría en perforar—. El tiempo vuela cuando intentas justificar lo injustificable. El avión descendió con un rugido de motores. Juan, sintiendo que el tiempo se le acababa antes de volver a su realidad, insistió: —No me has dado una respuesta, Borja. A todo lo que te he confesado... ¿qué hago? —Corta por lo sano, Juan. Sé un hombre por una vez en tu vida y dile a esa chica que no te vas a divorciar. Déjala libre para que encuentre a alguien que no sea un fraude. Tiene veinte años; tiene derecho a una vida de verdad, no a ser tu secreto de oficina. —Es muy fácil dar lecciones desde fuera, Borja. —No son lecciones, es higiene mental. Yo no podría dormir teniendo en mi conciencia el futuro de una mujer,,, honrada... si es que me dices que lo es. —¡Lo es! —saltó Juan mientras el avión tomaba tierra con un impacto seco—. Ella era perfecta, vivía tranquila hasta que yo aparecí para ponerle el mundo del revés. Sé que no tengo derecho, pero joder, Borja... ¿quién es capaz de renunciar a algo tan joven, tan bello y tan entregado? —Un hombre con honor —sentenció Borja. —Soy un hombre de honor, pero no tengo la culpa de querer a mi mujer y, al mismo tiempo, desear como un animal a mi secretaria. Es una paradoja biológica, Borja. Cuando el avión se detuvo, Juan intentó recuperar el control. —Te llevo a la ciudad, Borja. Tengo el Porsche en el parking VIP del aeropuerto. Te dejo en tu casa de camino a la mía... —No. Yo también tengo mi coche aquí. Vine hace un par de días —respondió Borja, levantándose con una elegancia mecánica, colocándose su chaqueta de alpaca que le sentaba como una armadura—. Además, tengo cosas que hacer antes de ir al apartamento. Vivo solo, trabajo quince horas al día y luego tengo mi sesión de inglés avanzado. No voy a llegar a la central en Londres hablando como un turista. —¿No vamos a volver a vernos? —preguntó Juan, sintiéndose extrañamente abandonado por la solidez de su amigo. Borja bajó del avión con su maletín de piel, moviéndose con la seguridad de quien no tiene secretos que ocultar. —Sé dónde está tu despacho, Juan. Si me apetece ver cómo te hundes, iré a visitarte. Pero no olvides una cosa: tú estás en la cima, pero yo estoy subiendo por la pared vertical. Y mis manos están limpias. —Vales mucho, Borja —le gritó Juan mientras subían al autobús de la terminal. —Que valga no significa nada —replicó Borja, deteniéndose un segundo antes de separarse hacia el parking—. Soy un científico en una multinacional de investigación. Pero no he llegado ni a la mitad de mi meta. Quiero ser el Director Ejecutivo global, Juan. —Tu hermano ya es director allí... podrías pedirle un empujón. Borja se detuvo en seco y lo miró con una intensidad que hizo que Juan retrocediera un paso. —No quiero llegar por contactos, ni por influencias de sangre, ni por favores de cama. Si llego a la cumbre, será por mis propios méritos. Escuetamente. Sin deudas con nadie. Borja se dio la vuelta y se alejó hacia su coche, dejando a Juan solo con su Porsche, su culpa y el mensaje que acababa de recibir en el móvil: "Te espero en el despacho, jefe. He echado el cierre por dentro". —Espera, Borja. Por favor… —Juan se pasó una mano por el rostro, deshaciendo su imagen de éxito—. A veces pasas años sin un amigo real con quien hablar. Te rodeas de buitres de los negocios y casi lo prefieres. Pero de repente ves a alguien que es de verdad, un tipo íntegro como tú, y la necesidad de confesarse te quema por dentro. Borja abrió su coche, un deportivo alemán de líneas agresivas y minimalistas. Metió el maletín en el asiento trasero con un gesto preciso. —Si quieres, nos vemos en otro momento, Juan. Pero ahora tengo una agenda que cumplir. —Llévame tú —suplicó Juan—. Olvida mi coche, ya mandaré a alguien de la oficina a por él. Necesito hablar, Borja. No estoy bien conmigo mismo. No me gusto. Borja suspiró, soltando el aire con resignación. —Sube. Si tanto te urge, terminemos con esto, aunque me parece que a tu edad ya deberías tener los huevos pelados de tomar decisiones. El coche rugió al arrancar, deslizándose por la autopista hacia un Madrid que empezaba a despertar bajo la contaminación. —Estás inquieto, Juan. Sé sincero: ¿Diana sospecha algo de tus "vuelos nocturnos"? Juan se removió en el asiento de cuero. —¡Dios, no! Ella vive en su propia órbita. Tenemos una vida social intensa; le encantan las galas, las inauguraciones, las cenas benéficas… todo ese ruido que yo detesto. Yo soy un hombre de instintos, de deporte, de aire libre. Ella es una criatura del asfalto y el diseño. No tenemos grandes puntos de afinidad, pero nos respetamos. Diana presume de marido guapo en los estrenos y yo cumplo mi papel. Borja agitó una mano, cortando el aire. —No intentes venderme que Diana no te quiere para justificar tu lío. —¡Claro que me quiere! Pero nuestros mundos no encajan. Los domingos me llevo a los niños a la sierra a sudar, mientras ella se queda en el club con sus amigas y sus copas de Chardonnay. Ella no falta a un desfile de modelos ni a una fiesta en una discoteca de moda. Y yo tengo que estar ahí, sonriendo para la foto de Vanity Fair mientras me muero de asco. —Y tú, por supuesto, detestas todo eso —ironizó Borja—. Prefieres quedarte con… No lo digas, Juan. Me das grima —le cortó Borja, sintiendo el peso de la cursilería masculina—. Me vas a decir que tu "princesa" adora el campo y detesta el ruido social. Que sois almas gemelas. —Es que es así, Borja. Coincidimos en todo. Ella es mi refugio. ¿Es eso lo que te pido? ¿Un consejo? —No me gusta dar consejos que no me piden, Juan. Son una pérdida de tiempo. —Dámelo, joder. Te lo ruego. Tienes cinco años menos, pero siempre has tenido la cabeza más fría. Cuando yo me casaba a los veinticinco, tú ya estabas planeando conquistar el mundo. Borja detuvo el coche un momento en un semáforo, mirando a su amigo. —¿No tienes a nadie más a quien acudir? —No. Porque todos mis "amigos" ocultan sus propios cadáveres en el armario. Tú vas con la cara al descubierto. Prefiero tu honestidad brutal que la palmada en la espalda de alguien que hace lo mismo que yo. —Entonces escucha: deja a tu secretaria. Sé un hombre y dile que el divorcio es un cuento chino. Dile que no espere por ti. No permitas que se convierta en una de esas mujeres que entregan su juventud a un jefe que nunca deja a su mujer y terminan solas, con la piel marchita y el corazón seco. No tienes... derecho a hacerle eso. —Es cierto —murmuró Juan. —Si lo sabes, actúa. No eres un animal, Juan. Eres un tipo brillante, pero te has dejado cegar por la conquista. Si después de saber la verdad, ella decide quedarse a tu lado sabiendo que nunca serás suyo del todo, será su decisión. Pero ya no serás responsable de haberle robado el futuro a una mujer que, por lo visto, amas de una forma obsesiva. —Me aterra perderla —la voz de Juan bajó a un registro ronco, casi animal—. Tú no sabes cómo es ella en la intimidad. Es toda delicadeza. Un día intenté regalarle un solitario de diamantes, una sortija que me costó una fortuna. No la quiso. Dijo que le ofendía, que su amor no se tasaba en quilates. Es preciosa, Borja… ¡Es fuego puro! —Juan, deja el melodrama —replicó Borja mientras entraban en la Avenida de Rosales. El sol golpeaba ahora los ventanales de los pisos de lujo frente al Parque del Oeste—. Diana también es preciosa y te casaste con ella enfrentándote a todo un imperio. Tu suegro no pudo frenarte porque estabas hambriento de ella. —Sí, y la quiero, pero Diana siempre será la niña rica mimada, la heredera deseada. Yo nunca perdí mi humildad de becario que se dejó la piel estudiando. Mi secretaria… ella es mi igual. Mi "princesa". Borja frenó el coche frente al portal señorial donde Juan vivía. Una fachada de piedra y porteros de guante blanco. —Bájate, Juan. Tengo una vida que atender. Ya te he dicho lo que dicta mi conciencia, no hay demagogia en ello. Sé franco: si ella te quiere siendo un hombre casado, será vuestro infierno privado. Pero si la retienes con mentiras, eres un cobarde. —Y si se va… —¿Vas a encadenarla con promesas que sabes que nunca cumplirás? Eso no es amor, Juan. Es egoísmo puro. Juan descendió del vehículo, cerrando la puerta con un sonido sordo. Borja lo vio quedarse ahí, frente a su mansión, un hombre que lo tenía todo pero que mendigaba la juventud de una chica de veinte años. —Otro día me cuentas qué has decidido —concluyó Borja, metiendo primera y acelerando sin mirar atrás. Borja vio a Juan cerrar la puerta del portal desde el retrovisor. Sabía, con una certeza casi cínica, que su amigo no sería sincero. Juan preferiría quemar el mundo antes que perder la droga que significaba para él esa "princesa" de veinte años. Era el tipo de lío tóxico y laberíntico en el que Borja, con su mente analítica y su pulso de cirujano, se negaba a participar. Para Borja, la vida de Juan era ruido; la suya era frecuencia pura. Mientras conducía hacia la calle Alcalá, Borja desconectó. Juan pertenecía al mundo de las revistas de sociedad, de las fotos robadas en yates y los eventos patrocinados por marcas de lujo. Borja, en cambio, pertenecía al mundo del rendimiento. Su oficina en la central de la multinacional de energía nuclear era un templo de cristal y acero donde se negociaba el futuro, no el color de un lápiz de labios. Tras una reunión técnica de dos horas que resolvió con una eficiencia gélida, Borja regresó a su refugio en Islas Filipinas. Su loft era un ejercicio de minimalismo: techos altos, hormigón pulido y una iluminación inteligente que se ajustaba a su estado de ánimo. Se despojó del traje de alpaca y se metió bajo el chorro de agua fría de la ducha, dejando que el rastro de la verborrea de Juan se fuera por el desagüe. Almorzó solo en un bistro discreto de la zona de Chamberí, con un iPad frente a él repasando informes de fusión nuclear en inglés técnico. Mientras cortaba el filete con precisión, un pensamiento intrusivo cruzó su mente: a Juan le sobraba todo lo que a él le faltaba, y viceversa. Juan tenía demasiado ocio, demasiada facilidad, demasiado "corazón" mal gestionado. Tenía tanto que ya no sabía con qué quedarse, y esa abundancia terminaría por asfixiarlo. Borja, por el contrario, disfrutaba de su escasez elegida. Cada minuto de su día estaba proyectado hacia Londres. En menos de dos años, estaría junto a su hermano Lam en la cúspide de la City. No había espacio para secretarias vírgenes ni para esposas de alta alcurnia en su ecuación. Solo éxito.




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