El Mercedes dejó atrás las salidas hacia el centro de Madrid y se incorporó a la autopista del aeropuerto. El silencio en el coche ya no era de tensión, sino de una expectación eléctrica. Borja conducía con una concentración feroz, como si cada kilómetro ganado al asfalto fuera una barrera más contra el pasado de Érika. —Es una apuesta arriesgada, Érika. En Londres no habrá paradores de piedra ni cenas de compromiso. Estaremos tú, yo y una ciudad que no sabe quién es Juan Beltrán. Allí no habrá vuelta atrás. No aceptaré que regreses a España a buscar consuelo en brazos de un divorciado. Érika apoyó la cabeza en el respaldo de cuero, cerrando los ojos. El miedo seguía ahí, pero era un miedo fértil, muy distinto al terror seco que sentía ante la idea de encontrarse a Juan en su portal. —Eso es lo que busco, Borja —susurró ella—. Un punto de no retorno. Al llegar a Barajas, el movimiento frenético de los viajeros y el olor a queroseno los envolvieron. Borja dejó el coche en el parking de larga estancia. Sacó las maletas —las mismas que habían estado en Marbella y en el Parador— y caminó al lado de Érika hacia el mostrador de facturación. Él se movía con la seguridad de quien conoce todos los aeropuertos del mundo, pero al entregar los pasaportes, su mano rozó la de ella de forma deliberada. No fue un accidente. Fue una posesión silenciosa ante el resto del mundo. —Dos billetes para el primer vuelo a Londres-Heathrow —pidió Borja al empleado, con su habitual tono persuasivo. Mientras esperaban en la zona de embarque, frente a los grandes ventanales que daban a las pistas, Borja sacó un cigarrillo, pero no llegó a encenderlo. Se quedó mirando el perfil de Érika, que observaba cómo un avión despegaba hacia el cielo plomizo del mediodía. —¿Te das cuenta, Eri? —dijo él—. Estamos a punto de dejar de ser personajes de una novela ajena. En Londres, Diana Mechado es solo un nombre en una oficina y Juan Beltrán un mal recuerdo en una mesa de whisky. Allí seremos, simplemente, Borja y Érika. Y yo tendré que aprender a vivir con el asombro de tenerte cerca sin el escudo de mi cinismo. Dos horas después, el avión perforaba las nubes sobre el Canal de la Mancha. En la cabina, bajo la luz artificial y el rumor de los motores, Érika sintió que el peso de Madrid se desvanecía. Borja, a su lado, le tendió un pequeño papel con una dirección escrita en Chelsea. —Es el apartamento de Lam —explicó—. Mañana buscaremos uno para ti si así lo deseas, o puedes quedarte conmigo hasta que mi vida se afinca definitivamente. Pero esta noche... esta noche cenaremos en un pequeño sitio que conozco cerca del río. Y allí, Érika, sin metáforas y sin testigos, veremos si es verdad que no puedes olvidar cuando yo toque. —Gracias, Borja… El aludido volvió a retirar los dedos del volante y apretó los de Érika. Los apretó mucho, pero esta vez ella apretó a su vez… Esta noche en Londres, bajo el cielo plomizo que Peggy había intentado contrarrestar con una decoración clara y funcional, el "sistema" de Borja terminó de desmoronarse para dejar paso al hombre. En el silencio de aquel apartamento nuevo, que olía a madera recién encerada y a la lluvia que empezaba a repiquetear contra los cristales de Chelsea, Érika descubrió que el amor no tiene por qué ser un campo de batalla o un secreto inconfesable. Borja, que siempre tenía una respuesta elocuente y una metáfora punzante, se quedó sin palabras. Pero no las necesitaba. Su forma de tocar, de acariciar, de sentir, esa mezcla de poderío viril y una delicadeza casi sagrada, hablaba por él. Mientras sus dedos se perdían en el cuerpo de Érika, ella comprendió la abismal diferencia de la que Borja tanto había advertido sin querer entrar en detalles. Con Juan, el amor había sido una urgencia, un robo de tiempo a una vida oficial, algo marcado por la precipitación y, en el fondo, por el egoísmo del que se sabe dueño de un tiempo prestado. Con Borja, el tiempo se expandía. Cada beso en los párpados, cada caricia en la garganta, era una forma de decirle que ella no era un "solaz", sino una habitante legítima de su vida. —Tenías razón —susurró Érika en la penumbra, cuando el mundo exterior parecía haber desaparecido—. Cuando tú tocas... es imposible olvidar. Borja la atrajo más hacia sí, envolviéndola en el calor de su cuerpo. Su respiración se acompasó con la de ella. Ya no era el cínico anarquista ni el ejecutivo impecable; era simplemente un hombre que acababa de admitir su derrota ante el sentimiento que más temía. A la mañana siguiente, la luz de Londres, gris y suave, se filtró por las cortinas. Borja se despertó primero. Se quedó observando a Érika mientras dormía, con el cabello esparcido sobre la almohada blanca. Por primera vez en años, no sintió la necesidad de planificar el siguiente movimiento ni de analizar las consecuencias. Cuando ella abrió los ojos, no encontró en la mirada de Borja el vacío del que se arrepiente, sino una paz profunda. —¿En qué piensas? —preguntó ella, con la voz todavía ronca por el sueño. —Pienso que Lam y Peggy tienen razón: este apartamento necesita que alguien lo habite de verdad —dijo Borja, apartándole un mechón de la cara—. Y pienso que, si hace tres días alguien me hubiera dicho que estaría aquí, contigo, y que no tendría ganas de huir a ninguna parte, le habría llamado loco. Érika se incorporó, apoyándose en los codos. —¿Y Juan? ¿Y Madrid? —Juan es un fantasma que se quedó en Barajas, Érika. Aquí solo estamos nosotros. Y mi oferta de trabajo sigue en pie, aunque ahora me temo que seré un jefe muy poco objetivo. La vida en Londres comenzaba. No sería fácil; habría que lidiar con los papeles, con la mudanza definitiva y con la sombra de un pasado que, aunque lejano, seguía existiendo en España. Pero mientras desayunaban en la cocina funcional que Peggy había diseñado, Érika sintió que, por fin, no tenía que esconderse de nadie. El silencio de Londres, con su bruma matinal y el ritmo pausado de Chelsea, parecía haber blindado su burbuja. Durante esas semanas, Borja y Érika vivieron en una suerte de tregua sagrada, donde las palabras sobraban y los cuerpos aprendían un lenguaje de respeto y entrega que ninguno de los dos había conocido antes. Sin embargo, el mundo de Madrid, ese "asadero de ponzoñas" del que habían huido, seguía girando con su propia inercia destructiva. Fue una tarde de lluvia persistente. Borja regresó al apartamento con un fajo de periódicos y revistas españolas bajo el brazo. Se sentó en el sillón de piel, aún con la gabardina puesta, y abrió una de las publicaciones de sociedad más leídas del país. Érika, que salía de la cocina con dos tazas de té, se detuvo en seco al ver la expresión de Borja. No era su habitual mueca sarcástica ni su flema imperturbable. Era una mirada de una seriedad absoluta, casi fúnebre. —¿Qué pasa, Borja? —preguntó ella, dejando las tazas sobre la mesa con un tintineo nervioso—. ¿Es Juan? ¿Le ha pasado algo? Borja no respondió de inmediato. Extendió la revista sobre sus rodillas y, con un dedo largo y firme, señaló una página de "Ecos de Sociedad". El titular era breve, pero lapidario: "Divorcio y reestructuración en el Grupo Mechado". Debajo, una fotografía mostraba a Diana Mechado a la salida de un juzgado, impecable, del brazo de aquel hombre pelirrojo, el holandés que Borja había visto en Marbella. El pie de foto no dejaba lugar a dudas: Diana había solicitado el divorcio por "causas objetivas" y, lo que era más demoledor para Juan, su padre, el patriarca Gregorio Mechado, había destituido a su yerno de todos los cargos directivos con carácter inmediato. Pero había más. En la página siguiente, una pequeña columna de sucesos mencionaba un aparatoso accidente de coche en la carretera de Extremadura. Un vehículo de alta gama se había salido de la calzada de madrugada. El conductor, Juan Beltrán, había resultado herido de gravedad. Los testigos hablaban de una velocidad excesiva y, lo más triste, de un fuerte olor a alcohol en los restos del coche. Érika leyó la noticia apoyada en el hombro de Borja. No lloró. No hubo el estallido de dolor que ella misma habría esperado semanas atrás. Lo que sintió fue un vacío gélido, una lástima profunda por el hombre que no supo ser dueño de su propia vida y terminó siendo devorado por su propia mentira. —Se quedó solo —susurró Érika—. Tal como dijiste. Solo con su botella y su velocidad. Borja cerró la revista y se levantó. Rodeó a Érika con sus brazos, dándole ese calor sólido que era ahora su único refugio. —Te dije que quien a hierro mata, a hierro muere, Eri. Pero no lo decía por desearle un mal físico. Juan se suicidó socialmente el día que decidió que su estatus valía más que tu honestidad. El accidente solo ha sido el reflejo de su descontrol. —¿Crees que debería verle? —preguntó ella, mirando por el ventanal hacia las luces de Londres—. Está solo en un hospital de Madrid. Diana ya no está, sus hijos estarán con el abuelo... Borja la separó un poco de sí para mirarla a los ojos. —Si quieres ir, yo mismo te saco el billete ahora mismo. Pero hazte una pregunta: ¿Vas a ir para consolar al hombre que amas, o para calmar la mala conciencia de una mujer que ya no le pertenece? Porque si vas por lo segundo, volverás herida de nuevo. Juan te usará para sentirse menos miserable, pero no para ser mejor hombre. Érika volvió a mirar la revista. Vio el rostro de Diana, triunfante y libre, y pensó en Juan, solo en una habitación blanca, pagando el precio de su falta de integridad. Luego miró a Borja, el hombre que la había sacado del fango sin pedir nada, que la había respetado en su momento más oscuro y que ahora le ofrecía la libertad de elegir. —No voy a ir, Borja —dijo ella con una firmeza que nació de lo más profundo de su ser—. El Juan que yo amaba no existe. Fue un espejismo que tú me ayudaste a romper. El hombre que está en ese hospital es un extraño que me mintió sobre la vida de sus hijos. Borja suspiró, y por primera vez en toda la tarde, una pequeña sonrisa, tierna y aliviada, asomó a sus labios. —Entonces, mañana empezaremos a buscar ese apartamento definitivo —dijo él—. Porque me parece que Londres se nos va a quedar pequeño muy pronto. El círculo estaba a punto de cerrarse. La "bomba" que Borja había vaticinado en las playas de Marbella había estallado con la precisión de un reloj suizo, dejando a Juan Beltrán despojado de todo: de su familia, de su estatus y de su máscara. Pero Borja, fiel a su estilo, no celebró su victoria. Sabía que la prueba final no era para Juan, sino para Érika. Ella necesitaba regresar a Madrid no para buscar a un amante, sino para enterrar definitivamente a un fantasma. Madrid los recibió con su habitual estruendo y ese calor seco que parecía querer evaporar la bruma de Londres que aún traían en la piel. Se instalaron en el apartamento de Borja. Él se mantuvo en un segundo plano, casi como un espectador de lujo, permitiendo que Érika respirara el aire de la ciudad y se enfrentara a sus propios silencios. —No voy a llamarle —dijo Érika la segunda noche, mientras miraba por el balcón—. Quiero que el encuentro sea el que el destino decida. —El destino suele ser muy servicial cuando se trata de enfrentar a las personas con su pasado —respondió Borja, sirviéndose un whisky—. Juan sabe que has vuelto. Madrid es un pañuelo de seda para los que tienen contactos. Sucedió tres días después. Érika paseaba por el Retiro, buscando la soledad de los jardines, cuando una figura cansada y solitaria se detuvo frente a ella. Era Juan. No era el hombre impecable del Marbella Club. Vestía un traje arrugado y sus ojos, antes brillantes de suficiencia, estaban apagados y rodeados de ojeras profundas. Parecía haber envejecido diez años en dos meses. —Érika... —su voz era un hilo quebrado—. Sabía que vendrías. He llamado a tu casa todos los días. —He vuelto por mí, Juan, no por ti —respondió ella, sorprendiéndose a sí misma de la calma absoluta que sentía. Ni rastro de odio, ni rastro de amor. Solo una inmensa y limpia indiferencia. —Lo he perdido todo, Érika. Diana se ha ido con ese hombre... se ha llevado a los niños. Mi suegro me ha echado de la empresa. No tengo nada, salvo este vacío... y el recuerdo de que tú me amabas. Dime que aún queda algo. Podemos irnos lejos, empezar de cero ahora que soy libre. Érika le miró a los ojos y, por primera vez, no vio al hombre que la sedujo, sino al "payaso embustero" que Borja había descrito. Un hombre que solo la buscaba ahora porque no tenía a dónde más ir. —Llegas tarde, Juan. Eres libre, es cierto, pero yo también lo soy. Y mi libertad consiste en no necesitarte. El hombre al que yo amaba era una invención tuya y una ceguera mía. El que tengo delante es un desconocido al que le deseo que encuentre su propio camino, pero lejos del mío. —Es por él, ¿verdad? Por Borja... —Es por mí —sentenció ella—. Borja solo me prestó el espejo para que me viera. Adiós, Juan. Érika regresó al apartamento. Borja la esperaba leyendo, con su habitual sosiego. Ella entró, dejó el bolso y se acercó a él. Se sentó a sus pies, apoyando la cabeza en sus rodillas. —¿Y bien? —preguntó Borja, acariciándole el pelo con esa mano cuidadosa que ella ya no podría olvidar—. ¿Has matado al fantasma? —Ya no hay nada que matar, Borja. Estaba muerto hace mucho tiempo. Le he visto... y he sentido lástima. Solo lástima. Borja cerró el libro y la levantó para que se sentara a su lado. La miró con esa mezcla de ironía y ternura que lo hacía único. —Entonces, mañana mismo sacamos los billetes de vuelta —dijo él—. Tenemos un apartamento en Chelsea que nos espera y una vida que, esta vez sí, es solo nuestra. —Borja... —ella le rodeó el cuello con los brazos—. Dijiste que no eras un sentimental. Pero me has traído a Madrid solo para que yo pudiera decir ese "adiós". —Te dije que no soportaba ser un recurso, Eri. Ahora sé que, cuando regreses conmigo a Londres, no irás huyendo de nadie. Irás porque quieres estar donde yo esté. Y eso, para un anarquista como yo, es el único sistema que merece la pena defender. Bajo la luz del atardecer madrileño, se besaron. Ya no era un beso de consuelo, ni de prueba. Era el beso de dos personas que habían sobrevivido a la "comedia humana" y habían decidido empezar su propia historia, lejos de las caretas y más cerca de la verdad. Érika levantó la vista y sonrió por primera vez en toda la tarde. —Mi maleta sigue hecha. Vámonos a Londres. Quiero ver llover sobre el Támesis y olvidar que un día conocí a un hombre llamado Juan. Borja la besó en la frente, con esa reverencia que solo él sabía darle. —Entonces, vámonos. Tenemos una vida que empezar, y esta vez, Érika, sin contratos, sin millones y sin mentiras. Solo tú y yo. Aquella misma noche, el Mercedes azul rodaba de nuevo hacia Barajas. Madrid quedaba atrás, fundiéndose en un mar de luces amarillas, mientras ellos volaban hacia un futuro donde la única riqueza era la libertad de haberse encontrado en mitad del naufragio.