La Amante

Capitulo 8

Borja conducía por un Madrid espectral, sintiendo por primera vez que el volante no era una extensión de su voluntad, sino un ancla que intentaba frenar un impulso salvaje. La voz de Érika en el contestador —afligida, urgente, despojada de su nombre porque sabía que él la reconocería entre millones— había actuado como un reactivo químico sobre su sangre. —Borja, frena —se ordenó a sí mismo en voz alta, escuchando su propia voz resonar en el habitáculo del coche—. Eres un hombre de voluntad, no un payaso dominado por la ira. Pero el "fuego desbocado" no atendía a razones. Lo que le sucedía no era una "necesidad biológica" de las que hablaba en la pizzería; era algo mucho más arcaico y peligroso. Era el instinto de protección mezclado con un deseo que ya no podía matizar con palabras elegantes. Borja cruzó el rellano del cuarto piso sintiendo que el aire del pasillo pesaba como el plomo. El sudor que le empapaba el pelo no era obra del agosto madrileño; era el síntoma de una lucha interna entre el hombre que creía ser —frío, ejecutivo, anglosajón en su lógica— y el hombre que realmente era frente a Érika. Al verla allí, con su pantalón blanco y ese polo rojo que a Borja le pareció una metáfora de la confusión cultural de su país, se dio cuenta de que ya no importaban las multinacionales ni los sistemas nucleares de Lam. En ese instante, el universo de Borja se había reducido a los pocos metros cuadrados de aquel descansillo. Érika no dijo nada al principio. Sus ojos verdes, siempre diáfanos, estaban empañados por una angustia que desarmaba cualquier análisis racional. —Has tardado... —susurró ella, aunque apenas habían pasado veinte minutos—. Pensé que quizá habías decidido no venir. —Dije que vendría, Érika. Sabes que mi palabra es lo único que nunca falla —respondió él, intentando recuperar su tono barítono y firme, aunque por dentro sintiera que la "dinamita en sus pies" estaba a punto de estallar. Érika retrocedió hacia el interior del apartamento, invitándole a pasar. El silencio en la casa era absoluto, un silencio que presagiaba una confesión definitiva. —Se ha acabado, Borja —dijo ella de pronto, dándose la vuelta en mitad del salón—. Juan volvió de Marbella ayer. Pero no volvió solo. O, mejor dicho, no volvió como el hombre que yo creía conocer. Borja sintió que el vaso de whisky, que antes le quemaba la garganta, ahora era lo único que le anclaba a la realidad. Sus dedos se apretaban contra el cristal con una fuerza peligrosa. Érika lo miraba con una mezcla de desconcierto y terror. La "extrañeza" de Borja empezaba a cobrar un sentido aterrador para ella. —¿Qué ocurre, Borja? ¿Por qué te asombra tanto? Borja no la miró de inmediato. Clavó la vista en el mensaje cobarde que Juan había enviado desde Marbella. Escrito con faltas de ortografía por el miedo o la mala conciencia. "Uno de mis hijos ha sufrido un accidente". La mentira era tan burda que Borja sintió una náusea física. —Juan no terminó su carrera solo, Érika. La terminó con la sombra de Gregorio Mechado empujándole hacia un sillón de director. Yo estuve allí. Yo firmé como testigo en su boda. Vi cómo se intercambiaba alianzas con Diana en una ceremonia que parecía más la firma de un contrato de fusión de empresas que un acto de amor. Érika se llevó las manos a la boca, hundiéndose más en el sofá. El mundo que había construido con Juan —el del "marido incomprendido", el de la "amiga espiritual"— acababa de evaporarse. —¿Fuiste... testigo de su boda? —susurró ella, con la voz quebrada—. ¿Entonces sabías quién era desde el primer día que te hablé de él? Borja dejó el vaso sobre la mesa con un golpe seco. La flema se había transformado en una determinación gélida. Juan estaba jugando con la vida de Érika como si fuera un activo más de la empresa Mechado, y Borja no pensaba permitirlo ni un segundo más. —Lo sabía. Pero quería que él tuviera el valor de decírtelo. Quería que la verdad viniera de su boca, no de la mía. Pero ya veo que Juan prefiere inventar accidentes de niños antes que afrontar la realidad. Se acercó a ella, rompiendo la distancia de seguridad que siempre había mantenido. —Escúchame bien, Érika. He dicho que te invito dos semanas al Marbella Club, y lo digo en serio. No como un "resucitado", sino como un hombre que se ha cansado de ver cómo te marchitas esperando a un fantasma. —Pero Borja... su chalet está al lado. Podríamos encontrarnos... Diana podría... —¡Exacto! —estalló Borja, y sus ojos oscuros brillaron con una luz feroz—. Eso es precisamente lo que quiero. Quiero que dejes de esconderte en este apartamento de Madrid mientras él disfruta del sol y el estatus. Quiero que te vea. Quiero que Diana te vea. Y quiero estar allí, a tu lado, cuando la fachada de Juan se desmorone definitivamente frente al mar. Borja se sirvió el segundo whisky con un movimiento mecánico, ignorando la mirada de asombro de Érika. El alcohol no lo estaba emborrachando; estaba alimentando una lucidez despiadada. —Juan no se casó por dinero, Érika —sentenció Borja, y sus palabras cayeron como gotas de ácido—. Se casó por amor. Lo que vino después fue la ambición, la comodidad de los sillones de cuero y el miedo a perder el estatus de los Mechado. Pero no te engañes: Diana no es una carcelera que lo retiene por la fuerza; es la mujer con la que eligió construir un imperio. Érika sentía que el suelo desaparecía bajo sus pies. La narrativa del "marido infeliz" que Juan le había vendido durante dos años se estaba desmoronando bajo el peso de la verdad de Borja. —¿Y por qué me invitas a Marbella? —preguntó ella con un hilo de voz—. ¿Para que vea cómo me engaña? ¿Por qué lo haces? —Porque prefiero que sufras por una verdad que por una mentira —respondió Borja, acercándose a ella—. Si ese hijo realmente tuvo un accidente, lo verás allí, siendo un padre responsable. Pero si es una excusa para alejarte mientras él disfruta de la vida social de agosto, también lo verás. Te ofrezco la verdad, Érika. Algo que él no ha tenido el valor de darte en dos años. Borja seguía inclinado hacia delante, sujetando el vaso con una firmeza que contrastaba con la crudeza de sus palabras. Ya no era el ejecutivo flemático de la avenida Islas Filipinas; era un hombre que, por primera vez, se sentía vulnerable y, por ello, doblemente peligroso. —No te estoy comiendo el coco, Érika —dijo con voz grave—. Solo te pongo en el disparadero. Juan se ha acostumbrado a la vida "regalada" de la jet-set. A esa empresa de cosmética que será suya, a los amigos influyentes, al dinero de su suegro. Renunciar a eso cuesta una barbaridad. Que te ame no lo dudo, pero entre ese amor y renunciar a su estatus... media un abismo. Érika sentía que el aire se espesaba. —Me estás diciendo que nunca pedirá el divorcio. Que todo es una farsa. —Te estoy diciendo que vayas a Marbella y lo veas por ti misma —sentenció Borja—. Que lo veas bailar, que lo veas fingir, que palpes esa "honestidad" de cartón piedra en la que vive. Prefiero que lo veas a que te conviertas, dentro de veinte años, en la "otra" oculta de un hombre poderoso que nunca tuvo el valor de elegirte. El viaje fue un ejercicio de silencio compartido sintiendo que cada kilómetro la alejaba de la joven ingenua que creía en las notas sin firma y la acercaba a una mujer que estaba a punto de presenciar su propio naufragio. Hacia el atardecer, el aire cambió. El calor seco de la meseta se transformó en una brisa marina, cargada de salitre y de ese aroma a lujo y protección que desprendía la Marbella de los ochenta. Al entrar en el recinto del Marbella Club, entre buganvillas y pinos, Érika se sintió una intrusa. Este era el feudo de Juan, el lugar donde el apellido el apellido Mechado— abría todas las puertas. Borja se quedó de pie junto al soporte de las maletas, observando a Érika. Ella se veía pequeña en la inmensidad de la suite, rodeada por el lujo que Juan siempre le había descrito como una carga, pero que ahora ella empezaba a ver como el escenario natural de su engaño. —Me desconcierta tu sangre fría, Borja —dijo ella, con voz suave—. Y esa delicadeza... No sé cómo puedes ser tan implacable y tan atento al mismo tiempo. —Es muy sencillo, Érika —respondió Borja, metiendo las manos en los bolsillos de su pantalón de lino—. La sangre fría me permite ver el camino. La delicadeza es simplemente porque tú no tienes la culpa de que el camino sea pedregoso. He dejado la puerta abierta porque estamos en territorio enemigo. No quiero que te sientas sola si esta noche, o mañana, la realidad golpea más fuerte de lo que esperas. Érika caminó hacia el ventanal que daba a los jardines. El aroma del jazmín y el mar entraba con fuerza. —¿Crees que nos encontraremos con él esta noche? —Marbella en agosto es un escaparate, Érika. Juan vive para ese escaparate. Si no es en la cena, será en el club de playa mañana por la mañana. Pero te aseguro una cosa: antes de que termine el fin de semana, habrás visto a Juan sin el filtro de sus lamentos. —Descansa, Érika —le dijo al dejarla en la puerta de su suite—. Ponte algo ligero. Cenaremos en la terraza. Es el mejor sitio para ver y ser visto. Borja consultó su reloj. Eran las diez de la noche. Era la hora en que la "gente bien" bajaba a cenar. Sabía perfectamente en qué mesa solían sentarse los Mechado; lo recordaba de veranos anteriores, de cuando él aún era solo el compañero de estudios prometedor y no el ejecutivo de una multinacional. El sonido de los grillos competía con el rumor de los cócteles y las risas amortiguadas de la jet-set. Borja, impecable con una chaqueta de lino claro, guiaba a Érika hacia una mesa estratégicamente situada cerca de la zona de baile. Ella, con un vestido sencillo pero que resaltaba su palidez y su elegancia natural, caminaba como quien va hacia un patíbulo. Bajaron las escaleras. El jardín estaba iluminado por cientos de farolillos. El olor a fritura, a vino fino y a perfumes caros era embriagador. Borja guiaba a Érika con una mano firme en su cintura, abriéndose paso entre la jet-set madrileña que se había trasladado a la costa. —Soy egoísta, Érika, y tengo ambiciones incontroladas —continuó él, con esa voz barítona que no temblaba ante las verdades incómodas—. Pero resulta que mi ambición, ahora mismo, es que dejes de ser una víctima. Quizá sea un egoísmo superior: quiero que seas libre para que, si un día decides elegirme a mí, no lo hagas porque no tienes otra salida, sino porque has visto la miseria de tu otra opción. De repente, Borja se detuvo. Sintió a Érika tensarse a su lado. A escasos cinco metros, en una mesa circular rodeada de gente bronceada y ruidosa, estaba él. Llevaba un polo azul impecable y reía con una copa de champán en la mano, comentando algo con un grupo de hombres que Borja reconoció como socios del club. A su lado, Diana Mechado, resplandeciente, lucía un collar de perlas que brillaba bajo la luz de las velas. No había rastro de la angustia por un "hijo accidentado". No había rastro del hombre que enviaba notas afligidas a Madrid. Había un hombre en la cima de su mundo, cómodo, seguro y, sobre todo, en posesión de su vida oficial. Borja no se detuvo. No buscó un rincón discreto. Condujo a Érika directamente hacia la línea de visión de Juan y esperó. Sabía que el contacto visual era inevitable. En un giro de cabeza, Juan paseó la mirada por la terraza hasta que topó con ellos. —Mira su cara, Érika. Grábatela bien. Ese es el hombre por el que estabas dispuesta a "pudrirte" en Madrid. La risa de Juan se congeló. El vaso de champán tembló levemente en su mano mientras su mirada saltaba de Borja —su amigo, el testigo de su boda— a Érika, la mujer que debería estar "pudriéndose de calor" en un cuarto piso de Cea Bermúdez. —¡Borja! —balbuceó Juan, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies—. Tú... ¿qué haces aquí? Borja, con una sonrisa que era más bien una declaración de guerra, dio un paso al frente, obligando a Érika a caminar con él. —Vamos —siseó Borja—. Es hora de que el "espejismo" se rompa del todo. Borja no soltó el brazo de Érika. Al contrario, la atrajo más hacia sí. —He venido a disfrutar de mis vacaciones, Juan. Me dijeron que tenías un problema familiar grave, pero veo que los milagros existen en Marbella. Estás radiante. ¿No saludas a Érika? Ha tenido la amabilidad de acompañarme. Diana Mechado, alertada por el tono de Borja, se volvió hacia ellos. Sus ojos de mujer de mundo escanearon a Érika en un segundo, detectando la juventud, la belleza y, sobre todo, la vulnerabilidad que Juan siempre había intentado ocultar. Detectó de inmediato la tensión eléctrica que acababa de estallar en el salón. Juan balbucea, incapaz de articular palabra, mientras Érika lo mira con una fijeza que es, en sí misma, una sentencia de muerte para su amor. —Vámonos, Érika —dijo Borja, sujetando de nuevo su brazo con firmeza protectora—. Ya has visto el espectáculo. Ahora empieza la realidad. Caminaron hacia la salida del salón bajo la mirada atónita de Juan y la mirada gélida de Diana, que ahora sabía que el juego había cambiado para siempre. Juan se levantó con una lentitud casi insultante. Al ajustar su chaqueta de etiqueta, el contraste entre su aplomo y el desquiciamiento de Juan era absoluto, Borja acababa de destruir en diez minutos lo que había tardado dos años en construir. —Borja, tú... tú lo has planeado todo —balbuceó Juan, viendo cómo Érika se alejaba de él no con odio, sino con algo mucho más letal: indiferencia. —Yo solo he puesto las luces, Juan. Tú has puesto la función —respondió Borja con una frialdad cortante—. Vámonos, Érika. —Jamás le planteaste la cuestión —repitió Érika, con una voz que ya no temblaba. Era una voz gélida, nacida del desengaño más profundo—. Me mentiste sobre el divorcio, me mentiste sobre tu mujer... y ahora me confiesas que el accidente de tu hijo fue otra invención para ganar tiempo frente a Borja. —Érika, escúchame... —suplicó Juan, intentando asir su mano, pero ella la retiró como si el contacto le quemara. Borja, mientras tanto, se mantenía en un plano superior. Fumaba con parsimonia, observando a Juan con la curiosidad de un entomólogo que estudia a un insecto atrapado en un frasco. Su mirada, sin embargo, se desvió un momento hacia la mesa de Diana que seguía allí, fingiendo que charlaba con el pelirrojo pecoso, pero Borja sabía que ella no perdía detalle. —Ya ves, Érika —dijo Borja al fin, con su flema intacta—. Juan te ama, sí. Pero ama mucho más su sillón de director y la bendición de Gregorio Mechado. Te ama "entre dos fuegos", pero siempre asegurándose de que el fuego de su casa no se apague nunca. Érika miró a Juan de arriba abajo, y por primera vez no vio al "compañero del alma", sino al "payaso embustero" que Borja le había advertido. —Juan, me das lástima —sentenció ella—. No porque estés atrapado, sino porque eres un cobarde. Has usado mi amor como un refugio mientras mantenías tu farsa en Marbella. Se volvió hacia Borja, ignorando a un Juan que balbuceaba promesas incoherentes. —Borja, vámonos de aquí. No necesito ver más. Borja no le dirigió a Juan ni una palabra de despedida; el desprecio de su silencio era suficiente. Pero antes de marcharse, lanzó una última mirada al hombre pelirrojo que acompañaba a Diana. Salieron del salón-comedor bajo la mirada atónita de los comensales y la vigilancia gélida de Diana, que desde su mesa veía cómo el amante de su marido se marchaba del brazo del hombre que acababa de ajusticiar su matrimonio. Una vez en los jardines, bajo el aroma embriagador de la noche marbellí, Érika empezó a temblar. No era un temblor de frío, sino la vibración del impacto tras el choque. Borja no dijo nada; simplemente la condujo hacia el Mercedes azul oscuro que esperaba en la entrada del hotel. —¿A dónde vamos? —preguntó ella con voz quebrada cuando estuvieron dentro del coche. —Lejos de los farsantes —respondió Borja, arrancando el motor—. Hay un pequeño lugar en el puerto, fuera del circuito de la jet-set, donde el aire es más limpio. Borja condujo en silencio hacia Puerto Banús, pero evitando las zonas más concurridas. Aparcó frente al mar, donde las luces de los yates se reflejaban en el agua como estrellas caídas. —Lo sabías todo, Borja —dijo Érika al fin, mirándole de perfil—. Sabías que él se delataría solo. Me has utilizado para darle una lección. Borja detuvo el coche en un recodo oscuro del puerto, lejos de la música y las risas que ahora le parecían a Érika ecos de una pesadilla. Apagó las luces y dejó que el único sonido fuera el llanto convulso de la joven, un llanto que arrastraba dos años de esperas, de domingos solitarios y de promesas que resultaron ser moneda falsa. Apagó el motor y se volvió hacia ella. Sus ojos negros brillaban con una intensidad nueva. —Te he utilizado para salvarte, Érika. Y sí, admito que mi método ha sido cruel. Pero si te lo hubiera contado yo en Madrid, habrías pensado que era una maniobra mía para quedarme contigo. Necesitabas oírlo de su boca: que prefiere su estatus a tu amor. Érika bajó la mirada a sus manos, que aún sostenían el bolso de carey. —Llora, Érika —repitió él, su voz era como un ancla en mitad de la tempestad—. No te contengas. Ese hombre no merece tus lágrimas, pero tu alma necesita esta purga. Pasaron los minutos. Borja no intentó abrazarla ni forzar un consuelo barato. Esperó con esa paciencia mineral que lo caracterizaba, respetando el duelo de una ilusión que acababa de morir frente a una fuente de hotel. Al fin, Érika bajó las manos. Su rostro, aquel que Borja había descrito como "fresco e insultante" hacía apenas unas horas, estaba marcado por la amargura. —Tenías razón en todo —dijo ella con voz ronca—. El accidente, la esposa, la cobardía... Pero lo peor, Borja, lo peor es que tú ya lo habías juzgado en aquel avión y yo seguía creyendo que era un héroe romántico. —Nadie es un héroe cuando hay un sillón de director de por medio, Érika —respondió Borja, encendiendo un cigarrillo y ofreciéndoselo en un gesto mecánico de camaradería—. Juan es solo un hombre que no supo elegir entre la seguridad de lo que tiene y el riesgo de lo que sentía. El mazo del que te hablaba antes... ese mazo ya le ha golpeado. Esta noche, cuando regrese a su mesa con Diana, se dará cuenta de que ha perdido lo único real que tenía por conservar una farsa que Diana, tarde o temprano, también le cobrará. Érika aspiró el humo, mirando el perfil de Borja. —¿Y ahora qué, Borja? Me has dejado sin pasado y sin el futuro que yo imaginaba. Borja se acercó a ella, invadiendo ese espacio que antes respetaba escrupulosamente. —Ahora tienes el presente. Y me tienes a mí, que al menos tengo la decencia de decirte que me gustas y que te quiero a mi lado sin mentiras. El futuro... lo escribiremos mañana. Érika se limpió las mejillas con el dorso de la mano. —No quiero volver a Madrid. No quiero que me encuentre. —Entonces nos quedamos —concluyó él, arrancando el motor—. Pero mañana desayunaremos tarde, frente al mar, y hablaremos de nosotros. De ese "voy" o "me quedo" del que hablamos en el coche. Borja mantenía las manos firmes sobre el volante, aunque el motor ya estaba apagado. Sus palabras salían con la cadencia de una sentencia definitiva. Había guardado silencio durante semanas, masticando el asco de saber que su amigo Juan utilizaba a Érika como un "solaz" mientras protegía su cómodo estatus de yerno de oro. —No soporté que fueras la amante de un tipo vulgar —repitió Borja, y su voz vibró con un desprecio que ya no ocultaba—. Juan pensó que yo me iría a Londres y el "problema" se disolvería en la distancia. Se equivocó. Me subestimó a mí y te subestimó a ti. Érika, con los ojos hinchados y el vestido ahora arrugado por la angustia, le miró de soslayo. —¿Qué es eso que Juan no sabe aún y que tú presientes, Borja? Me estás asustando. Borja encendió otro cigarrillo, la brasa iluminó sus ojos negros por un instante. —Juan cree que es el protagonista de un drama, pero solo es un actor secundario en la vida de Diana —dijo Borja con una sonrisa gélida—. Juan teme el divorcio porque cree que perdería su puesto, pero lo que no sabe es que Diana ya no le necesita. Te dije que vi a Diana en Madrid con ese tipo pelirrojo, el pecoso que hoy estaba en su mesa. Juan cree que ella es la "esposa abnegada" que se niega al divorcio por los hijos, cuando la realidad es que Diana está esperando el momento oportuno para ser ella quien le eche de casa. Érika se quedó helada. La traición era circular. Todos en ese mundo de espejos mentían. —Diana no sufre por ti, Érika —continuó Borja—. Diana te utiliza como la excusa perfecta para justificar su propia libertad cuando ella decida dar el paso. Juan está atrapado en una red que él mismo ayudó a tejer, creyéndose un seductor cuando solo es un peón. Borja se volvió hacia ella y, esta vez, sí buscó su mano. Sus dedos, largos y seguros, envolvieron los de ella. —Te he traído aquí para que veas el naufragio desde la costa, no desde el fondo del mar. Ahora que sabes que Juan no es más que un fariseo que ni siquiera tiene el control de su propio matrimonio... ¿qué vas a hacer? Érika sintió que el llanto cesaba, sustituido por una claridad fría, casi "borjiana". —Quiero desaparecer de su vida. Quiero que cuando me busque, solo encuentre el vacío. —Bien —asintió Borja—. Mi oferta sigue en pie. Mañana podemos salir de Marbella. No volveremos a Cea Bermúdez si no quieres. Lam me ha enviado las llaves de un apartamento en Chelsea que está vacío. Puedes venir conmigo a Londres como mi amiga, como mi secretaria... o como la mujer que decida empezar de cero sin mentiras.




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