La Amante

Capítulo 6

Borja apuró su Martini, sintiendo el frío del alcohol en la garganta mientras sus ojos escaneaban la entrada del restaurante. Se sentía fuera de lugar, y no por el entorno, sino por la misión. Si no hubiera sido por aquel encuentro fortuito en Londres, Juan Beltrán seguiría siendo un recuerdo borroso de su época de estudiante. Pero el destino le había obligado a mirar por el ojo de la cerradura, y lo que había visto —el engaño sistemático a Érika— le resultaba una aberración moral.

No se creía el árbitro de la ética ajena, pero se consideraba un hombre justo. Y la justicia, en su código personal, dictaba que no se podía jugar así con la vida de una mujer que le había entregado su integridad absoluta a cambio de una sarta de mentiras sobre divorcios imposibles.

Entonces, lo vio llegar.

Juan Beltrán cruzó la terraza con el paso firme de quien es dueño del asfalto que pisa. Vestía un traje de corte italiano que resaltaba su percha atlética; era el retrato vivo del éxito y la seducción. Borja no necesitaba ser un experto en belleza masculina para notar el rastro de cabezas femeninas que se giraban a su paso. Juan lo sabía, lo saboreaba y lo usaba como un arma de precisión.

"Un conquistador de manual", pensó Borja con un desprecio creciente. No le importaba que Juan coleccionara romances, pero le resultaba intolerable que una de esas piezas fuera Érika Prado. Una joven que Juan había seducido sabiendo perfectamente que él jamás dejaría su trono en los Laboratorios Mechado, ni su vida de privilegios junto a Diana.

Borja sintió la vibración del teléfono en su bolsillo, escuchó el mensaje desesperado de Érika, y una idea oscura cruzó su mente. Pensó en Diana Mechado, la "rica heredera", y en el desconocido con el que la había visto en el VIPS de la calle Velázquez. Sería un golpe bajo, casi vulgar, decirle a Juan que mientras él se creía el rey del engaño, su esposa le estaba decorando la frente con una soberbia cornamenta.

"Quien a hierro mata, a hierro muere", se dijo Borja. La simetría de la traición le resultaba casi cómica: Juan engañaba a Érika con promesas de amor eterno, y Diana engañaba a Juan mientras él jugaba a los espías.

—¡Borja, viejo amigo! —exclamó Juan al llegar a la mesa, extendiendo una mano con una sonrisa radiante que no alcanzó a detectar el frío en los ojos de su interlocutor.

Borja soltó una carcajada seca, sonora, que cortó el aire de la terraza. Un par de ejecutivos en la mesa vecina levantaron la vista de sus ensaladas, desconcertados. Borja, el hombre que parecía procesar la vida mediante algoritmos, se estaba riendo solo. Se reía de la arrogancia de Juan, de la doble vida de Diana y, sobre todo, de su propia implicación en aquel sainete madrileño.

—Hola, Borja. Llego y te encuentro riendo solo... te mira todo el mundo —Juan se sentó, ajustándose los gemelos de oro—. ¿Se puede saber qué es tan gracioso?

—Un chiste que me ha contado mi propia mente —contestó Borja, recuperando su flema habitual y dándole una calada al cigarrillo—. No me hagas caso.

—Pues debía de ser la octava maravilla del humor, porque es la primera vez en veinte años que te oigo reír así.

—¿Un Martini? —preguntó Borja, ignorando el comentario.

—Venga. ¿Y qué vamos a comer?

—Te estaba esperando, pero con este calor me apetece algo directo. He pensado en un gazpacho bien frío y sus pimientos rellenos, que aquí los bordan. Postre, café y un habano. Para beber, un Viña Tondonia que aguante el tipo. ¿Te encaja?

—Perfecto. Pero dime, Borja... tiene que ser algo de vida o muerte para que me cites así. Sabes que tengo a la familia en Marbella y este era mi último día libre para disfrutarlo con mi "amiga".

—Tu amante —corrigió Borja con la precisión de un escalpelo.

Juan frunció el ceño, visiblemente molesto.

—No me gustan esas definiciones, Borja. Son altisonantes. De mal gusto. Ella es algo... muy especial para mí.

Borja fijó sus ojos negros en los de Juan.

—Sabes que no soy hombre de preámbulos, Juan. No me gustan las mentiras, las medias verdades, ni las vacilaciones. Cuando tengo un objetivo, voy directo a él sin dar vueltas.

—No te sigo. ¿Qué objetivo?

—Enseguida lo entenderás.

El maître se acercó y Borja hizo el pedido con una autoridad natural. Cuando el sumiller trajo el vino, Borja cumplió con el ritual de la cata, aceptó con un leve movimiento de cabeza y esperó a que se retiraran. El silencio regresó a la mesa, cargado de una tensión eléctrica que solo Borja sabía manejar.

—Ahora —dijo Borja, entrelazando sus dedos sobre el mantel blanco— podemos hablar sin interrupciones hasta que traigan el gazpacho. Y créeme, Juan, tenemos mucho de qué hablar.

—Te estás poniendo excesivamente serio, Borja —dijo Juan, intentando romper el hielo con una sonrisa que ya empezaba a parecer forzada—. Ni que estuviéramos discutiendo el presupuesto de la OTAN.

—Lo estoy, Juan. Mi rostro es un mapa exacto de lo que siento en este momento —Borja hizo una pausa para probar el vino, dejando que el silencio pesara—. Verás, tu vida privada me importa una mierda. Allá tú con tus embustes y tu moral de saldo. Pero cuando ese fango salpica mi propio círculo, lo lógico, lo higiénico, es que me inmiscuya.

Juan soltó una risita nerviosa y se reclinó en su silla, buscando la complicidad del camarero que dejaba el gazpacho sobre la mesa.

—¿Y se puede saber a quién defiendes tú con tanto celo? Porque a Diana solo la ves en las portadas del ¡Hola!, y con lo que tú pasas de la vida social, dudo que fueras capaz de reconocerla si se sentara en la mesa de al lado.

—La reconozco perfectamente, Juan. Aunque no lo creas, en la peliquería suelo entretenerme con esas frivolidades mientras espero mi turno. Pero no te equivoques: no he venido a hablarte de Diana. Al menos, no de momento. Aunque ella esté involucrada, muy a su pesar y sin saberlo, en este desastre que has montado.




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