Borja conducía por Madrid bajo el sol de la tarde, sintiendo un cansancio metálico en los huesos. Estaba harto de insistir en lo obvio, de remover el fango de una vida —la de Juan— que no debería importarle. Pero la imagen de Érika, atrapada en esa red de promesas falsas, le revolvía el estómago. Solo quería claridad: que ella supiera que tenía un amante y no un futuro marido. Una vez expuesta la verdad, la decisión sería suya, pero al menos el aire estaría limpio.
Al llegar a su apartamento en la avenida Islas Filipinas, el silencio fue un bálsamo. Sacó la maleta y empezó a doblar camisas con la precisión de un ingeniero. De repente, recordó el contestador. Lam siempre le dejaba encargos de última hora: quesos potentes, embutidos ibéricos y algún detalle para Peggy.
Pensó en Peggy con una sonrisa leve. Era una mujer extraordinaria, una ejecutiva nuclear que trataba a Lam de igual a igual, tanto en el laboratorio como en la vida. En Inglaterra, las mujeres como ella no eran la excepción, sino la norma. Lam y Peggy se amaban por voluntad, sin contratos que los encadenaran. Incluso tenían ese pacto sagrado: una vez al año, vacaciones por separado. Al volver, no había interrogatorios ni celos. La libertad era el cimiento de su lealtad.
—Ahí reside la diferencia —se dijo Borja, cerrando el maletín—. En la franqueza.
En el mundo de Lam, si el amor moría, se decía. Se marchaban con la amistad intacta. No había apartamentos secretos en Cea Bermúdez ni viajes fingidos a Nueva York. Había calidad sentimental.
Borja escuchó los encargos de Lam —el mantón para Peggy, los embutidos, las llaves— con la mente puesta en la logística del viaje, hasta que la voz de Érika surgió del altavoz. El mensaje, cargado de esa "inquietud" que ella intentaba disimular, le hizo sentarse de golpe. Miró su cronómetro: las nueve de la noche. El sol de agosto todavía se resistía a morir, tiñendo el salón de un naranja agónico.
La duda, un sentimiento que Borja raramente permitía en su sistema, le asaltó. ¿Habría servido de algo el almuerzo? Marcó el número de Érika con una determinación gélida.
—Érika, soy Borja. He escuchado tu mensaje ahora mismo.
—Sí, Borja... perdona. Estaba inquieta cuando llamé —la voz de ella sonaba frágil, como cristal a punto de romperse.
—¿Qué ha pasado? —preguntó él, aunque ya intuía la respuesta.
—Cosas mías... No dejo de pensar, de sufrir. Pero no te molestes, de verdad.
—¿Ha ido a verte? —Borja fue directo al grano, omitiendo el nombre de Juan.
—No. Me ha llamado hace un rato. Ya está en Marbella. Me dijo que se entretuvo con un amigo... que tuvo que salir hoy mismo para no perder el avión.
Borja apretó el auricular. "Se entretuvo con un amigo". Juan había convertido su almuerzo de confrontación en una excusa para justificar su ausencia ante Érika. No hubo confesión. No hubo honestidad. Solo la huida cobarde hacia el refugio de los Mechado.
—Es lógico —dijo Borja, forzando una neutralidad que no sentía—, si su familia lo esperaba allí.
Pero por dentro, Borja sentía una náusea moral. Juan le había mentido a la cara, prometiendo una sinceridad que no pensaba cumplir. Había dejado a Érika sola con sus dudas mientras él se preparaba para cenar en el Marbella Club.
Borja colgó el teléfono sintiendo una punzada de indignación. Juan no solo había huido, sino que había dejado a Érika en ese estado de fragilidad, cuestionándose si Diana lo había descubierto, cuando la realidad era que Diana estaba viviendo su propia vida en los reservados de los VIPS.
Media hora después, el coche de Borja se detenía ante el portal en Cea Bermúdez. Madrid, en esa noche de agosto, era un escenario fantasmagórico de asfalto mudo y semáforos solitarios. Érika bajó puntual, con esa palidez que le daba el insomnio y la incertidumbre. Al subir al coche, el frescor del aire acondicionado y el aroma neutro y elegante de Borja parecieron devolverle un poco de centro.
—Gracias por esto, Borja. Me siento fatal por romper tus planes —dijo ella, mirando por la ventanilla.
—Mis planes eran hacer una maleta y esperar el sueño. Prefiero cenar contigo. Madrid vacío es el único momento en que esta ciudad se vuelve civilizada.
Conducía con una mano, relajado, mientras su mente repasaba la ironía de la situación. Érika temía que Diana estuviera "haciéndole la vida imposible" a Juan, cuando Juan estaba probablemente ahora mismo pidiendo un whisky en Marbella, aliviado de haber escapado de la confrontación.
—¿Sabes qué es lo que más me asusta, Borja? —preguntó ella de repente—. Que empiezo a dudar de todo. Me pregunto si "no pudo" venir o si "no quiso".
Borja apretó el volante. Tenía la verdad quemándole en la garganta: «No vino porque se pasó dos horas discutiendo conmigo, porque es un cobarde y porque prefiere su estatus a tu vida». Pero Borja sabía que la verdad, para que cure, no debe ser un hachazo, sino una luz que se enciende poco a poco.
—Esta noche vamos a olvidar las pesadillas —dijo él con esa voz que ella encontraba tan sosegadora—. Vamos a cenar en un sitio fresco, y vamos a hablar de hipótesis. ¿Qué harías, Érika, si el divorcio no fuera una opción? ¿Qué harías si tuvieras que elegir entre una mentira eterna o una libertad dolorosa?
—No lo sé, Borja. Por eso te necesito hoy. No sé por qué logras equilibrarme cuando todo lo demás se cae.
—Me siento afortunado de hacerlo —respondió él, girando hacia una terraza tranquila cerca del Retiro.
Eran casi las once de la noche. Mientras la oscuridad envolvía el coche, Borja decidió que, antes de que terminara la cena, plantaría en Érika la semilla de la duda necesaria. No podía dejarla marchar a dormir creyendo en la "lealtad" de un hombre que acababa de traicionarlos a ambos
El local estaba casi desierto. El zumbido constante de los ventiladores apenas lograba mover el aire pesado de agosto. Borja observaba a Érika bajo la luz amarillenta de la pizzería; su palidez no era solo falta de sol, era el desgaste de quien vive esperando una vida que no llega.