La Amante

Capítulo 4

Borja Artiaga era un maestro de la soledad selectiva. No conocía el aburrimiento porque su mente siempre estaba operando en segundo plano, procesando algoritmos de poder o perdiéndose en la arquitectura de una sinfonía clásica. Podía pasar horas en su loft de Islas Filipinas, rodeado de diseño minimalista y silencio, convencido de que la vida era una placidez absoluta o una carga soportable, dependiendo del cristal con que se mirara.

No era fatalista; era un estratega. Aceptaba la realidad como un conjunto de datos que debía gestionar. Y por eso, cuando la soledad de su apartamento empezó a resultarle demasiado estática, decidió salir. La noche de Madrid era cálida, pesada, con ese aroma a asfalto recalentado y libertad que solo tiene la capital en verano.

Bajó a la calle y subió a su coche. No tenía un destino fijo. Conducir por un Madrid semivacío era su forma de meditar. Pero, por un impulso casi magnético, terminó girando hacia Sor Ángela de la Cruz. Se detuvo ante el VIPS, ese santuario nocturno donde la luz fluorescente y el café de medianoche servían de refugio para noctámbulos y ejecutivos con insomnio.

Al entrar, el contraste lo golpeó. El local estaba atestado de gente, un murmullo de voces que chocaba contra las vitrinas . Borja escaneó la sala con su habitual frialdad, buscando un rincón donde pasar desapercibido, cuando sus ojos se clavaron en una mesa del fondo.

Se quedó paralizado. Su pulso, siempre bajo control, dio un vuelco.

Allí estaba Diana Mechado.

Era imposible no reconocerla. Conservaba esa distinción hereditaria que ninguna amante de veinte años podría imitar jamás. Estaba impecable, con una blusa de seda que brillaba bajo las luces del local, su melena oscura cayendo en ondas perfectas sobre sus hombros. Sonreía con una elegancia que rozaba la melancolía.

Pero no estaba sola.

Frente a ella, invadiendo su espacio personal con una confianza que no era de un simple conocido, se inclinaba un hombre. No era Juan Beltrán. Era un tipo más joven, con el aspecto de alguien que sabe manejar tanto los fondos de inversión como los secretos de alcoba. Hablaban en voz baja, tan cerca que sus alientos debían mezclarse.

Borja sintió una ironía amarga subiéndole por la garganta. Mientras Juan estaba en ese mismo momento en un apartamento de la periferia, jurándole amor eterno a una secretaria virgen y sintiéndose un "monstruo" por engañar a su esposa, Diana —la mujer por la que Juan supuestamente "sufría"— estaba allí, compartiendo una intimidad evidente con un extraño en la penumbra de un restaurante de madrugada.

Borja no perdió el apetito; su sistema nervioso era un circuito de alta fidelidad que no se alteraba por las debilidades ajenas. Sin embargo, decidió que no cenaría allí. No por moralismo, sino por estrategia. Ver a Diana Mechado en un entorno tan democrático y caótico como aquel VIPS —un lugar donde cualquiera podía entrar— era una señal de alarma. Una mujer de su estatus solo se arriesgaría a estar allí si buscaba el anonimato que da la multitud.

Giró sobre sus talones y regresó a la soledad de su coche. Mientras arrancaba el motor, la ironía lo golpeó: si Diana tenía un "amigo especial", no estaba haciendo más que equilibrar la balanza que Juan había inclinado esa mañana. Pero la pregunta era crucial: ¿Lo sabía ella? ¿Era una venganza calculada o simplemente el resultado de un matrimonio que se había convertido en un escaparate vacío?

Si no se hubiera topado con Juan en Londres, Borja ni siquiera se habría fijado en la mesa del fondo. Pero ahora, cada palabra de Juan sobre la "pureza" de su secretaria y la "lealtad" de su esposa se sentía como una broma pesada de la que él era el único espectador.

Recordaba a la Diana de la boda: la heredera de oro, la mujer que se enfrentó al desprecio de su padre —un tiburón que veía en Juan a un oportunista— por un amor que parecía inquebrantable. Y ahora, verla inclinada hacia ese desconocido, con esa sonrisa que Juan ya no sabía provocar, era el cierre de un círculo perfecto.

Detuvo el coche ante una hamburguesería de neones vibrantes y estética industrial. Pidió una hamburguesa doble con extra de mostaza y una cerveza bien fría. Borja era un hombre que sabía compartimentar: si sus amigos querían destruir sus vidas, que lo hicieran, pero él no iba a dejar que eso le arruinara la digestión.

Sin embargo, el asombro persistía. Que Diana Mechado abandonara sus clubes exclusivos y sus galas de etiqueta para esconderse en un local de Sor Ángela de la Cruz era la prueba definitiva. Juan le había dicho esa mañana que Diana "detestaba el asfalto y amaba el club". Juan no tenía ni la más remota idea de quién era su mujer en realidad.

Borja aparcó el asunto de los Beltrán-Mechado junto con la bandeja de la hamburguesería. Fiel a su capacidad de compartimentar, se refugió en la oscuridad de un cine para desconectar del mundo y, pasada la medianoche, regresó a su loft.

Durmió sin fisuras. Por la mañana, el trabajo en la oficina central fue un torbellino de informes técnicos y negociaciones. Ni siquiera salió a comer; una ensalada y un café sobre la mesa del despacho fueron suficientes mientras discutía con los ejecutivos de Londres. Se esforzaba en que su inglés no solo fuera correcto, sino indistinguible del de ellos, aunque el acento seguía siendo su frontera pendiente.

Su hermano Lam, desde la City, siempre le repetía lo mismo por videollamada: «Deja de obsesionarte con la academia, Borja. El acento se pilla en los pubs y en las juntas de aquí. Ven ya y te pondré en la vía rápida».

Pero Borja siempre se negaba. No era su estilo ascender a la sombra de su hermano. Se habían criado solos: su madre murió al darle a luz a él, y su padre falleció catorce años después. Lam, diez años mayor, había sido su brújula y su apoyo. Se ayudaron mutuamente hasta que Lam se marchó a Inglaterra, se casó, se divorció y se convirtió en una pieza clave de la multinacional. Borja se había quedado en Madrid, forjando su propia armadura, sabiendo que su momento llegaría cuando estuviera preparado, no cuando su hermano le abriera la puerta.




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