Seúl, Corea del Sur.
La primera vez que Gael Montenegro decidió que Ana Julia Salvatierra sería su próximo juego, ella estaba sentada sola bajo un árbol del patio de la universidad, con un libro abierto sobre las piernas y un café que llevaba tanto tiempo abandonado que probablemente ya estaba frío.
Él ni siquiera sabía cómo se llamaba.
Todavía.
—Es ella.
Gael levantó la mirada.
—¿Quién?
Minho soltó una carcajada.
—No me jodas, Gael. Sabes perfectamente de quién hablo.
Gael volvió a mirar hacia el otro extremo del patio.
La chica seguía allí.
Cabello oscuro, largo, recogido parcialmente detrás de sus orejas. Unos audífonos descansaban alrededor de su cuello y llevaba una sudadera clara debajo de una chaqueta sencilla. No tenía nada de extraordinario.
Excepto que parecía completamente ajena al mundo.
No estaba mirando su teléfono.
No estaba hablando con nadie.
No estaba intentando llamar la atención.
Y quizá precisamente por eso había conseguido que varios ojos se posaran sobre ella.
—¿Ana Julia? —preguntó Gael.
—Así que sí sabes quién es.
—He escuchado el nombre.
—Claro.
Minho se dejó caer en la silla frente a él.
A su lado, Jae-hyun y Seung también se acercaron.
Los cuatro llevaban años siendo inseparables.
Y también llevaban años convirtiendo cualquier cosa en una competencia.
Quién conseguía mejores calificaciones.
Quién compraba el coche más caro.
Quién conseguía la chica más bonita.
Quién podía hacer algo que los demás no se atrevían a hacer.
Gael siempre había sido el que ganaba.
Por eso sus amigos lo conocían demasiado bien.
Sabían exactamente qué decir para tocar su orgullo.
—Dicen que nunca ha tenido novio —comentó Seung.
Gael arqueó una ceja.
—¿Y?
—Que jamás ha salido con ninguno de nosotros.
—Quizá porque no le interesan los idiotas.
Jae-hyun soltó una carcajada.
—Entonces definitivamente no le interesarías tú.
Gael le lanzó una mirada.
—Cuidado.
—¿Qué? —Jae-hyun levantó las manos—. Solo estoy diciendo la verdad.
Gael miró otra vez hacia Ana Julia.
Ella pasó una página.
Ni siquiera había notado que la estaban observando.
—Es demasiado seria —dijo Seung—. Estudia, se va a casa y vuelve al día siguiente. Nada de fiestas. Nada de chicos. Nada.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
Minho sonrió.
Esa sonrisa fue suficiente para que Gael supiera que algo estaba por comenzar.
—Que apostamos a que no puedes conquistarla.
Gael soltó una risa seca.
—¿Eso es todo?
—No.
La sonrisa de Minho se hizo más grande.
—Queremos que se enamore de ti.
Gael dejó el vaso sobre la mesa.
—¿Y?
—Y que consigas que confíe en ti lo suficiente para estar contigo.
Jae-hyun intervino.
—No queremos que simplemente salga contigo. Queremos que sea ella quien crea que eres el hombre perfecto.
Gael observó a sus amigos en silencio.
—¿Cuánto?
Minho se inclinó hacia delante.
—Sabía que te interesaría.
—He preguntado cuánto.
Seung mencionó una cifra.
Gael soltó una carcajada.
—¿Están locos?
—¿Te da miedo?
—No.
—Entonces hazlo.
Gael volvió a mirar a Ana Julia.
Ella acababa de cerrar el libro.
Guardó algunas cosas en su bolso.
Después tomó su café y se levantó.
Fue entonces cuando Gael pudo verla mejor.
No era espectacular de esa manera artificial a la que estaba acostumbrado.
Era bonita de una manera diferente.
Natural.
Tranquila.
De esas personas que no necesitaban hacer nada para que alguien quisiera descubrir qué escondían.
—Tienes tres meses —dijo Minho.
Gael apartó la mirada de ella.
—¿Para qué?
—Para conseguir que se enamore de ti.
—Un mes.
Sus amigos se miraron.
—¿Un mes?
Gael se levantó.
—Dos semanas.
Jae-hyun comenzó a reír.
—Ni siquiera sabes cómo se llama.
Gael tomó su chaqueta.
—Acabo de descubrirlo.
—¿Y ya vas a conseguirlo en dos semanas?
Gael sonrió.
—No necesito dos semanas.
Minho lo miró con una mezcla de diversión y desafío.
—Entonces demuéstralo.
Gael se quedó quieto.
—¿Y si gano?
—Te pagamos.
—No.
Los tres esperaron.
Gael señaló a Ana Julia, que caminaba hacia el edificio.
—Quiero el doble.
Jae-hyun silbó.
—Qué arrogante.
—¿Aceptan?
Minho extendió la mano.
—Aceptamos.
Gael la estrechó.
—Entonces ya perdieron.
Ana Julia no sabía que acababa de convertirse en una apuesta.
No sabía que cuatro chicos habían estado hablando de ella.
No sabía que su nombre había sido mencionado como si fuera una cantidad de dinero.
Y mucho menos sabía que uno de ellos estaba a punto de acercarse a ella.
Lo único que tenía en la cabeza era el examen de la siguiente semana.
Entró al edificio, caminó por el pasillo y se detuvo frente a su casillero.
Sacó el teléfono.
Tenía tres mensajes de su madre.
Mamá: ¿Vas a llegar tarde?
Ana Julia sonrió.
Ana Julia: No. Salgo en una hora.
Guardó el teléfono.
—Ana Julia.
Se giró.
Su amiga Hana venía caminando hacia ella.
—¿Qué?
—Te estaba buscando.
—¿Para qué?
Hana se detuvo delante de ella y miró por encima de su hombro.
Su expresión cambió.
—No.
Ana Julia frunció el ceño.
—¿Qué?
—No mires.
Ana Julia miró inmediatamente.
Hana cerró los ojos.
—Te dije que no miraras.
—¿Quién es?
—Gael.
Ana Julia volvió a mirar.
Y esta vez lo vio.
Estaba al otro lado del pasillo.
Alto, vestido completamente de negro, con el cabello oscuro ligeramente despeinado y una expresión que parecía decirle al mundo que nada conseguía impresionarlo.