Tres días de crisis en la multinacional lo mantuvieron lejos de la calle Mozambique. Al cuarto día, el asiento junto al suyo en la academia estaba vacío, dejando un hueco que Borja no quiso admitir que le inquietaba. Al quinto, Londres y Lam reclamaron su atención en el viaje de rutina.
Fue a su regreso, durante ese fin de semana de calor estancado en Madrid, cuando decidió ir al teatro.
Era una comedia de enredo, ruidosa y vacía. Borja, desde su butaca en la fila siete, se sentía más distante que nunca. Ni las risas del público ni el brillo de las vedettes lograron sacarlo de su propio laberinto mental. A mitad de la función, harto de la farsa sobre el escenario, decidió marcharse.
Fue en el aparcamiento, mientras sacaba las llaves del coche, cuando el mundo se detuvo.
Bajo la luz ambarina de las farolas, un Porsche Taycan de color negro acharolado, de líneas tan aerodinámicas que parecía un proyectil en reposo, esperaba en la salida. Borja se quedó clavado al asfalto. Delante del teatro, envuelta en un vestido de seda que delataba una sofisticación que ella intentaba ocultar en clase, estaba Érika. Y a su lado, sosteniéndola por el codo con esa mezcla de posesión y elegancia que Borja conocía de sobra, estaba Juan Beltrán.
Juan, el que supuestamente estaba en Nueva York. Juan, el "pobre amigo" atormentado del aeropuerto.
Borja sacudió la cabeza, cerrando y abriendo los ojos como si pudiera resetear la realidad. Pero cuando volvió a mirar, el Porsche ya rodaba por la Gran Vía, alejándose con un zumbido eléctrico.
Todo lo que había sospechado y luego desechado por considerarlo una "soberana estupidez" era, pieza por pieza, la pura y sucia verdad.
Sintió una oleada de odio que lo sorprendió por su intensidad. Odió a Juan por jugar con la psicología de una mujer que le había entregado su integridad. Pero también sintió un desprecio amargo hacia Érika por ser tan desesperadamente cándida; por creer en esa fábula de la "esposa carcelera" cuando Borja sabía que Juan jamás —ni en esta vida ni en otra— pondría en peligro su estatus en los Laboratorios Mechado pidiéndole el divorcio a Diana.
Condujo de vuelta a su loft de la avenida Islas Filipinas con un hastío que le subía por la garganta. Esa noche no hubo música clásica ni placidez; solo el silencio pesado de una ciudad que escondía demasiadas mentiras.
A la mañana siguiente, el Borja ejecutivo tomó el control. Nada más entrar en su despacho de la calle Alcalá, antes de revisar los informes de energía nuclear, pulsó el botón del intercomunicador.
—Póngame con el despacho de dirección de los Laboratorios Mechado —ordenó a su secretaria—. Con el señor Beltrán. Ahora mismo.
Quería pasar de todo. Su parte racional le gritaba que no era su asunto. Pero la idea de Érika siendo el "remiendo" de un tipo que mentía con cada respiración le sacaba de quicio. No era solo amistad; era un insulto a su propia inteligencia.
Borja no comprendía su propia reacción. ¿Por qué le quemaba tanto la piel un asunto que, en teoría, le era ajeno? Juan era un buen tipo dentro de la mediocridad moral de su clase, y Érika... Érika era la única persona que había logrado que Borja sintiera algo parecido a la protección. Verla atrapada en la telaraña de mentiras de Juan —ese viaje a "Nueva York" que resultó ser una escapada clandestina mientras la esposa jugaba con los niños en Marbella— le resultaba una obscenidad técnica.
El intercomunicador cobró vida. —Señor Artiaga, tengo la comunicación con los Laboratorios Mechado.
—Pásamela.
La voz de Juan entró en el auricular, cargada de esa jovialidad satisfecha del hombre que cree que tiene el mundo bajo control.
—¿Borja? Pero, hombre, ¿de dónde sales? Dime, dime... Puedes hablar, estoy en mi línea privada.
—¿Podemos almorzar hoy? —La voz de Borja era un bloque de hielo.
—¿Hoy? Me pillas un poco... ¿Tiene que ser hoy?
—¿Y por qué no?
—Bueno, tengo a la familia en Marbella —explicó Juan, bajando el tono—. Y acabo de llegar de Nueva York. Una semana de asueto total, Borja... Nada de negocios. Un viaje de "reconexión".
—Con tu secretaria.
Hubo un silencio de dos segundos. Borja podía oír la respiración de Juan al otro lado.
—¿Cómo lo sabes?
—Te lo estoy preguntando, Juan. No me subestimes.
—Pues sí, sí... Un viaje delicioso. Diana se fue con los chicos al chalet de la playa y yo voy y vengo. Me paso los fines de semana allí, pero siempre invento algo para volver el domingo por la tarde. Ya sabes, "crisis en el laboratorio"...
—Juan... —Borja pronunció el nombre con una advertencia latente.
—Chico, qué tono... parece que me estés juzgando.
—Tus asuntos familiares me importan una mierda —soltó Borja, perdiendo por primera vez su ecuanimidad—. Te invito a almorzar. En Los Porches. En la terraza, para que el calor no nos nuble el juicio. A las dos.
—Te hacía en Londres, Borja. Estás más raro que de costumbre... Pero vale, iré. Tenía otros planes con ella antes de bajar a Marbella mañana, pero acepto. ¿Te ocurre algo?
—A mí no. A ti, seguramente sí. Comiendo nos entenderemos.
Borja colgó sin despedirse. De pronto, el despacho se le quedó pequeño. Las piezas no solo encajaban; pesaban. Sin saber por qué, descargó un puñetazo brutal contra la madera de su mesa.
—¡Maldita sea! —se oyó decir, con una voz que no reconocía como suya.
Pasó el resto de la mañana trabajando como un autómata, pero el sistema estaba dañado. Dio órdenes a gritos a su secretaria, asustándola, hasta que tuvo que pedir perdón y salir de allí. Necesitaba aire.
Llegó a Los Porches a la una y media, vistiendo un traje de alpaca beige impecable, sin corbata, con esa elegancia despegada que siempre le había servido de escudo. Se sentó a esperar, rodeado por el murmullo de la élite madrileña, preguntándose por qué aquel asunto le afectaba tanto.