El Mercedes se detuvo con suavidad frente a los reflejos dorados de los yates en el puerto. Borja apagó el motor, pero no se movió de inmediato. En el habitáculo, el silencio posterior al llanto de Érika era denso, cargado de una madurez que ella no tenía al salir de Madrid. Borja bajó del coche y dio la vuelta para abrirle la puerta. Al verla salir, todavía envuelta en ese vestido que ahora parecía el uniforme de una superviviente, sintió que su "morbo" inicial se transformaba en algo más sólido. La tomó del brazo y caminaron hacia Menchu, donde el bullicio de la cena y el aroma a marisco empezaban a envolverlos. —Esta noche no existe Juan —sentenció Borja mientras el camarero los conducía a una mesa apartada—. Esta noche solo existe este vino fino, la brisa de Marbella y la mujer que acabas de empezar a ser. Mientras cenan, Borja sabe que la tormenta no ha terminado. Juan no se quedará de brazos cruzados y Diana Mechado ya ha movido su primera ficha en el tablero. El parador, con sus muros de piedra gruesa y su silencio monacal, ofrecía el contraste perfecto al ruidoso y falso escenario que acababan de abandonar. El recepcionista, acostumbrado a viajeros de paso con historias que no le pertenecían, les entregó las llaves sin hacer preguntas. Una vez arriba, en una habitación amplia que olía a madera encerada y a limpio, el cansancio los golpeó de frente. Borja dejó el maletín en el suelo y se acercó a la ventana, viendo cómo los campos empezaban a clarear bajo la primera luz del alba. —Dijiste en la cena que te asusta. ¿Qué es exactamente lo que te asusta de estar a mi lado, Borja? Borja se giró despacio. —Me asusta perder el control, Érika —respondió con una sinceridad que no le había escuchado hasta entonces—. He pasado años construyendo un sistema donde todo tiene una causa y un efecto. Pero contigo, la lógica no funciona. Te traigo aquí para que veas la verdad de Juan, y termino sintiendo odio por él, no por lo que te hizo, sino porque te tuvo. Me asusta darme cuenta de que mi "altruismo" era solo una forma elegante de querer arrancarte de sus brazos. Se quedaron en silencio un largo rato. La tensión del viaje, la rabia contra Juan y el beso en Marbella flotaban en el aire del parador. —Borja —murmuró ella—, no quiero ser la "amiga" de un hombre que también tiene un sistema para todo. Ni quiero ser el consuelo de Juan cuando Diana le eche de casa. —Juan se quedará solo porque nunca supo lo que tenía —sentenció Borja, acercándose a ella—. Pero yo no soy Juan. Si yo doy un paso, es para no retroceder. Ahora mismo, mi "sistema" me dice que debería dejarte dormir y despertarte con un café. Pero mi realidad... mi realidad es que no puedo dejar de mirarte y pensar que Madrid está demasiado lejos y nosotros demasiado cerca. Borja dio un paso hacia ella. La "indiferencia" que él prefería cultivar se estaba desmoronando bajo la presión de la firmeza de Érika. Comprendió que la "chiquilla ingenua" había muerto en la fiesta de Marbella y que la mujer que tenía delante era capaz de ser tan implacable como él. Érika acortó la distancia. El roce de sus ropas produjo un siseo en el silencio de la habitación. —Deja de pensar tanto, Borja —susurró ella—. Deja de vaticinar el futuro de Juan y Diana. Olvida por un momento que eres un anarquista europeo o un ejecutivo de éxito. Mírame a mí. Solo a mí. Sin sistemas nucleares y sin metáforas. Borja la miraba desde su altura, con la mano aún posada en su cabello. Sus dedos se movieron apenas, en una caricia que tenía más de devoción que de deseo carnal. El silencio del Parador, interrumpido solo por el lejano canto de los pájaros al alba, subrayaba la solemnidad de sus palabras. —No te rechazo, Érika —dijo con una voz que, por primera vez, sonaba despojada de todo sarcasmo—. Te protejo. Me protejo a mí mismo de un recuerdo que nos mancharía a los dos. Si hoy aceptara tu oferta, mañana te mirarías al espejo y verías a una mujer que se vendió por gratitud. Y yo, cada vez que te besara, me preguntaría si cierras los ojos para no ver que no soy Juan. Érika, sentada en el borde del lecho, sentía que el suelo volvía a ser firme bajo sus pies, pero de una manera nueva y dolorosa. —¿Entonces qué somos ahora, Borja? —preguntó ella, levantando la vista, con los ojos verdes empañados no por el llanto, sino por el asombro. —Somos dos personas que van a dormir un poco —respondió él, retirando la mano con suavidad—. Y después, vamos a desayunar sin fantasmas. No me debes nada, Érika. El placer de haberle quitado la máscara a ese impostor ha sido suficiente paga para mi "morbosa curiosidad". Pero si algún día decides que quieres estar conmigo, tendrá que ser cuando el nombre de Juan Beltrán no sea más que un mal recuerdo, y no una herida abierta. Borja se dirigió a la puerta de comunicación, pero antes de cerrarla, se detuvo. —Descansa —le dijo—. En tres horas te llamaré. Vamos a ir a Madrid, vas a recoger tus cosas y después, si aún quieres ver mundo, mi oferta de Londres sigue en pie. Pero esta vez, irás como una mujer libre, no como una fugitiva. Cerró la puerta de comunicación con un clic casi inaudible. En su habitación, Borja se dejó caer en la cama sin desvestirse del todo. Se sentía agotado, pero extrañamente satisfecho. Había vencido a Juan en su propio juego, pero lo más importante es que había vencido a sus propios instintos. Sabía que, al rechazarla esa noche, acababa de ganar una oportunidad real para el futuro. Borja bajó las escaleras del parador. El edificio estaba sumergido en ese silencio espeso de las cinco de la mañana, interrumpido solo por el tictac de un reloj de pared y el lejano rumor de la cafetera que el conserje de noche empezaba a preparar. Pidió un coñac y se sentó en un sillón de cuero frente a una chimenea apagada. Mientras el líquido le quemaba la garganta, Borja se miró las manos. Le temblaban ligeramente. Aquella "chiquita lastimada", como él la llamaba, había estado a un milímetro de derribar todas sus defensas. Había tenido que usar toda su flema y su retórica para no ceder ante la oferta de Érika. —Limpio y honesto —se repitió a sí mismo con una sonrisa amarga—. Menuda estupidez en los tiempos que corren, Borja. Pero sabía que no era una estupidez. Sabía que si se hubiera quedado, mañana Érika le miraría con gratitud, pero él se sentiría como un carroñero alimentándose de los restos que Juan había dejado. Y él quería a Érika entera, libre de fantasmas y de rencores. Érika escuchó el clic de la puerta y se quedó mirando al vacío. El calor del beso en la frente todavía permanecía allí, recordándole que había hombres que no necesitaban poseer para demostrar poder. Se sintió, por primera vez en años, respetada. No era la "secretaria eficiente" ni la "amante oculta"; era una mujer a la que Borja consideraba un "precioso tesoro" al que le daba miedo amar. Se dio la ducha que él le había sugerido. El agua caliente pareció llevarse los restos del perfume de Marbella y la suciedad de las palabras de Juan. Se acostó y, contra todo pronóstico, el sueño la venció de inmediato. Fue un sueño sin imágenes, un vacío reparador. Tres horas después, el sol ya bañaba las tierras con una luz cruda y honesta. Borja llamó a la puerta de comunicación. Estaba afeitado y vestía de nuevo su ropa de viaje, impecable, como si la noche anterior hubiera sido solo un paréntesis en un informe de negocios. —Es hora, Érika. El café nos espera abajo. Desayunaron en el porche del parador. El aire de la mañana les devolvió la realidad. —¿Sigues queriendo ir a Madrid? —preguntó Borja mientras cortaba una tostada. —Sí —respondió ella, con una voz firme—. Tengo que cerrar mi casa, liquidar mi contrato con los Mechado y mirar a Juan a la cara una última vez, pero esta vez desde arriba. —Bien —asintió Borja—. Pero recuerda: en cuanto cierres esa puerta en Madrid, la del avión a Londres estará abierta. Mi hermano ya tiene las llaves del apartamento. Solo falta que tú decidas si el próximo capítulo de tu vida se escribe en español o en inglés. Borja mantenía la vista fija en la carretera, pero sus nudillos blanqueaban sobre el volante de cuero. La propuesta de Érika —usarlo a él para descubrir su propia dimensión física y humana— era la tentación definitiva. —¿Una atracción física, dices? —Érika se volvió hacia él, y Borja sintió su mirada clavada en su perfil—. Quizá lo sea. Pero es una atracción basada en la verdad, Borja. Con Juan todo era un escenario de sombras. Contigo, hasta el rechazo de anoche fue real. Me preguntas si quiero amarrarme a algo... y yo te pregunto: ¿tienes miedo de que, al conocerme como hombre, yo descubra que lo que siento por ti no es gratitud, sino algo que haga que me olvide de Juan para siempre? Borja soltó un suspiro largo y pesado. —No es miedo a que me olvides, Érika. Es miedo a que me utilices como un escudo y que, cuando el escudo ya no sea necesario, te des cuenta de que sigues amando el recuerdo de lo que Juan pudo ser. Si te acepto bajo esos términos, me convierto en un sustituto. Y yo no he nacido para ser el segundo plato de nadie, ni siquiera el tuyo. Las torres de Madrid empezaron a recortarse en el horizonte, vibrando bajo el calor del mediodía. La ciudad los recibía con su indiferencia habitual, ajena al naufragio emocional que traían en el coche. —Estamos llegando —anunció Borja, cuya flema parecía haber regresado para protegerle de la confesión de Érika—. Te dejaré en tu casa. Sube, descansa. No tomes ninguna decisión hoy. —Borja... —le interrumpió ella mientras entraban por la Castellana—, has dicho que te vas a Londres en dos meses. Si me quedo en tu oficina, te veré todos los días. ¿Crees que podremos ser solo "jefe y empleada" después de Marbella? ¿Después de ese beso en el Parador? Borja detuvo el coche en un semáforo y, por primera vez en kilómetros, la miró directamente a los ojos. —No. No creo que podamos. Pero prefiero tenerte cerca y sufrir por lo que no tenemos, que saber que estás sola y a merced de que Juan llame a tu puerta con una botella de whisky y una cara de pena que tú, en tu debilidad, podrías perdonar. El Mercedes se detuvo frente al portal de Érika. El barrio estaba desierto, sumido en la siesta madrileña. Borja bajó para sacar el maletín del maletero. Se quedaron un instante en la acera, frente a la puerta de madera pesada. —¿Subes conmigo? —preguntó ella, con una nota de súplica en la voz. Borja miró el portal y luego a ella. Sabía que, si subía, la barrera que había levantado en el Parador caería definitivamente.