La Amante

Capítulo 3

La academia de la calle Mozambique era un búnker lingüístico en pleno Madrid. Al cruzar el umbral, el castellano moría. Era un espacio de asfalto y cristal donde solo se escuchaba el fraseo rítmico de los nativos. Borja llegó cinco minutos tarde, sintiendo todavía el eco de la conversación con Juan en la nuca.

En la entrada se topó con Érika. Llevaba el pelo rubio recogido en una coleta alta, impecable, y vestía un abrigo de corte masculino sobre un vestido de punto que subrayaba su figura esbelta. Era frágil en apariencia, pero su altura y la seguridad de su zancada dictaban lo contrario.

—Hola, Érika —saludó Borja en un inglés perfecto, de acento afilado.

Ella se detuvo, sorprendida, y le devolvió el saludo en el mismo idioma, pero sus ojos verdes, profundos como un bosque húmedo, revelaban una fatiga que el maquillaje no lograba ocultar.

—No te he visto en dos días —dijo ella—. Pensé que ya habías decidido que tu nivel era suficiente para conquistar la City.

—Ni de lejos —replicó Borja, asiendo su codo con una familiaridad elegante mientras avanzaban por el pasillo—. Estuve en Londres por trabajo. Crees que dominas el idioma hasta que aterrizas en Heathrow y te das cuenta de que suenas como una rana intentando recitar a Shakespeare. ¿Cómo estás? ¿Cómo va... "lo tuyo"?

—Regular —confesó ella, y el tono de su voz bajó una octava, cargado de una melancolía que a Borja le resultó irritante y fascinante a la vez.

—Cenemos juntos después de clase —propuso él, con esa sonrisa que rara vez mostraba pero que era capaz de desarmar cualquier resistencia—. Una cena temprana, algo rápido. Necesitas salir de tu cabeza.

—No puedo, Borja. De verdad.

—¿Sigues atrapada en ese laberinto que tanto te inquieta?

Érika no respondió, pero la sombra que cruzó sus ojos verdes fue respuesta suficiente. Borja la observó en silencio. No la amaba, o al menos eso se decía a sí mismo cada noche. Pero era, sin duda, la mujer más exquisita que había conocido en Madrid. Tenía ese aire etéreo, una mezcla de modernidad cosmopolita y una esencia clásica que la hacía parecer intocable.

Llevaban un año compartiendo mesa y confidencias a medias. Sabía que era hija de un médico de provincias, que huyó a la capital cuando su padre rehízo su vida con otra mujer, y que llevaba dos años trabajando como secretaria de alta dirección. Pero lo que más le perturbaba era ese romance secreto, esa entrega absoluta a un hombre que ella nunca nombraba con claridad, pero que la mantenía en un estado de ansiedad permanente.

Borja pensó, no por primera vez, que si él fuera el tipo de hombre que cree en el matrimonio, Érika sería la elegida. Tenía la inteligencia, la clase y la belleza necesarias para ser la compañera de un tiburón financiero. Pero sabía que ella estaba perdida por otro. Un hombre que, sospechaba Borja con un presentimiento amargo, no la merecía.

Sentados hombro con hombro frente a la mesa de roble, rodeados de otros ejecutivos y profesionales que luchaban con los fonemas británicos, Borja y Érika mantenían su propio diálogo privado, una coreografía de susurros en inglés que nadie más se molestaba en descifrar.

—De modo que —insistió él, sin apartar la vista del manual de gramática—, ni siquiera una cena rápida conmigo.

—Imposible, Borja —respondió ella, con un tono final que ocultaba una urgencia física.

—Sigues enredada en eso.

—Lo estoy.

—¿No vas a cortar nunca con lo que te está consumiendo? —Borja se giró ligeramente, y por un segundo, sus ojos grises buscaron los verdes de ella, intentando encontrar una grieta en su resolución.

—Si pudiera... pero no es posible. No ahora.

—Eres demasiado joven para este nivel de complicaciones, Érika —añadió él, bajando aún más la voz, dejando que el acento inglés le diera un aire de confesionario—. El amor no es una sentencia de cadena perpetua. A lo largo de la vida se sienten dos, tres, media docena de incendios. Te lo advertí hace un año, cuando todavía tenías los frenos puestos.

—Ya era demasiado tarde entonces —susurró ella, y Borja notó cómo sus dedos apretaban el bolígrafo con una tensión nerviosa—. Mis sentimientos ya habían echado raíces profundas.

—¿No te da miedo que tu padre aparezca en Madrid y te encuentre en los brazos de un hombre que no tiene lugar para ti en su vida pública?

—Papá está absorto en su propia burbuja —dijo ella, con una mezcla de tristeza y desapego—. Adoraba a mi madre, pero cuando ella murió, simplemente se dejó llevar. Se casó con una mujer buena, pero dolorosamente simple. No tengo nada de qué hablar con ella, Borja. Es terrible, pero es la verdad. Papá se ha convertido en un médico rural de rutina: aspirinas y traslados al hospital más cercano. La mediocridad lo ha vencido.

—Y tú aquí, sola en este campo de minas que es Madrid.

—Sé cuidarme sola. Hice mi formación aquí, domino el francés por mis años en Burdeos y el alemán por Berlín. Solo quiero seguir creciendo profesionalmente.

—¿Y lo haces perdiendo tu mejor época con ese amor imposible?

Érika levantó la barbilla con una chispa de desafío que a Borja le recordó, con un golpe en el estómago, la arrogancia de Juan.

—No es tan imposible. Él se va a divorciar. Me duele por sus hijos, claro que me duele, pero cada uno debe luchar por su propia estabilidad. Si su esposa no supo retenerlo, si no supo ser lo que él necesitaba...

Borja sintió un frío repentino. La retórica de la "esposa que no entiende" era el guion universal de los hombres como Juan.

—¿Te vas a ver con él hoy? —preguntó Borja, con el corazón empezando a latir con una cadencia pesada.

—Sí. Ha estado de viaje de negocios y ha aterrizado hoy mismo —respondió ella, y una pequeña sonrisa de anticipación iluminó su rostro por primera vez—. Me llamó a la oficina nada más llegar. Aún no le he visto. Me espera en mi apartamento en una hora.

Borja se encogió de hombros, ocultando el torbellino de sospechas bajo una máscara de indiferencia profesional.




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