Días después, en un rincón neblinoso de Chelsea, el cartero dejó un sobre en el apartamento de Borja. No traía remitente, pero el sello era de Barcelona. Dentro, no había ninguna carta, solo un recorte de periódico local donde se anunciaba la apertura de una nueva sucursal bancaria. En la foto, un hombre de rostro gris y mirada vacía cortaba una cinta ante la indiferencia de los presentes. Borja miró la foto un segundo, la misma cantidad de tiempo que se le dedica a un objeto inservible, y la arrojó a la chimenea donde los troncos crepitaban alegremente. Érika apareció por el pasillo, vestida de manera informal, con un libro en la mano y esa luz en los ojos que solo la libertad puede dar. —¿Qué era? —preguntó ella. —Nada, Eri —respondió Borja, levantándose para abrazarla—. Solo un poco de papel viejo que sobraba en esta casa. Y mientras las llamas consumían el último rastro de Juan Beltrán, Borja y Érika se dispusieron a vivir su primera tarde de invierno en Londres, sabiendo que, aunque el pasado a veces intenta volver, la voluntad de dos personas que se aman de verdad es el único refugio inexpugnable. FIN